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Beber, bailar, juzgaz
La semana de fiestas produce en la ciudadanía una explosión de energía y un deseo imperioso un deseo imperioso de valorar cuanto nos rodea
PABLO MARTINEZ SARRACINA / BILBAO
La semana de fiestas produce
en nuestro organismo algunas
reacciones peculiares.
Nos llena, por ejemplo, de cierta
energía alegre y filantrópica: una
especie de espíritu navideño que
llega con ocho meses de retraso.
También nos deja exhaustos, claro,
y nos hace alcanzar cuadros de
resaquismo que maravillarían a
las autoridades sanitarias. Y hay
algo más: las fiestas transforman
de pronto a la ciudadanía en una
tropilla de jueces itinerantes. Es
digno de verse: el txupinazo actúa
sobre nosotros como un hechizo
que nos despierta un repentino
amor por la justicia, un deseo imperioso
de valorar cuanto nos rodea,
una necesidad incontrolable de
coger cualquier objeto que podamos
utilizar como mazo y lanzarnos
por ahí, a las calles, a dictar
sentencias que por otra parte nadie
nos ha solicitado.
«Los fuegos de ayer fracasaron
en el ritmo de composición y en
la combinación cromática. El efecto
enjambre del comienzo quedó
bajo. Los silbadores, bien». Quien
dice esto no es, como podría parecer,
el director de una pirotecnia
sino cualquier contribuyente que
probablemente prohíbe a sus hijos
jugar con petardos. «A ese grupo
de jazz le fallaba el bajo rítmico.
Muy notable el 'rimshot' de batería
que abría el sexto tema». ¿Un
crítico musical? No, qué va, un
particular que pasaba por allí. «La
gestión del Ayuntamiento en la
contratación de conciertos internacionales
es defectuosa». ¿Un
promotor de festivales musicales?
No, más bien un contribuyente
que en su vida real tiene problemas
para contratar una línea de
Internet. «Las calles están este
año sucias y llenas de delincuentes
». ¿El sheriff de Dodge City?
No, sólo un congénere que se
ducha a veces y siempre trata de
colarse en el tranvía.
Lo cierto es que uno no sabe si
este repentino amor por el juicio
es algo bueno o malo. Quizá lo que
ocurre es que durante ocho días
nos transformamos en unos individuos
que combinan una cultura
profunda y multidisciplinar
con un gusto altamente desarrollado
y también en unos ciudadanos
maduros que asumen sus responsabilidades
democráticas y
controlan con escrupulosidad la
labor de sus representantes políticos.
Vamos, que durante las fiestas
los bilbaínos nos volvemos un
poco daneses, y sólo nos falta cambiar
nuestro coche tóxico por la
bici y organizar clubes de jardinería
en los que esté prohibido
fumar y también pensar en fumar.
O tal vez lo que nos ocurre es
exactamente lo contrario. Quizá
estos días los bilbaínos nos volvemos
menos daneses de lo habitual
y comenzamos a gruñir por
cualquier cosa, inquietos probablemente
por la certeza de que
todo el mundo se lo está pasando
bien a nuestro alrededor. Divertirse,
como es sabido, no es complicado.
Lo complicado es soportar
que los demás se diviertan.
¿Cómo evitarlo? Bueno, pues
dejando caer que sí, que muy bien,
pero que todo está muy mal. A
veces llega uno a pensar que ni
siquiera las fiestas de Sodoma nos
hubieran satisfecho. Les fallaba,
qué sé yo, el ambientillo.
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