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DÍA 7

Fernando J.Pérez
Enviado especial
El encuentro de dos gigantes

Alberto Iñurrategi y Erhard Loretan, durante su cena en Nepal.

Fue el encuentro de dos colosos del Himalaya. Erhard Loretan, tercer conquistador de los 14 ‘ochomiles’ y uno de los más grandes alpinistas de finales de siglo, y Alberto Iñurrategi cenaron juntos el viernes. Pocas horas antes de que la expedición del vasco partiese hacia la montaña, la casualidad de la presencia del suizo en Katmandú por su participación en una expedición comercial al Pumori y la vieja amistad que le une con Juanjo San Sebastián hicieron posible el contacto. Incluso el nombre del hotel, el SangriLa, cargó el encuentro de simbolismo.

El motivo no podía ser otro que la arista sureste del Annapurna, la complicadísima vía elegida por Alberto para completar sus 14 ‘ochomiles’. La misma abierta por Loretan y su compañero Joos hace 18 años y nunca repetida desde entonces.
Los dos alpinistas ya se conocían en persona. Antes habían coincidido en algún compromiso público. Pero sí era la primera vez que tenían la oportunidad de hablar tranquilamente, con la confianza que da una mesa bien servida y la compañía de un grupo de buenos amigos Y la conversación no pudo tomar otros caminos que esa arista. Ya habían intercambiado información vía correo electrónico, pero no es lo mismo leer un texto de ordenador que observar cómo al suizo le brillan los ojos mientras gesticula con los brazos para apoyar sus palabras sobre la dificultad de éste o aquel tramo o los peligros que encierra la arista en aquella zona concreta.

La dureza de la vía

La conversación sirvió básicamente a Iñurrategi y sus compañeros de cordada para confirmar la dureza de la vía que afrontarán. Pero también averiguaron detalles concretos de suma utilidad para ellos como los peligros que encierra la cornisa de la arista cimera, que en algunos puntos llega a sobresalir 20 metros sobre el abismo de la cara sur, o las dificultades técnicas que encontrarán en el primer tramo de la escalada, entre el Glaciar Dome y el Roc Noir, que da acceso a la arista.

Sin embargo, por encima de todo Loretan les insistió en la dureza que representa la travesía por los casi ocho kilómetros de la arista. Una ruta en la que no encontrarán excesivas dificultades técnicas, salvo en lugares concretos, como en el descenso del Annapurna oriental, la primera de los tres ochomiles que hollarán en su prolongada estancia en la ‘zona de la muerte’, pero en la que harán frente a una exigencia física y mental descomunales. No hay que olvidar que, una vez metidos en la arista y si llegan los problemas, no tienen escapatoria posible. A la izquierda les espera el abismo de tres mil metros que es la cara sur y a la derecha, la trampa de la cara norte en forma de avalanchas y murallones rocosos imposibles de sortear. Las únicas vías de escape posibles son desandar el camino de la arista o completarla hasta la cumbre principal y descender por la ruta normal de la cara norte, tampoco demasiado segura, pero la única viable si se necesita perder altura con rapidez desde la arista.

Loretan, que hace un par de años intentó otra arista, aún virgen, la de los Mazennos del Nanga Parbat, recordó a Alberto y compañía algunos detalles poco conocidos de su ascensión hace 18 años, como el hecho de que inicialmente su objetivo fuera sólo el Annapurna oriental, pero que una vez en él se animaron a seguir ante la bonanza climatológica. Con lo que no contaban era con las dificultades técnicas que encontrarían camino de la cima principal, lo que también les animó a completar la primera travesía del ‘ochomil’ más peligroso.

Un apretón de manos y los correspondientes deseos de buena suerte sellaron lo que a buen seguro fue el inicio de una buena amistad.

–Por cierto Erhard, no te planteas volver a los ochomiles?
–Claro que sí; ¿y porqué no?

La muerte de un bebé
Hace casi medio año, y una vez que Alberto se decidió definitivamente por esa vía, él y Erhard habían mantenido una intensa correspondencia vía correo electrónico para intercambiar opiniones. Pero el contacto quedó interrumpido súbitamente a raíz del desgraciado incidente que el suizo tuvo con su hijo de pocos meses. Erhard, en un momento de nervios, mató involuntariamente a su bebé al zarandearlo para que dejara de llorar. Loretan desconocía el peligro que supone para el cerebro de un bebé, en plena formación, recibir movimientos bruscos.

El suceso conmocionó al país, donde Loretan es casi un ídolo nacional, mientras el alpinista, hundido por el suceso, asumía toda la responsabilidad públicamente para, según sus propias palabras, «evitar que esta desgracia sea repetida por otro padre como yo que desconozca los peligros de esa acción». Loretan, ebanista de profesión, se sumergió en un profundo silencio del que sale ahora con su visita a Nepal y al Pumori, a donde ha viajado con su compañera.