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El riesgo del glamour
El Madrid debe estar a la altura de las expectativas,
que la llegada de Beckham ha elevado hasta límites casi insuperables
JORGE MURCIA / GRÁFICO: J.M. BENÍTEZ
Nueva
temporada, vieja obligación. Triunfar en todos los frentes es para
el Real Madrid una misión de obligado cumplimiento. Sobre todo
de dos o tres temporadas a esta parte, en las que el club de Concha Espina
ha traspasado los límites de la estratosfera futbolística.
Hasta la galaxia, dicen. La llegada de David Beckham fichado tras
el culebrón de rigor y el pago de 25 millones de euros ha
elevado un peldaño el nivel competitivo del equipo, pero también
el de la exigencia. Estar a la altura de su fama y glamour. Es el gran
reto del campeón de Liga. Por supuesto, nadie se lo pondrá
fácil. Para el resto de los equipos, manchar el impoluto traje
blanco del Madrid es una posibilidad demasiado tentadora como para desaprovecharla.
Es lo que puede pasar si uno acude al baile con sus mejores galas.
Difícilmente se podrán volver a juntar tantas figuras en
un mismo equipo. Era lo que se comentaba hace dos años, cuando
Zidane aterrizó en el Bernabéu, y el pasado verano, tras
la llegada de Ronaldo. Pues bien, Florentino Pérez ha dado una
nueva vuelta de tuerca a la galactización de la entidad
con el fichaje de Beckham. Posiblemente, el equipo no necesitaba al inglés.
Pero sí el club, volcado en un irrefrenable proceso de expansión
comercial. «Se necesita un central», la frase que a modo de
letanía se escucha cada verano por el Bernabéu, volvió
a resonar con fuerza.
Tras la tormentosa marcha de Fernando Hierro, esa necesidad se hacía
más patente. Surgió entonces un rosario de posibles sustitutos
del malagueño. Algunos, como los del rumano Chivu o el mexicano
Márquez (que al final terminó en el Barcelona) pertenecen
a eternos aspirantes a madridistas. El club eligió a Milito, un
central de escaso currículo pero incuestionable proyección.
Su fichaje ponía en solfa el discurso de los Zidanes y Pavones
el de estrellas de relumbrón y canteranos, pero era
una ganga. Finalmente, el Madrid lo desechó por la supuesta fragilidad
de su rodilla, así que Beckham ha quedado como el único
refuerzo del equipo, además del entrenador, Carlos Queiroz.
Un trotamundos del fútbol, forjador de talentos, culto (habla cuatro
idiomas), refinado, elegante, de verbo fácil... El técnico
portugués llegó como reflejo humano del nuevo rumbo que
Florentino quiere para el Madrid. Los aires de modernidad se llevaron
por delante a Vicente del Bosque, apartado del club como un mueble viejo.
Ni los innegables éxitos deportivos interpretados como la
lógica consecuencia de dirigir a una plantilla estratosférica,
ni la mano izquierda empleada en un vestuario rebosante de egos un
intolerable paternalismo consentidor, a decir del club pudieron
salvarle la cabeza.
El éxito como obligación
Del Bosque conocía el club como el pasillo de su casa. Queiroz
empieza a caminar por ellos y a darse cuenta de su real dimensión.
En primera instancia, tuvo que pasar por el aro de una estruendosa y agobiante
gira asiática repleta de bolos deportivos, actos institucionales
y, por supuesto, bajo el manto de toda una parafernalia mediática
que incluso los propios jugadores se atrevieron a calificar de contraproducente.
Al portugués tampoco le hace gracia que cada entrenamiento de su
equipo en la Ciudad Deportiva sea presenciado por miles de seguidores,
y mucho menos que se televise en directo. Por eso, ha decidido cegar el
ojo de las cámaras. Aun a riesgo de tomarla dirección opuesta
hacia la que camina el club.
Queiroz es consciente de que, una vez más, el catálogo de
exigencias al que está sometido su equipo tiene mil páginas.
Un partido, un examen. Frente a la estrechez del calendario la Liga
termina en mayo por la disputa de la Euro2004 de Portugal,
frente a rivales sobreexcitados, frente a la periódica sangría
de jugadores reclamados por sus selecciones.... Frente a todo ello, la
necesidad de ganar todas las batallas. El éxito como obligación.
Si el Madrid cumple a rajatabla su ciclo vital de los últimos años,
en ésta le toca ganar la Champions. Ahí es donde Queiroz
tiene un reto de proporciones mayúsculas: ser capaz de reinar en
España y Europa en una misma temporada. Sin contar, eso sí,
con la Copa del Rey, que parece haberse traspapelado definitivamente en
el cajón de los deberes.
El cuerpo de élite
En el Madrid de Florentino Pérez, el capítulo de grandes
nombres propios se renueva a ritmo de página por año. Primero
fue Figo, luego Zidane, más tarde Ronaldo. Y ahora Beckham. La
última gran estrella blanca tiene que demostrar que no es un jugador
sobredimensionado; el portugués, que su declive deportivo está
aún por llegar; Zidane, que sigue siendo la brújula del
equipo. En cuanto a Ronaldo, él mismo se ha colocado el listón:
entre Liga, Champions y Copa, ha prometido marcar al menos 35 goles. Ahora
lo tendrá más fácil que hace diez meses, cuando llegó
al Madrid con la soga de la duda apretada a su curtida rodilla: 23 goles
en 31 partidos de Liga fueron suficientes para poner a la afición
a sus pies. El cuerpo de élite madridista se completa con Raúl.
El gran icono blanco, siempre sediento de gloria, quiere seguir subiendo
peldaños en la historia del club.
Con esos mimbres, y con otros no menos valiosos (Casillas, Roberto Carlos...),
el Madrid afronta la defensa de su título en una campaña
que se avecina frenética. Para lograrlo cuenta con una materia
prima deportiva de irrepetible calidad. Pero la fama y el glamour alimentados
desde la esfera empresarial del club juegan en contra de Queiroz. El portugués
tiene una ardua tarea por delante.
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