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Viva
la tele
Pablo Martínez Zarracina
Los
fuegos, los conciertos, el teatro
todo eso está
bien, en serio, pero les diré qué es lo que
prefiero de las fiestas: la televisión. Hablo de las
televisiones locales, de su programación festiva, de
su horario ininterrumpido y su empeño circular. Resulta
fascinante. Fascinante a su manera, pero fascinante. Miren
la pantalla: un telerreportero adolescente da saltos abrazado
a un comparsero que agita una enorme botella de champán.
Yo creo que, durante las fiestas, nadie que esté en
su sano juicio atiende a las televisiones nacionales. Estos
días uno está a lo que está y no tiene
tiempo para el mundo real. Lo que nos interesa son las tertulias
festivas (hay que ver que mal está todo), las entrevistas
a las celebridades locales y los reportajes callejeros, con
su elegante ironía y su estética semi bélica
y apresurada. Se levanta uno a una hora francamente vergonzosa,
con la cabeza hecha fosfatina y un aliento radioactivo y lo
único que es capaz de hacer es poner la televisión.
Y allí están ellos. Todo el rato están
ellos. Siempre están ellos. Son nuestros amigos catódicos,
nuestro consuelo en las horas de resaca, los únicos
que nos comprenden y acompañan en nuestro peor momento.
Y miren cómo ese telerreportero adolescente salta abrazado
a un comparsero que agita una enorme
botella de champán.
Y luego está el horario ininterrumpido. Eso sí
que es un invento. La cosa consiste en grabar un programa
de unas cuantas horas y repetirlo una y otra vez hasta que
el público se lo aprenda de memoria. La tercera vez
que uno ve la misma entrevista descubre detalles fascinantes.
Este año, por ejemplo, yo he descubierto los secretos
de la entonación de un político local. Me he
pasado dos días viéndole en la tele y me he
convertido en una especie de experto en su persona. ¿Que
cómo habla? Frases muy cortas, omite asombrosamente
los complementos directos, y modula la voz de un modo enfático
y ascendente, como si todo lo que dijese fuese una evidencia.
La verdad es que uno ya no sabe si salir a la calle a vivir
las fiestas o quedarse en casa y verlas por televisión.
Verlas una y otra vez. La realidad es una cosa muy extraña,
todos lo sabemos, pero sus dosis (llamémoslo así)
de exotismo aumentan cuando la realidad es una realidad local
y se repite. No es nada nuevo: el ciclo cósmico de
Anaximandro, el eterno retorno de Nietzsche o el Día
de la Marmota de Bill Murray. ¿Música de fondo?
Sí, por favor, pongan una simpática bilbaínada,
una que hable de las Siete Calles y del vinillo tinto que
sirven en Iturribide.
Acabarán las fiestas y la televisión volverá,
dentro de lo que cabe, a la normalidad. Será un duro
golpe que no sé cómo encajaremos. Y fíjense
en cómo ese telerreportero adolescente vuelve a saltar
abrazado a un comparsero que agita una enorme botella de champán.
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