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Los resortes del genio

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J.A. GONZÁLEZ CARRERA

Picasso cogía al vuelo la inspiración, lo mismo que las emociones de la vida, de ahí su manera apasionada y renovadora de trabajar y de querer

A Pablo Ruiz Picasso, hijo de profesor de dibujo muy interesado en pintar, se le auguraba -o eso se decía- un gran futuro como artista convencional en la Barcelona de 1895, adonde la familia de origen malagueño llega de La Coruña y donde el joven estudiante de 14 años de edad culmina su aprendizaje. Un augurio que acierta a medias, puesto que su forma de hacer de académica tendrá poco, aunque efectivamente a Picasso le aguardaba un inmenso porvenir como el artista más innovador y productivo del siglo XX, tanto en pintura, como en escultura, grabado y cerámica.

Un título que además consigue en las tres primeras décadas de la centuria pasada en un París efervescente, entre que inventa el cubismo con Georges Braque, al tiempo que vuelve su mirada a la estrategia compositiva neoclásica que encuentra en Ingres y Poussin -quizá en un gesto irónico ante las críticas por sus atrevimientos, pero que en su caso da comienzo a una intensa y graciosa comunicación personal entre pintura y escultura-, y asiste después al surgimiento del surrealismo, al que Picasso aporta la técnica del collage y con el que congenia por su capacidad de imaginar y mezclar imágenes diversas.

Todo es parte de lo mismo -retomando Picasso lo que le conviene en cada momento- y se decanta en los años treinta en una gran corriente, una especie de síntesis expresionista de apariencia desastrada que bordea la abstracción, en la que juegan lo mismo la experiencia que la intuición del momento, llevado el artista muchas veces por los resortes de la pasión que ineludiblemente acompañaba cada relación con sus múltiples y sucesivas mujeres, y en general por sus irrefrenables ganas de vivir la creación, que parecen ir en paralelo con aquéllas.

No es casualidad que su primera gran obra rupturista, y siempre moderna, 'Les demoiselles d'Avignon' (1907), sensacional cuadro de angulosas figuras femeninas desnudas con el que anuncia de manera salvaje la llegada del cubismo, tuviera su origen en su experiencia personal en algún prostíbulo del carrer d'Avinyó, en pleno casco antiguo de Barcelona. Indicio ejemplar, como otros muchos de sus cuadros de la época de mujeres en colores cálidos y esquemáticas formas que recuerdan a las tallas del arte aborigen africano, de que la génesis de buena parte de su pintura está intimamente asociada con su capacidad de disfrute dionisíaco y los vaivenes de su adrenalina.

Tampoco es extraño que un pintor coetáneo aparentemente culto y exquisito como el vasco José María Ucelay, director de Bellas Artes del Gobierno vasco en el exilio, que fue quien desaconsejó al lehendakari Agirre la compra del 'Guernica' para Euskadi, llegue a ver rasgos pornográficos y nada, en cambio, expresamente referido al sangriento bombardeo de la villa foral cuando la Guerra Civil, ni siquiera de forma explícita al País Vasco, en el famoso cuadro con el que Picasso revisita años después el cubismo.

Picasso parece moverse a cada paso por impulsos creativos asociados a su intensa vida, con un bagaje de imágenes y recursos expresivos con los que aspira a hacerse entender de forma universal. En su proyecto personal no rehuye el aspecto sexual consustancial al ser humano; no lo oculta para guardar las formas, sino que precisamente se revela a través de ellas, las muestra, sensuales y caóticas, feas y terribles a veces, como la vida misma; de ahí su oficio de verdadero pintor contemporáneo y su éxito que a muchos aún ofende.
Es su estilo, de una clarividencia compositiva y formal apabullante. En él se moverá en sus años de madurez, cuando desde la década de los 30 busca además la inspiración y el diálogo con obras concretas de maestros del pasado, como Grünewald ('Crucifixión'), Rubens ('Las tres gracias'), Velázquez' ('Las meninas') y Goya ('Los fusilamientos del 3 de mayo', las majas...), lo mismo que de predecesores inmediatos del XIX como Delacroix ('Las mujeres de Argel'), Courbet ('Señoritas al borde del Sena'), Poussin, Renoir, Manet, Gauguin, Cezanne..., y de coetáneos algo mayores como Matisse, del que toma las grandes lecciones finales del color y del hecho de pintar en sí mismo.

Un estilo definido por el apetito de libertad del artista y la perturbadora elocuencia de las formas de un grueso dibujo, ni bellas, ni claras, pero rotundas y eficaces, como los retratos que Picasso hace de sus damas o los mosqueteros y caballeros a la usanza de El Greco, Velázquez o Rembrandt, en cuyas casacas se marcan de manera macabra las vértebras, según se acerca el final, en 1973, de su inmensa vitalidad de 92 años de duración.
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