La perfección hecha carne
César Coca
La calidad y la cantidad de sus obras asombra cada vez más a especialistas e intérpretes


Karl Barth, un crítico de ‘The New York Times’, escribió una vez: «No estoy muy seguro de que los ángeles sólo toquen a Bach cuando desean alabar a Dios. De lo que sí estoy seguro, por el contrario, es de que ‘en famille’ tocan piezas de Mozart». La admiración que siempre ha suscitado la obra del salzburgués persiste dos siglos y medio después de su nacimiento. Un juicio que sostienen tanto los ajenos al mundo musical como los colegas, algo que en un ámbito como el artístico, tan dado a los celos y la envidia, causa aún más asombro. Los elogios son incontables, pero valgan tres como muestra. El primero, de un colega. Dvorák llegó a decir que Mozart «es el sol radiante». El segundo, de un escritor. Kierkegaard escribió: «Estoy enamorado de Mozart como de una jovencita. ¡Mozart inmortal! Te lo debo todo (...) A ti debo agradecer no haber muerto sin haber amado». El último, de un crítico. Neville Cardus comentó de ‘La flauta mágica’, la última ópera de Mozart, que es la única obra musical «que podría haber sido concebida por Dios». ¿Hay alguien más que pueda aspirar a elogios semejantes?

¿Qué tiene la obra de Mozart que sigue asombrando tanto tiempo después? Un oscuro compositor llamado Hasse se adelantó al juicio de la Historia. Cuando Wolfgang Amadeus era sólo un adolescente con granos, dijo de él: «Este muchacho conseguirá que se nos olvide a todos». Y poco después Haydn escribió en una famosa carta a Leopold, el padre del genio, poniendo a Dios por testigo: «Su hijo es el mejor compositor que conozco». Son muchos los músicos que han llenado páginas de papel pautado, y las obras publicadas desde entonces suman millones. Y aún así, o quizá precisamente por comparación con eso, Mozart destaca por encima de todos.

Tomás Marco, compositor y ensayista, habla de «la inmensa categoría y perfección» de su música para explicar el impacto que aún hoy sigue teniendo. Y sobre sus aportaciones es tajante al afirmar que «pese a que se mantuvo dentro de las formas clásicas demostró una gran originalidad». A su juicio, es también una aportación fundamental la de fijar la forma definitiva de algunos géneros. Uno de ellos es el concierto para piano y orquesta, del que dejó una colección nunca igualada en su variedad, calidad y cantidad (difícil de cuantificar: 23 obras originales y siete más que en realidad son adaptaciones de otras piezas propias y ajenas).

Uno de los grandes intérpretes de buena parte de esas partituras es Joaquín Achúcarro. Con once conciertos y varias sonatas en su repertorio, el pianista bilbaíno destaca que nunca ha dejado de maravillarle «la velocidad a la que funcionaba el cerebro de Mozart». No se trata sólo de su legendaria velocidad para escribir música (algunas obras maestras, cuya interpretación puede llevar una media hora, fueron compuestas en tres o cuatro días, una proeza se mire como se mire) sino también para introducir temas en la partitura: «En su música pasan muchas cosas en muy poco tiempo. Hay continuos cambios de estado de ánimo. Es como si fuera un juego de reflectores de distintos colores que parece que se mueven casi al azar pero cuando te das cuenta han construido una pirámide».

Con frecuencia se ha criticado a Mozart por el carácter ‘fácil’ de algunas de sus obras. Efectivamente, como reconoce Marco, el compositor salzburgués compuso la gran mayoría de sus títulos por encargo, y por tanto con el afán indisimulado de que ‘gustaran’. «Sin embargo, pese a eso, añade, siempre hizo lo que quería». No puede por tanto, a su juicio, acusarse a Mozart de componer para el momento, frente al último Beethoven, que escribe mirando abiertamente al futuro. «Hasta él nadie lo hizo, explica Marco, porque eso es algo que corresponde al romanticismo, del que Mozart no participó. Por eso no puede acusársele de hacer su obra pensando en el momento de su estreno. Eso era lo normal: se interpretaba la música recién compuesta y luego se olvidaba».

La difícil facilidad

Por suerte, con su producción no sucedió la mismo y ahora esas obras están en el repertorio de los solistas, grupos y directores más famosos del mundo. Alguno de ellos ha acuñado un principio contradictorio sobre los escollos que los intérpretes deben salvar al acometer una obra de Mozart: ‘Demasiado sencillo para un artista joven y demasiado complejo para un veterano’. Una contradicción que no es tal. Lo explica Achúcarro: «A los jóvenes les parece demasiado fácil porque ven que hay pocas notas escritas en la partitura. A los veteranos, demasiado difícil porque se dan cuenta de todo lo que no está escrito y que sin embargo hay que incorporar a la interpretación». Un ejemplo propio lo ilustra: «Estudié el concierto K. 466 (el N¼ 20, el más famoso de la colección) cuando tenía 13 años. Entonces lo veía como una obra superficial. Hoy, me da hasta miedo».

Es la suya una síntesis entre la sencillez aparente y la más insondable complejidad, entre la risa y el llanto. De su música se sabe de dónde parte y a qué punto llega, pero se ignora qué va a suceder durante el camino, «y eso te tiene siempre en vilo», confiesa Achúcarro, quien recuerda que Enesco dijo que la obra de Mozart es «una tragedia con máscara de comedia». Quizá por eso otros muchos analistas han llegado a la conclusión de que todo (la alegría, el drama, la galantería, la tragedia, la fiesta, el amor, la fe, la queja, el himno de alabanza...) está en Mozart. El pianista bilbaíno vive aún, tras medio siglo largo de carrera interpretativa, tan admirado por su gigantesca obra que no duda en utilizar un calificativo coloquial pero muy gráfico sobre su inigualable capacidad creadora: «Era un extraterrestre».

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