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2002
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agosto


Bilbao se divierte con el desfile de la ballena
Miles de personas disfrutaron del desfile que reivindicó la música por el centro de Bilbao a través de las figuras de Mozart y Arriaga


TEXTOS:/MARÍA LOIZU, OCTAVIO IGEA FOTOS: FERNANDO GÓMEZ, MITXEL ATRIO

Habitualmente la música es un estupendo acompañante que adorna y ameniza todo tipo de eventos. Ayer fue diferente; ayer fue la protagonista indiscutible del tradicional desfile de la ballena que rindió homenaje a Mozart y Arriaga. Si el compositor bilbaíno hubiera revivido ayer habría observado atónito cómo miles de sus paisanos abarrotaban las aceras de la Gran Vía para disfrutar de sus partituras, mientras un cetáceo de 12 metros y su marido, el pulpo, hacian las delicias de los más pequeños.

Tras conseguir su cargamento de confetis y serpentinas, Iker, de cinco años, esperaba nervioso la llegada de la comitiva. Y como él, todos. «¿Cuándo llega?», insistían Ane y Olatz mientras su aita oteaba el horizonte en busca de una respuesta. Una vez más, para disipar las dudas apareció la música. Unos tambores lejanos marcaban el inicio del desfile.

Con los animales aún en la lejanía, Julio se apresuraba a preparar a Amaya para todo, «pero no te asustes que es muy buena» le repetía a su hija, hasta que alguien anunció la noticia más esperada de la tarde, «¿Ahí esta!». Acompañada por el ritmo que marcaban los tambores y timbales de los artistas de 'La banda del Surdo', llegó Baly. «¿Qué grande!», exclamaba el pequeño Mikel, a la vera de la ballena hinchable de 12 metros que llegó con todo su séquito de peces, estrellas de mar y su esposo de ocho tentáculos, con el que se casó hace dos veranos. Los había valientes como Josu, que pese a su corta edad se animaba a tocar al cetáceo sin miedo a su potente chorro de agua. En el aire, unos ritmos que recordaban más a la samba que al vals, José se extrañaba, «¿Pero esto no iba de Mozart?», preguntaba confuso a su hija Lorena.

En efecto, inmediatamente apareció Mozart, que interpretaba sus obras más conocidas en una carroza. «¿Concéntrate Amadeus!», le repetía su progenitor al compositor que prefería saludar a la gente. Para algunos era el momento de disfrutar, «¿qué placer oír estas cosas al aire libre!», se recreaban Javi y Alicia mientras se abrazaban. Minutos después fue el turno de Arriaga, que surcó la calle en una majestuosa carroza que lo llevaba en volandas. Algunos seguían sin salir de su asombro, «este es el del teatro», le señalaba Nuria a la pequeña Idoia.


Amor cortesano

La música no sólo sirvió para rendir homenaje a dos grandes artistas. Carrozas en forma de balcones y jardines se pasearon por la Gran Vía escenificando un amor de época. Notas de violines y pianos pretendieron seducir a unas mujeres cortesanas más entregadas al público que a sus amantes, aunque la multitud anhelaba presenciar una reconciliación y final feliz.

Flor, de Colombia, no se perdía un detalle de la escena amorosa como si de una telenovela se tratase, aunque su hijo Sebastián, de nueve años, no mostraba el mismo interés. Lleva dos años viviendo en Bilbao y no se ha perdido el desfile. «El del año pasado me gustó más». Mientras, los cuarenta componentes del Orfeón San Antón Abesbatza volvían a aparecer en esta edición para reivindicar con su presencia la música coral vasca. La cara seria de Sebastián cambió al ver aparecer un caballo «muy raro».

La curiosidad y la expectación se adueñaron de los más pequeños ante el comportamiento extraño de animales familiares. Un pájaro, un perro y un gran caballo en forma de marionetas metálicas se balanceaban al son de unas cuerdas que les dirigían de lado a lado de la acera, asustando a los más 'peques'.

Igor, de tres añitos, se escondía entre las piernas de su aita a punto de llorar. Su hermana Marta, en cambio, estaba entusiasmada. «Son raros, pero me gustan». Una comparsa barroca ponía ritmo a la tarde y sembraba en la Gran Vía un ambiente que, de la mano de la compañía Discípulos de Morales, estuvo inspirado en cuadros de El Bosco.

El desfile hizo que un año más disfrutaran mayores y pequeños, convirtiendo el centro de la ciudad en un mar de música. Además de la ballena y su marido, las formas abstractas, el barroco y los grandes artistas a los que se homenajeaba han cargado de cultura el espectáculo. «Ahora ya sé quiénes son Mozart y Arriaga: son músicos», confiesa orgulloso el pequeño Unai. Sonó bien y gustó; para que luego digan eso de 'con la música a otra parte'.


 

 

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