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Concierto
de Coti
Mejor
que Calamaro
Por Oscar Cubillo - Bilbao
No
tenemos nada en contra de Calamaro, porque nos caen bien los
rockeros charlatanes. Si ponemos el título de arriba
a nuestra percepción de la intervención del
también argentino Coti en Botica Vieja, no es más
que para lanzar a éste un piropo, un halago reforzado.
Y eso que acudimos a su cita sin demasiado convencimiento,
esperando tragar una sobredosis de cháchara porteña,
psicoanálisis de todo a un euro y tempos
suavitos homogeneizados por la baba.
Pero no. Lo de Coti Sorokin en esa explanada plagada de cuadrillas
de veinteañeros que peroraban en torno del botellón
antes de ponerse súbitamente a brincar y a corear cuando
reconocían algún hito fue un concierto
de rock and roll clásico, donde la sombra de Dylan
surgió más que evidente en numerosas ocasiones,
con potencialidad comercial
respetable y asumible y estética de gran rock and roll:
disposición escénica que nos recordó
a los escandinavos The Soundtrack Of Our Lives en pleno verano,
tres guitarras enlazadas (una asida por Álex Olmedo,
ex Christina Rosenvinge) y la pinta de Coti, con sombrero
vaquero y camiseta de Lynyrd Skynyrd.
El ambiente se notaba caliente y entregado y las expectativas
se cumplieron desde el primer disparo. Otra vez
remitió a los primeros Rodríguez y Suéltame,
un tema que entrará en su próximo CD, sonó
a pop-rock redondo como el Graham Parker del LP The
Up Scalator. Vivificante es un calificativo que le va
al pelo al cancionero de Coti, que se halla en la cima por
vender un cuarto de millón de copias legales en todo
el mundo de su último disco, Esta mañana
y otros cuentos.
Diecisiete personas
Coti ni soñaba este apogeo en su primera visita a Bilbao,
cuando acudieron a verle diecisiete valientes, como recordó
al presentar el Princesa de Sabina. «Muchas
gracias, gente de Bilbao», agradeció antes de
Nueces, pop un tanto infantil para una película
que narra un amor entre Argentina y España. Sangrando,
con sus rapeaditos y su fusioncita, puso el momento extraño
(no queremos usar adjetivos negativos, tipo bajo)
antes de la recuperación con Bailando,
un tango según Coti, que reclamó: «Vamos
a ver esas manitas arriba de Bilbao». No me arrepiento
dejó ver trazos country y en Esta mañana
concluimos que, a pesar de las concomitancias, desde las vocales
a las compositivas, el tal Sorokin podría convertirse
en un buen recambio para un Calamaro que el martes cumplió
45, pues su cancionero no está tan sobado. En Igual
que ayer animó a cantar un estribillo con esas
tres palabras («Yo me las sé todas, que me las
he aprendido», chilló una veinteañera
exultante; bueno, nosotros también llevamos a una treintañera
exuberante que las conocía todas; gracias, Susana,
a ver si vuelves pronto) y luego invitó a los teloneros,
los argentinos Súper Ratones, a versionear un entregado
y coral Help de los Beatles previo a un Baúl
de los recuerdos con arreglos de los Beatles más
adultos. En el pop positivista Mis planes ondearon
enseñas argentinas, y el final resultó climático
con Antes de ver el sol y sus onomatopéyicos
oh-oh-oh y el jaleo triunfal y absoluto de Nada fue
un error, donde Coti dejó cantar al respetable
y oímos sobre todo las voces agudas de las chicas.
En el bis, apenas solicitado porque ya se supone que se dará,
volvió Coti vistiendo otra camiseta vieja cuyo motivo
no distinguimos ni en las pantallas, e hizo Volando,
en plan los primeros Rodríguez, y la dylaniana y repetida
Otra vez, fin de una cita... vivificante y gozosa.
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