El cerebro musical
Javier Armentia

Los científicos tienen diferentes explicaciones sobre cómo surge y funciona una mente genial

MIKEL CASAL

Se cuenta que Mozart era capaz de tocar el clavicordio cuando sólo tenía tres años, que a los cinco compuso su primera pieza orquestal, que de niño era capaz de memorizar una partitura para orquesta con sólo escucharla una vez, o que posteriormente podía crear en su mente toda una pieza musical incluso antes de ir escribiendo la parte de cada insturmento. Al hablar de la genialidad en música, Amadeus Mozart surge casi de forma obligada. Sin embargo, no es fácil definir qué es un genio: se trata de un concepto que invoca no sólo una capacidad por encima de la media para la creatividad y la excelencia, sino algo intrínseco que antiguamente se consideraba una especie de regalo de los dioses, y posteriormente algo innato (la propia etimología de la palabra hace referencia a ello).

Se sabe que algunas destrezas relacionadas con la percepción musical tienen una importante componente hereditaria. Por ejemplo, se ha comprobado que eso sucede con el llamado oído absoluto, que hace referencia a la capacidad de algunas personas de reconocer el tono de un sonido sin referencia alguna (normalmente, la gente es capaz de reconocer sin problema los intervalos entre sonidos, pero saber sin más si un sonido es un La o un Si de la cuarta escala, es una propiedad que sólo unos pocos poseen).

A finales de los 90, un equipo de la Universidad de California en San Francisco comprobó que la probabilidad de que una persona tuviera ese oído absoluto era cuatro veces mayor si alguno de sus progenitores lo tenía que si no. Sin embargo, se sabe que el aprendizaje temprano de la música facilita a muchas personas adquirir esta capacidad. Se trata, así, de un rasgo que tiene a la vez una componente genética y otra ambiental.

Algo parecido puede suceder con la genialidad. El psicólogo David Lykken, autor del libro ‘El genio y la mente’, afirma: «Hay quien piensa que el genio es principalmente aplicación y que si existe algo genético, es motivacional. Creo más, que hay una mezcla, un conglomerado de atributos, algunos específicos para cada sujeto». Realmente, parece comprobado que hay ciertas características fisiológicas que caracterizan la excelencia musical y, existiendo esa base neurológica, se entiende que exista una componente hereditaria.

En 2001, el neurólogo Lawrence M. Parsons, de la Universidad de Texas en San Antonio (EE UU), sometió a análisis mediante tomografía por emisión de positrones (PET) a ocho pianistas profesionales, mientras ejecutaban el tercer movimiento del ‘Concierto Italiano’ de Johann Sebastian Bach, comparando luego esas imágenes con las que mostraban la actividad cerebral cuando tocaban unas escalas a dos manos. Algunas áreas cerebrales activadas eran comunes en las dos tareas (la primera, exige, según los expertos, una representación cognitiva, perceptual y emocional mucho mayor que la segunda, que es un ejercicio habitual para quien es profesional de la música), mostrando que, en general, la actividad musical está ampliamente distribuida a lo largo del cerebro. Sin embargo, algunas zonas sólo se activaban al tocar Bach, y otras sólo al tocar las escalas. Esto se interpreta como la demostración de la existencia de circuitos cerebrales que procesan de forma diferente las tareas relacionadas con la ejecución de una pieza musical.

Gracias a técnicas de imagen cerebral, como la mencionada PET, la magnetoencefalografía o la resonancia magnética, se puede seguir en la actualidad la pista anatómica de la habilidad musical. La idea comenzó, sin embargo, a mediados del siglo XIX, cuando se analizó (tras su muerte) cómo era el cerebro de Hans von Bülow, destacado pianista y director. Encontraron un mayor tamaño de algunas regiones cerebrales, entre ellas la circunvolución superior del lóbulo temporal. En esa época, se creía que una región más desarrollada podría tener que ver con mayor eficiencia o trabajo cerebral de la misma. Sin embargo, lo cierto es que no hay características anatómicas relevantes en los cerebros de músicos.

Investigando personas con agudas pérdidas de capacidad musical (se estima que hasta un 5% de la población es incapaz de percibir adecuadamente un tono musical), daños producidos a veces por ataques cerebrales o accidentes, también se intentó localizar la región de la genialidad musical. Funcionalmente, se ha encontrado que la actividad de algunas zonas de la corteza cerebral, el llamado córtex auditivo, donde llegan las señales procedentes del sistema perceptivo, estimula el reconocimiento de melodías y que la memoria varía entre los músicos y los legos. Igualmente, mediante la imagen funcional se ha comprobado que regiones como la corteza motriz, el cuerpo calloso o el cerebelo, muestran una mayor actividad en los dotados para la música.

Desde un punto de vista evolutivo, la habilidad musical no parece excesivamente relacionada con la supervivencia, y la heredabilidad que pueda existir de algunos de sus rasgos podría no ser fundamental para la adaptabilidad de los descendientes. Ello puede explicar la gran variabilidad que se encuentra en la población, desde quienes son incapaces de seguir una melodía a los grandes concertistas de nivel mundial. En esa línea de pensamiento, parece que la aptitud musical, y su grado más extremo e improbable, el de la genialidad, según los neuropsicólogos, tiene que ver con la forma de funcionamiento cerebral. El cerebro del genio podría estar programado con una serie de reglas que evitan el cometer errores en la percepción, interpretación y composición. En cierto modo, se la da la razón al propio Bach, quien afirmaba: «No hay nada sorprendente: sólo tienes que tocar la tecla adecuada en el momento adecuado, y el instrumento hace el resto».

Un genio o un desastre

Decía Séneca que «no hay un gran genio sin un toque de locura». En general, siempre se ha asociado la genialidad con personalidades rayanas en la patología, al menos con grados altos de excentricidad. Sin embargo, el cerebro de un músico muestra un altro grado de eficiencia, y un funcionamiento, habitualmente, que aleja ese estereotipo tan romántico del genio como un enfermo incomprendido, con trastornos de conducta o depresiones. Sucede también con la impertinencia y la necesidad de destacar, características a menudo atribuidas a genios como Mozart (como fue exagerada en la película de Milos Forman ‘Amadeus’, por ejemplo): hay en ello más bien un cúmulo de factores psicológicos y sociales, relacionados con el éxito social y la integración de quien se sabe diferente. Pero puede haber genios perfectamente comprendidos.

Otro aspecto que han ido determinando diversos estudios sí muestra unas características específica del funcionamiento cerebral de quien alcanza altas cotas de excelencia en una actividad, como es la especialización. Un estudio realizado por Catarine Cox en 1926 mostraba que sólo uno de cada once músicos notables mostraba habilidades superiores en otras disciplinas. Análisis similares se han hecho estudiando la genialidad y el talento por encima de la media en otras actividades creativas, a la vez que otros factores relacionados con el intelecto. Howard Gardner propuso a comienzos de los años 80 su teoría de las inteligencias múltiples, de manera que la genialidad se puede alcanzar en un tipo de inteligencia sin afectar a las otras. De esta manera, el genio musical podría ser un completo desastre en casi todo lo demás.

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