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De profesión, buscavidas
Se mueven en grupos o a solas. Son tipos peculiares,
que buscan en la Semana Grande una forma de
sobrevivir o de entretener al resto de los paseantes
OCTAVIO IGEA/BILBAO
Nadie viene a verlos pero todo el
mundo los ve, la Aste Nagusia
también es su momento. Tampoco
aparecen en el programa de
fiestas, aunque sin ellos algo se
echaría en falta en el recinto festivo.
Son los buscavidas, unos personajes
tan variopintos que no
cabe definición, sólo describirlos.
Se disfrazan y hacen globos con
forma de flor, leen el porvenir o
son capaces de no mover ni las
pestañas durante un buen rato
manteniendo el equilibrio sobre
una caja. Con poco más que su
ingenio, luchan por atraer a los
viandantes que acaban rodeando
sus fugaces actuaciones. Son
músicos, bailarines, funambulistas
y actores; su escenario, la calle
y su sueldo, la voluntad. Inundan
de risas y entretenimiento todos
los rincones de la villa con sus
excéntricas indumentarias. La
realidad está debajo, y tiene historias
como éstas.
'BOMBITA'
Pareja de bailarines
«Llevo trece años
en la carretera»
En el Casco Viejo una pareja de
bailarines se mueve con agilidad
entre los murmullos de la gente.
Al son de ritmos de los años 20,
ejecutan piruetas excepcionales.
Pero las apariencias engañan, no
son dos, sólo es uno: 'Bombita', un
madrileño de 57 años con espíritu
viajero y toda una vida en el
mundo del espectáculo. En 1975
fundó una compañía de variedades
y, aunque no acabó de funcionar,
desde entonces ha convertido
la interpretación en su modo
de vida.
«Llevo trece años en la carretera
haciendo este número», para
ello, se arquea de tal manera que
cede sus piernas al bailarín mientras
con los brazos mueve a la
mujer. Un gran derroche físico
que repite cada diez minutos,
«¿Que cómo me entreno?, pues trabajando
». Durante el verano, viaja
con su mujer de fiesta en fiesta
en una caravana, «al principio íbamos
a hoteles, pero nos cansamos
». A 'Bombita' el esfuerzo no
le pasa factura, al contrario,
«estoy mejor que mis amigos»,
asegura tras explicar que en
invierno, «para no perder la forma
», actúa en Canarias, «aunque
también he viajado a Estados Unidos
». Para Bilbao todo son halagos,
«hay una gente estupenda».
Lo que no le gusta tanto es hablar
de dinero, «di que gano 1.800 euros
al día, total vas a poner lo que
quieras, como en todas las entrevistas
que me hacen».
THIERNO DIALLO 'Balafón' Euskera en
Senegal
«Es como un xilófono», el 'balafón'
se hace con listones rectangulares
de madera africana que
secan con cuidado y queman con
un hierro para sacarle el mejor
sonido. Esa es la base de la música
que hace Thierno Diallo, un
senegalés que luce 'txapela' con
orgullo mientras continúa llenando
de ritmo la calle Pelota con
su peculiar instrumento.
«Mira, lo de aquí debajo son
calabazas que funcionan como
amplificador natural», muestra
este africano afincado en Pamplona,
«la capital de Euskadi». Asiduo
de las fiestas, Diallo prefiere
Guipúzcoa, pero este año se ha
acercado a Bilbao. Duerme en el
coche, aunque tampoco tiene
demasiado tiempo, «toco 24 horas
al día». Si no fuera por el color de
su piel, el músico pasaría por un
navarro más. Chapurrea euskera,
«pixka bat (un poco)» y saluda a
dos chicas con las que ha coincidido
en otros sitios, «esas son de
Tolosa». Atrás quedan los tiempos
en los que vivía por y para «la
cultura» en Senegal, «hace 15 años
que no voy, pero aquí estoy muy
a gusto».
RICARDO LÓPEZ
Mickey Mouse moldeando globos
Un joyero duerme
en Termibus
Espadas, flores, perros... los globos
pueden tomar cualquier forma
en las manos de Ricardo
López. Ese es el talento que explota,
metido en un disfraz de Mickey
Mouse pese al sofocante calor.
Sin parar de trabajar, cuenta que
es boliviano y que él no España para esto. «En mi país era
un joyero muy reputado, trabajaba
con varias Embajadas y me
propusieron un proyecto aquí,
pero cuando llegué descubrí que
me habían engañado y me encontré
sin papeles ni nada».
A sus 57 años, no le queda más
remedio que viajar de feria en
feria con sus globos. Pamplona,
San Sebastián, Vitoria, «donde
haga falta». Durante esta semana,
trabaja siete horas al día y duerme
donde puede, «tengo mis cosas
en la consigna de Termibus, me
acomodo en un banco y ahí descanso
». Gana poco y lo tiene que
repartir. En su país tiene dos hijos
estudiando, «uno Derecho, el otro
en una academia militar».
Ésta es su tercera Aste Nagusia
y promete volver, «la gente del
norte es muy amable», aunque
también los hay, «los menos», poco
considerados: «algunos me dan
dos céntimos por los globos, dicen
que no cuestan nada y que con eso
vale». De todos modos, enseguida
recuerda que hay «almas generosas
» que le dan «hasta dos euros»
por creación.
DRAGO
Una llama con ritmo
«Lo más duro es no
entender a la gente»
En algún rincón de Bilbao, un
estrafalario animal mueve la cabeza
sin parar mientras lanza unos
gruñidos muy curiosos. La gente
se ríe al girarse y descubrir una
llama que les mira tras unas grandes
gafas.
Bajo las tradicionales mantas
que cubren al animal andino está
Drago, un rumano de risa fácil. A
pesar de ello, mira con recelo y,
antes de hablar, pide ver alguna
acreditación que no huela a policía.
Las sospechas se confirman,
«llevo dos semanas en Bilbao y no
tengo documentación» reconoce
Drago. «Tengo cinco hijos pequeños
en Bucarest y quiero ganar
dinero», para ello se contornea sin
freno bajo el disfraz que le ha dejado
un compañero. Con gestos
explica que descansar, descansa
poco, «duermo en la calle pero tengo
que estar muy atento para que
no me roben». Gana muy poco,
pero está contento a pesar de que
sus limitaciones con el idioma son
muy grandes, «es lo más duro, no
poder comunicarme con la gente
».
FANE Y JOSCA
Pandereta y acordeón
«La gente ya
nos conoce»
No es que aparezcan en la Aste
Nagusia, trabajan todo el año por
Bilbao, pero durante estas fechas
hacen horas extras. Fane y Josca
son rumanos y con una pandereta
y un acordeón, hacen las delicias
de la gente que puebla las
terrazas de la villa. Hace ya un
año que aterrizaron aquí con poco
más que sus instrumentos, y así
siguen. Josca, el de la pandereta,
se esfuerza en explicarnos cómo
discurre su día. «Tocamos unas
seis horas cada día» y ya tienen
un público fiel, «tocamos siempre
en los mismos sitios y la gente ya
nos conoce». Cada día cierran sus
actuaciones con el 'O sole mío' y
mientras 'pasan la gorra', se despiden:
«¡Gracias señores y señoras,
que aproveche!».
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