Entre Van
Gaal y el vacío
El Barça ha recurrido al último
técnico con el que logró títulos para superar
una sequía de tres años
J. Gómez Peña
 |
| Gaizka Mendieta, ahora azulgrana |
|
|
|
En mayo, el Barça se sintió ante el vacío.
Ya no le quedaban losetas sobre las que avanzar: iba a cumplirse
su tercer año sin títulos; Rivaldo, su guía,
se nutría en Barcelona pero vivía para la selección
de Brasil; además, el rival, el Madrid, se subía a
la novena Copa de Europa. El Barça miró hacia abajo
y le pudo el vértigo. Vio el abismo y sintió la indiferencia
de su afición, descreída, alejada del proyecto endeble
de Gaspart, el heredero estéril de Núñez. Era
una multitud apagada, que rumiaba un año más de sequía,
huérfana de dioses a los que asirse. Gaspart, entonces, se
giró hacia el infierno, rescató al último demonio
culé, a Louis van Gaal, al entrenador que en otro mayo, el
de 2000, había abandonado el conjunto catalán con
una frase que resumía a la perfección la unanimidad
con la que era odiado: «Me voy, felicidades a todos».
Al cuello de ese diablo, de ese retorno, ha atado Gaspart su futuro.
Van Gaal, el negatifo, volvió fue un viaje
corto: vive en Sitges con un mensaje positifo.
Alabó a Rivaldo, lo acunó y, acto seguido, lo ejecutó,
le abrió la puerta de salida. Nadie puede ser más
grande que él: su estilo es la comunión entre once
jugadores, sin estrellas que cieguen al maestro del banquillo. El
Barça le había llamado porque era es el
último técnico que ha llevado títulos al Camp
Nou (dos Ligas, una Copa, una Supercopa de Europa y una Copa de
Cataluña). El holandés se sintió rescatado,
desagraviado, y actuó como siempre: sin piedad, plenipotenciario.
Encadenó víctimas en la reconstrucción de su
segunda era: fuera Rivaldo; adiós a los símbolos de
una cantera en la que no confía como Sergi. El
Barcelona es él; todo un club ceñido a sus costuras.
Riquelme, el anárquico
Sólo cedió, concedió más bien, un respiro
a Gaspart: admitió la contratación de Riquelme, un
argentino ciclotímico, anárquico, tan displicente
en ocasiones como brillante en otras. Esto es, el perfil opuesto
al jugador tipo de Van Gaal. Para convencer al técnico de
Amsterdam, Gaspart utilizó un argumento sin réplica:
desde Ronaldo, ningún jugador ha llenado el Camp Nou, ni
siquiera Rivaldo. En él, en Riquelme, en el tipo que aplastó
al Madrid en la final del la Copa Intercontinental 2000, confía
el presidente culé para poner nombre a su salvación.
El entrenador holandés, en paro tras el fiasco de Holanda
en la fase de clasificación para el Mundial de Corea y Japón,
no se opuso; incluso floreó con elogios al sudamericano.
Y, claro, fiel a sí mismo, lo tiró pronto al banquillo.
«Si no robas el balón, juegas con uno menos»,
justificó.
Pero Riquelme, más que una imposición de Gaspart,
es una esperanza para la afición. Si el Barça, que
debuta ante el Atlético de Madrid y recibe pronto al Espanyol,
no arranca a la primera, el Camp Nou se llenará de inmediato
con pañuelos de dos caras, la del técnico y la de
su valedor, Gaspart. Y si, encima, no juega el argentino, el único
rescoldo para la hinchada culé, el miedo al vacío
arrastrará a un dúo con el porvenir ligado: Gaspart
y Van Gaal. Los socios ya avisaron en el recién disputado
Trofeo Gamper: en el descanso, cuando el Barça empataba ante
los desconocidos del Estrella Roja, comenzaron a pitar, silbaron
al equipo, al banquillo y al palco. Fue el sonido de una impaciencia,
de un hastío.
La sorpresa de Valdés
En ese ejercicio de funambulismo viajará todo el año
el conjunto catalán. Al paso de Van Gaal. Todos, los viejos
Reiziger, Frank de Boer, Puyol, Xavi, Overmars, Luis Enrique,
Cocu y Kluivert, los penúltimos en llegar Saviola
y Motta y los nuevos el cedido Mendieta, el meta Enke
y la esperanza de ocho letras: Riquelme. Y a todos los fundirá
Van Gaal en su crisol, los ajustará a las medidas de su traje,
incluso al argentino, un futbolista que siempre ha jugado desnudo.
Todos serán Van Gaal. Ya lo son: en la pretemporada ha criticado
a Riquelme y ha castigado a los dos porteros oficiales, Bonano y
Enke, en beneficio del joven Valdés. El meta canterano no
destacó más que los otros, salvo en una cosa: supo
escuchar mejor la voz de su amo.
Según Gaspart, era eso o el vacío. Y, sin dios al
que recurrir, se fue al infierno para traerse al entrenador que
se enfrentó y acabó con los jugadores de la era Cruyff,
al que se enemistó con el resto de los técnicos del
Camp Nou, al que más pañuelos puso en las gradas,
al que despreció a la Federación española con
el plante en una semifinal de Copa, al que, incluso, llegó
a pegarse con la Generalitat en defensa de Núñez.
Pues bien, dos años después, todos suplican al demonio.
| Ilusión
por Riquelme |
por J.
Gómez Peña |
|
El Barça busca grandeza, la necesita por historia.
Hace dos temporadas emitió un síntoma de empequeñecimiento:
su afición celebró el cuarto puesto en la Liga,
el último que daba acceso a la Liga de Campeones. Trofeo
menor acogido, en cambio, con júbilo, con esa alegría
desesperada de los clubes sin pasado, impropia para una entidad
con las alacenas abarrotadas. Ahora, en la temporada que comienza,
el conjunto catalán trata de crecer, de reencontrarse.
Eso sí, lleno de contrastes.
Busca alegría, el buen juego que demanda su selecta
grada, y ficha a Van Gaal, el técnico que empobreció
su fútbol, y al vizcaíno Mendieta, un centrocampista
entristecido en el Lazio. Despide a dos laterales zurdos Sergi
y Coco y no trae a ninguno. Decide no contratar defensas
su línea más frágil y criticada
y malgasta su esfuerzo en tratar de enlazar sin éxito
a un delantero, el holandés Hasselbaink.
Por último, para suturar sus carencias en la portería
repasa el mercado internacional y llama a Enke, un rubio alemán
parapenaltis, pero hace debutar a Valdés, un producto
local sin experiencia: cuando el novato guardameta catalán
llegó a la localidad suiza de Nyon, en la concentración
de la pretemporada, y vio el Lago Leman, preguntó si
aquello era el mar de Nyon.
Hasta la personalidad de sus nuevos guías, el estajanovista
Van Gaal y el disperso Riquelme, casa con dificultad. Contraste
sobre contraste. Por eso, al final, los seguidores dudan y
callan sus reticencias ante la vuelta de Van Gaal; y confían
en Riquelme, el salvador. En un argentino tímido, que
casi no fue capaz de hablar en su primera rueda de prensa
y que aún no ha concedido ninguna entrevista. Vive
aislado, escondido, como si fuera la última llave para
abrir, tres años después, la Plaza Sant Jaume,
el lugar al que peregrinaba el mundo culé para celebrar
sus títulos.
|
|