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Tiempo de congas
EL CORREO - Bilbao
Va uno por la calle pensando
en sus cosas cuando se
le abalanza un desconocido
y le agarra por la cintura.
«¡Socorro!», gritamos, «¡es un
secuestro express!». Al instante
nos damos cuenta de que no se trata
de un secuestro, sino de una
conga, y de que, antes de seguir
haciendo el ridículo, sólo nos queda
la opción de improvisar algunos
movimientos vagamente rítmicos
mientras ponemos los ojos
en blanco y berreamos el tema de
moda que atrona en la megafonía.
La conga como fenómeno social
es algo digno de estudio, lo que
ocurre es que hoy los intelectuales
no saben por donde les da el
aire. Me dirán que es muy normal:
de pronto suena determinada canción
y dos o tres decenas de contribuyentes
se enlazan para construir
una serpiente bailona. ¿Que
por qué lo hacen? Bueno, la mayoría
porque no tiene más remedio.
¿Quién inicia la conga? Habitualmente
un canalla de marcado
carácter antisocial. ¿Cuánto dura
una conga? Demasiado, siempre
demasiado. ¿Quiénes componen
una conga? Tres o cuatro juerguistas
sin escrúpulos y un puñado
de inocentes que quedarán
marcados para el resto de su vida.
Aunque parezca sorprendente,
la fuerza pública no suele interponerse
entre la conga y la civilización
occidental. Sin duda es reprobable,
pero también resulta comprensible.
Intervenir sería
demasiado arriesgado. Un paso en
falso, un movimiento equivocado,
y los agentes serían absorbidos por
la serpiente y acabarían enlazados
a los alborotadores, con el uniforme
hecho trizas, bailando algún
tema tropical que habla, aproximadamente,
de playas del Caribe y
orangutanes románticos.
Nada podemos hacer ante el
poder rítmico de la conga. Quien
cae en las redes de una de ellas,
sólo puede rezar (mientras baila
e intenta pasar desapercibido)
para que todo acabe pronto y para
que en las inmediaciones no haya
nadie con una cámara de fotos.
Hace años conocí a un superviviente
de la célebre conga de las
fiestas de Larraskitu de 1982.
Tenía la mirada perdida y, cuando
trataba de recordar lo que ocurrió
aquella noche frente a la txosna
del Comité Contra Todo En
General, estallaba en un llanto
desesperado que le impedía articular
palabra.
Este año se está hablando
mucho de la inseguridad en las
fiestas. Yo estoy de acuerdo: salir
a la calle cada vez es más peligroso.
Las congas acechan en las
esquinas y uno, la verdad, va por
ahí sin terminar de encontrarse
cómodo, con una mezcla muy
intensa de prevención, nerviosismo
y terror. Sin embargo, nuestra
estancia en el mundo es un
viaje lleno de peligros y no debemos
permitir que el miedo nos
gane la partida. Así que mucho
valor y a disfrutar de lo que queda
de Semana Grande. Hoy es último
sábado de fiestas: un tiempo
de congas desesperadas.
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