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2002
NOTICIAS Aste Nagusia
agosto


Viva la tele

Pablo Martínez Zarracina


Los fuegos, los conciertos, el teatro… todo eso está bien, en serio, pero les diré qué es lo que prefiero de las fiestas: la televisión. Hablo de las televisiones locales, de su programación festiva, de su horario ininterrumpido y su empeño circular. Resulta fascinante. Fascinante a su manera, pero fascinante. Miren la pantalla: un telerreportero adolescente da saltos abrazado a un comparsero que agita una enorme botella de champán.

Yo creo que, durante las fiestas, nadie que esté en su sano juicio atiende a las televisiones nacionales. Estos días uno está a lo que está y no tiene tiempo para el mundo real. Lo que nos interesa son las tertulias festivas (hay que ver que mal está todo), las entrevistas a las celebridades locales y los reportajes callejeros, con su elegante ironía y su estética semi bélica y apresurada. Se levanta uno a una hora francamente vergonzosa, con la cabeza hecha fosfatina y un aliento radioactivo y lo único que es capaz de hacer es poner la televisión.

Y allí están ellos. Todo el rato están ellos. Siempre están ellos. Son nuestros amigos catódicos, nuestro consuelo en las horas de resaca, los únicos que nos comprenden y acompañan en nuestro peor momento. Y miren cómo ese telerreportero adolescente salta abrazado a un comparsero que agita una enorme
botella de champán.

Y luego está el horario ininterrumpido. Eso sí que es un invento. La cosa consiste en grabar un programa de unas cuantas horas y repetirlo una y otra vez hasta que el público se lo aprenda de memoria. La tercera vez que uno ve la misma entrevista descubre detalles fascinantes. Este año, por ejemplo, yo he descubierto los secretos de la entonación de un político local. Me he pasado dos días viéndole en la tele y me he convertido en una especie de experto en su persona. ¿Que cómo habla? Frases muy cortas, omite asombrosamente los complementos directos, y modula la voz de un modo enfático y ascendente, como si todo lo que dijese fuese una evidencia.

La verdad es que uno ya no sabe si salir a la calle a vivir las fiestas o quedarse en casa y verlas por televisión. Verlas una y otra vez. La realidad es una cosa muy extraña, todos lo sabemos, pero sus dosis (llamémoslo así) de exotismo aumentan cuando la realidad es una realidad local y se repite. No es nada nuevo: el ciclo cósmico de Anaximandro, el eterno retorno de Nietzsche o el Día de la Marmota de Bill Murray. ¿Música de fondo? Sí, por favor, pongan una simpática bilbaínada, una que hable de las Siete Calles y del vinillo tinto que sirven en Iturribide.

Acabarán las fiestas y la televisión volverá, dentro de lo que cabe, a la normalidad. Será un duro golpe que no sé cómo encajaremos. Y fíjense en cómo ese telerreportero adolescente vuelve a saltar abrazado a un comparsero que agita una enorme botella de champán.


 

 

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