Hace años circulaba un ácido comentario referido a las conmemoraciones y a las grandes efemérides: ya se ha perpetrado otra efeméride. Recordemos la respuesta humorística de Guglielmo Ferrero a la petición de un colega para que preparara la semblanza de un coetáneo nada afín a ellos: «Dámelo muerto». Es decir, mutilado, simplificado, sin alma, sin desolación ni quimera. Recordemos también aquel poema de Luis Cernuda contra la farsa elogiosa de los gobiernos a las cimas literarias de la nación, con motivo de la inauguración en París de una placa en honor a Rimbaud y Verlaine: «Entonces hasta la negra prostituta tenía derecho a insultarles; / Hoy, como el tiempo ha pasado, como pasa en el mundo, /Vida al margen de todo, sodomía, borrachera, versos escarnecidos/ ya no importan en ellos, y Francia usa de ambos nombres /y ambas obras/ para mayor gloria de Francia y su arte lógico».
Como los homenajes, los centenarios, que sirven para llamar la atención sobre algún capítulo de la historia o sobre cualquier personaje capaz de haber dejado su impronta en ella, son siempre temibles. Y lo son por varios motivos: por la ración de olvido que, paradójicamente, conllevan; porque, a veces, tan sólo sirven para alimentar los orgullos de la tribu; porque, en más de una ocasión, los políticos pueden convertirlos en guijarros afilados con que golpear la cabeza del adversario.
Siempre he desconfiado de las jornadas heroicas fabricadas o simuladas por los gobiernos, porque a menudo no discriminan con honradez sino que lanzan hurras con grosería, y no tienen en cuenta el simple heroísmo de una acción más que en la medida en que va conectado con un evidente beneficio publicitario. Sin embargo, el bicentenario del Dos de Mayo y de la Guerra de la Independencia es una buena oportunidad para recordar el tortuoso itinerario que los derechos individuales de los españoles iban a recorrer hasta la actualidad de nuestra Constitución. Es una ocasión propicia para reivindicar la nación como un gran acuerdo entre ciudadanos, especialmente para aceptar sus diferencias, su diversidad. No esa nación construida sobre la sensación de pérdida, sobre el rechazo del distinto, sobre el exilio del que no piensa igual que la comunidad. Poco antes de morir, el escritor Thomas Mann, que acaba de experimentar una inmensa tragedia nacional y la locura del nacionalismo excluyente, llamó a construir la dignidad de ser alemán sobre la razón, sobre el individuo y sobre su sentido universal. Ese es el modelo de nación que festejamos.
A los nacionalistas de hoy no les interesa, en absoluto, conmemorar la Guerra de la Independencia que fue la que a un pueblo aparentemente disperso en la Península lo trasformó en comunidad nacional por el calor y la exaltación de su respuesta unánime al extranjero. La resistencia española unió en una empresa común a soldados profesionales, labradores, artesanos,contrabandistas, granujas, bandoleros, mujeres que curan heridos y empuñan mosquetones y frailes que inflaman la vena patriótica a la vez que dan la extremaunción a los guerrileros moribundos.Y en todas las regiones españolas se sintió el huracán de sangre que barrió las calles de Madrid el Dos de Mayo de 1808.
Con el bicentenario de los levantamientos de 1808 y la Guerra de la Indepenencia recordamos que la historia de España pertenece a la historia de Europa mucho antes de la entrada en la Comunidad Europea o del euro y a la de América con siglos de antelación a las Cumbres Iberoamericanas. En una hora en que los nacionalismos periféricos fuerzan la marcha para contar la historia a su manera parcelaria, el bicentenario del Dos de Mayo puede servirnos también para recuperar la reflexión nacional de la historia de España, sin pesimismo, sin llanto. Nos ha hecho mucho daño a los españoles, la historia que nos han contado de decadencia y naufragios, el réquiem que asciende por los reinos de los Austrias al caer el siglo XVI y encadena la nación liberal del XIX hasta asfixiarla despiadadamente.
Resistencia al francés
A lo largo de 1808, las tropas francesas, desparramadas por la Península empiezan a establecerse en diversas localidades del País Vasco, efectuando una ocupación en toda regla. El doble aspecto que adquirió la ocupación francesa como invasión extranjera y asunción por la fuerza de ideas y creencias ininteligibles para la mayoría de los habitantes del territorio, junto a la agresión efectuada a la foralidad, fueron determinantes para explicar el comportamiento vasco en el trance de la resistencia a las fuerzas de Napoleón. La imposición de tributos novedosos, la sustitución violenta del poder tradicional por el poder extraño, el modo arbitrario y militar con que se impusieron las reformas, la enemistad de la Iglesia, atacada en sus creencias y prácticas, pero sobre todo, en sus rentas y diezmos, fueron las razones impulsoras de la oposición popular.
Por otro lado, la invasión militar sirvió para reflejar la propia separación de intereses y actitudes que desde épocas anteriores enfrentaban a los grupos sociales en el País Vasco. Se iba a repetir ante los franceses la disparidad campo-ciudad, que ya configuraba en esos años buena parte de la historia vasca. Así, una burguesía comercial, todavía minoritaria en el seno de una población rural, tradicional, aceptó de buen grado el patronazgo francés esperando la apertura de una nueva era. No le faltarían a esa burguesía buenas conexiones con el rey intruso José I, ya que miembros de su gabinete serían los bilbaínos Mariano Luis de Urquijo y el almirante José de Mazarredo, que desplegaron gran actividad en la captación de la benevolencia de sus paisanos para con las autoridades francesas.
En cambio, un amplio espectro social compuesto por campesinos, clérigos y clases urbanas dependientes formaba junto a algunos notables la trinchera de la defensa de los Fueros y modos de vida tradicionales y de la oposición a los franceses. Si el comportamiento popular fue inequívoco en su oposición al invasor francés no puede decirse lo mismo de las autoridades forales, que se debatieron entre el miedo a Napoleón y la solidaridad para con el pueblo sublevado. La tentación de colaboracionismo sólo fue vencida por los poderes vascos cuando, arrastrados por la dinámica rebelde de su pueblo, se vieron catapultados a la dirección del movimiento insurreccional. De una u otra forma, diversos enclaves vascos fueron protagonistas de espontáneos levantamientos que fácilmente abortaron las guarniciones francesas.
Los acontecimientos políticos y militares de la invasión francesa tomaron en Vizcaya distinto cariz que en el resto del País Vasco. Mientras San Sebastián y Vitoria, ocupadas por los franceses, permanecieron bajo el dominio de éstos durante toda la Guerra de la Independencia, Bilbao cambió de dueño repetidas veces. En agosto de 1808, los partidarios de Fernando VII, animados por la derrota de los franceses en Bailén, se hacían con el mando de la Villa, desplazando a los afrancesados que la regían. Muy pasajero sería el poder patriótico pues, a los pocos días, las tropas del general Merlin conquistaban Bilbao y la saqueaban sin miramiento. La encarnizada resistencia de los bilbaínos encontró su mejor expresión en la contundente actuación antifrancesa de los frailes de la villa. Sabemos que los franciscanos de Abando alzaron en armas a su clientela, contribuyendo eficazmente a la distribución del material bélico. No parece que les fueran a la zaga los capuchinos de Deusto ni los mercedarios y carmelitas.
Pero tampoco durante el tiempo de la francesada el clero secular vizcaíno perdió oportunidad alguna de manifestar su descontento por la presencia de los ocupantes venidos del otro lado de los Pirineos. El fuego de la rebelión fue alimentado en Bilbao por los curas hasta con huelgas de misas que buscaban intranquilizar a sus feligreses con el objeto de que desconfiaran del nuevo orden impuesto por los franceses y le responsabilizaran de las dificultades con que se encontraban para cumplir el precepto dominical.
Para obtener una fuente de ingresos con los que financiar los gastos de sus tropas, Napoleón decidió instaurar cuatro gobiernos militares en el Norte de España, segregados del Gobierno de su hermano José I: Provincias Vascongadas, Navarra, Aragón y Cataluña. A poco de ser puesto al frente del Gobierno de Vizcaya, Thouvenot publicó un decreto por el que suprimió las diputaciones del Señorío de Vizcaya y de las provincias de Guipúzcoa y Alava. El funcionamiento del Gobierno de Vizcaya –su agresiva práctica fiscal incluida– se vería continuamente estorbado por la actuación de la guerrilla, muy nutrida y operativa en el País Vasco, que trataría vanamente de ser neutralizada por una guardia cívica de extracción popular creada a imitación de otras instituciones francesas. Unas veces en solitario, otras en colaboración con el guerrillero navarro Mina, el vizcaíno Abecia o el alavés Longa, la partida de Jáuregui, el Pastor –luego llamado el Viriato guipuzcoano– se enfrentó en multitud de ocasiones a los soldados franceses convirtiéndose en una pesadilla para sus guarniciones, de donde salieron distintas expediciones de captura que nunca alcanzaron su objetivo.
Fueros y Constitución
Mientras tanto, en Cádiz, el silencio de las armas permitía a lo más granado del liberalismo español legislar a sus anchas en unas Cortes muy poco representativas que serían pioneras en la configuración política del futuro Estado. Si el régimen foral había recibido ya la sacudida del uniformismo napoleónico, iba a ser en Cádiz donde el ordenamiento político-administrativo vizcaíno entrase abiertamente en conflicto con los principios del liberalismo. Para entonces, la dinámica de la guerra contra un ejército extranjero había hecho surgir un creciente sentimiento de unidad entre los habitantes y territorios de España, un anhelo de que «suceda el espíritu de nación al de provincia».
Por mucho que los diputados de 1812 trataran de presentar como compatibles Fueros y Constitución –y así lo declararan en el preámbulo de ésta– la historia posterior confirmaría lo dificultoso de su avenencia. Los Fueros vascos estaban, pues, sentenciados –siquiera teóricamente– en el primer texto cons- titucional. Los pocos diputados de las Provincias Vascongadas presentes en Cádiz comprendieron enseguida que aquella monolítica idea de la nación española que la Constitución de 1812 definía no auguraba nada bueno para la vida del sistema foral; sin embargo, su descontento ante los principios centralizadores del texto no se tradujo en una eficaz resistencia a su aprobación. La Constitución fue acogida con ambigüedad y recelo en el País Vasco por las instituciones y en Vizcaya los organismo forales pusieron reticencias a la jura constitucional, evidenciando las primeras incompatibilidades formales entre Fueros y constitucionalismo .
Las operaciones decisivas de la Guerra de la Independencia tuvieron lugar a lo largo de 1813, según el plan trazado por Wellington que, el 21 de junio, al frente de la coalición anglohispana, se presentó en Vitoria donde, en compañía del general Álava, derrotó a los franceses y el propio José Bonaparte se salvó por los pelos de caer prisionero, al conseguir huir hacia Pamplona. La victoria, que ha sido considerada una de las mayores glorias colectivas de la capital alavesa, inspiraría a Beethoven una de sus composiciones. A raíz del descalabro de Vitoria, las tropas francesas serían expulsadas en pocos meses del País Vasco, no sin sufrir alguna que otra derrota: la de San Marcial, en Irún, señalaría el final de su aventura española.
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