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2002
NOTICIAS ASTE NAGUSIA
agosto



Beber, bailar, juzgaz
La semana de fiestas produce en la ciudadanía una explosión de energía y un deseo imperioso un deseo imperioso de valorar cuanto nos rodea


PABLO MARTINEZ SARRACINA / BILBAO

La semana de fiestas produce en nuestro organismo algunas reacciones peculiares. Nos llena, por ejemplo, de cierta energía alegre y filantrópica: una especie de espíritu navideño que llega con ocho meses de retraso. También nos deja exhaustos, claro, y nos hace alcanzar cuadros de resaquismo que maravillarían a las autoridades sanitarias. Y hay algo más: las fiestas transforman de pronto a la ciudadanía en una tropilla de jueces itinerantes. Es digno de verse: el txupinazo actúa sobre nosotros como un hechizo que nos despierta un repentino amor por la justicia, un deseo imperioso de valorar cuanto nos rodea, una necesidad incontrolable de coger cualquier objeto que podamos utilizar como mazo y lanzarnos por ahí, a las calles, a dictar sentencias que por otra parte nadie nos ha solicitado.

«Los fuegos de ayer fracasaron en el ritmo de composición y en la combinación cromática. El efecto enjambre del comienzo quedó bajo. Los silbadores, bien». Quien dice esto no es, como podría parecer, el director de una pirotecnia sino cualquier contribuyente que probablemente prohíbe a sus hijos jugar con petardos. «A ese grupo de jazz le fallaba el bajo rítmico. Muy notable el 'rimshot' de batería que abría el sexto tema». ¿Un crítico musical? No, qué va, un particular que pasaba por allí. «La gestión del Ayuntamiento en la contratación de conciertos internacionales es defectuosa». ¿Un promotor de festivales musicales? No, más bien un contribuyente que en su vida real tiene problemas para contratar una línea de Internet. «Las calles están este año sucias y llenas de delincuentes ». ¿El sheriff de Dodge City? No, sólo un congénere que se ducha a veces y siempre trata de colarse en el tranvía.

Lo cierto es que uno no sabe si este repentino amor por el juicio es algo bueno o malo. Quizá lo que ocurre es que durante ocho días nos transformamos en unos individuos que combinan una cultura profunda y multidisciplinar con un gusto altamente desarrollado y también en unos ciudadanos maduros que asumen sus responsabilidades democráticas y controlan con escrupulosidad la labor de sus representantes políticos. Vamos, que durante las fiestas los bilbaínos nos volvemos un poco daneses, y sólo nos falta cambiar nuestro coche tóxico por la bici y organizar clubes de jardinería en los que esté prohibido fumar y también pensar en fumar.

O tal vez lo que nos ocurre es exactamente lo contrario. Quizá estos días los bilbaínos nos volvemos menos daneses de lo habitual y comenzamos a gruñir por cualquier cosa, inquietos probablemente por la certeza de que todo el mundo se lo está pasando bien a nuestro alrededor. Divertirse, como es sabido, no es complicado. Lo complicado es soportar que los demás se diviertan. ¿Cómo evitarlo? Bueno, pues dejando caer que sí, que muy bien, pero que todo está muy mal. A veces llega uno a pensar que ni siquiera las fiestas de Sodoma nos hubieran satisfecho. Les fallaba, qué sé yo, el ambientillo.


 

 

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