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Medicina de campaña

Mauricio-José Schwarz.

Quienes en 1808 decidieron levantarse contra los franceses en Madrid tenían poco que esperar de los médicos de su entorno, no por la falta de patriotismo o de rechazo al ocupante por parte de la profesión médica, sino porque los avances que se estaban viviendo en las Ciencias Físicas y Naturales no se reflejaban en la Medicina, que seguía siendo un arte con poca efectividad pese a la innegable buena voluntad de los practicantes. Incluso el sueño de los enciclopedistas de integrar al ser humano al estudio de las Ciencias Naturales no llevaba todavía a cuestionar y reevaluar profundamente las teorías médicas. Aunque la descripción del cuerpo humano, su anatomía, había recibido un fuerte impulso desde el Renacimiento, el funcionamiento del mismo estaba aún en la oscuridad, y los medicamentos eficaces eran todavía un sueño.

Un médico de principios del siglo XIX atendía a sus pacientes sin lavarse las manos, ni siquiera después de manipular una herida en un paciente y pasar a otro, pues lo ignoraba todo acerca de los gérmenes patógenos. Aunque Anton van Leeuwenhoek ya había observado los ‘animalillos’ o seres vivientes microscópicos a fines del siglo XVII, la conexión de éstos con las enfermedades infecciosas no se establecería sino hasta mediados del siglo XIX.

Según la teoría de los médicos de principios del siglo XIX, las enfermedades se transmitían por algún medio misterioso, como aires malévolos (que se prevenían colocando productos aromáticos en las ventanas y habitaciones, como el ajo), o eran de generación espontánea, afectando a alguno de los cuatro humores que se creía que componían al cuerpo. La Medicina todavía sostenía que el cuerpo humano estaba lleno de cuatro ‘humores’ o líquidos: la bilis negra, la bilis amarilla, la flema y la sangre. En un cuerpo sano, los cuatro humores estaban equilibrados, pero creían que alguno de ellos podía aumentar por contagio o de modo espontáneo, y que ese desequilibrio provocaba la enfermedad. La forma de tratarla era, entonces, devolver el equilibrio humoral al cuerpo. Las sangrías (mediante cortes o con sanguijuelas) comunes en la Medicina del siglo XVIII y hasta principios del XIX eran resultado de esta teoría.

Cirujanos habilidosos

Una habilidad caracterizaba a todo buen médico de la época, y era la capacidad quirúrgica, en particular la capacidad de realizar amputaciones con gran precisión y velocidad. Y el motivo era la falta de anestésicos y analgésicos. Recibir un disparo o un corte profundo durante una batalla podía conllevar tal destrucción de los huesos que no se podía esperar que soldaran naturalmente, y se amputaba el miembro, igual que cuando se presentaba una infección y gangrena que, sin antibióticos, sólo podía detenerse con la sierra y el cuchillo, por supuesto que sin desinfectar ni lavar desde la anterior amputación. Si el paciente era rico y poderoso, podía quizás contar con opio suficiente para calmar el dolor de la herida y paliar el de la amputación. Si no lo era, apenas tenía como opción beber alcohol, morder algo como una rama de árbol y someterse a que lo contuvieran los ayudantes del cirujano mientras éste trabajaba, cuanto más rápido mejor. Y si la amputación se decidía poco después de la herida y se realizaba de inmediato, se contaba con ventajas como la insensibilidad relativa del miembro afectado y la constricción de los vasos sanguíneos, sabemos ahora que a causa del shock de la herida.

Más allá de la amputación, los médicos de 1808 disponían de otras armas para tratar las heridas sufridas en combate. Empleaban vendas con yeso para unir fuertemente los dos extremos de una herida rasgada, y las heridas más grandes se cosían con hilo de algodón o hecho de tendones. Las heridas muy profundas causadas por armas punzocortantes no podían tratarse directamente, de modo que la opción era dejarlas sangrar para que salieran la suciedad y otros cuerpos extraños, para lo cual a veces incluso se abrían más. Las balas de mosquete, cuando no producían heridas mortales, eran extraídas por el cirujano con los dedos, y cuando eran demasiado profundas para alcanzarlas, se les dejaba dentro del paciente.

Solos ante la enfermedad

Los cirujanos también podían atender los dientes, como en el caso de abscesos o extracciones, pero la habilidad y conocimientos anatómicos de los cirujanos no se podía aplicar en muchas formas sin los anestésicos y su utilización generalizada que vinieron a mediados del siglo XIX.

Finalmente, el médico de principios del siglo XIX no contaba tampoco con un estetoscopio, aunque ya podía aplicar las vacunas desarrolladas por Edward Jenner, que funcionaban sin que se supiera exactamente cómo. Entre su arsenal tenía dentaduras y varios miembros postizos, así como anteojos e incluso bifocales que le permitían ayudar a sus pacientes a recuperar una visión adecuada y útil. Pero por lo demás estaban solos ante la enfermedad, como los últimos médicos cuya vocación se veía frustrada por la falta de herramientas, conocimientos y teorías adecuados para cumplir su objetivo de conseguir «el bien de sus pacientes», como reza el juramento hipocrático desde el siglo IV antes de nuestra era.

Pocos años después, los médicos, quizá incluso los que participaron muy jóvenes tratando de salvar vidas en el levantamiento de 1808, tendrían en sus manos la práctica antiséptica, la anestesia, la teoría de gérmenes, la jeringa hipodérmica, el estetoscopio y todo un arsenal nuevo, inimaginable en los hospitales de campaña de Madrid hace 200 años.


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