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DÍA 52

Fernando J.Pérez
Enviado especial

«El Annapurna es un punto y aparte en mi vida»

EMOCIÓN. Iñurrategi y su novia Ane se besan al encontrarse en el aeropuerto de Loiu. / J. L. NOCITO
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Alberto Iñurrategi ya está en casa. Mes y medio después de la partida de la expedición Oinak Izarretan al Annapurna (8091 metros), el alpinista de Aretxabaleta llegó ayer al aeropuerto de Loiu con el anhelado premio: su decimocuarto y último ochomil , que le permite inscribir su nombre en el selecto grupo -diez alpinistas en todo el mundo- que puede presumir de una gesta así. A las 16.00 horas, ofreció una rueda de prensa en las instalaciones de ETB en Iurreta, flanqueado por Jon Beloki, Jon Lazkano y Juanjo San Sebastián, y su satisfacción era plena. Una espléndida sonrisa delataba su estado de ánimo, pletórico por haberse quitado la espina de la cumbre nepalí; pero al mismo tiempo, con la dureza de la montaña agregada a su cuerpo, liviano y enjuto; a su rostro, cansado y de mirada perdida. Se le notó meditativo: algunas de sus respuestas, antes de ver la luz, recorrían tres veces el camino entre su mente y su boca, envuelto en un aire reflexivo, como si necesitase estar seguro de cada paso, al igual que en la montaña. Son las secuelas de 45 días de lucha por convertirse, a sus 33 años, en el alpinista más joven en hollar los catorce ochomiles.

«Antes de ir allí decía que el Annapurna era un punto y seguido dentro de mi trayectoria, pero ahora sé que que ha sido un punto y aparte en mi vida. Ha sido muy bonito acabar la lista de los catorce por la arista este de la montaña, la más difícil. Pero esta ascensión es sólo la culminación de un camino largo, que empezó en 1989», dijo. Sus comprometidas palabras denotan la dureza de la cumbre y expresan la satisfacción del deber cumplido. «A partir de ahora no estaré tan condicionado a la hora de elegir objetivos. Siento mucha alegría, porque ahora empieza una segunda etapa más relajada y con más libertad», indicó.

Jugar con el riesgo

En un ejercicio de introspección, tan común entre los que aman la montaña, el de Aretxabaleta encontró una explicación a su éxito: la locura. «Alcanzar una cumbre así es cuestión de suerte y de tener un punto de locura. Tanto Lafaille, que intentaba esta montaña por cuarta vez, como yo, con una motivación muy grande, hemos coincidido en ese juego con el riesgo. Y ese ánimo nos ha ayudado a superar los momentos difíciles», confesó.

Jon Beloki, que abandonó antes de enfrentarse al Roc Noir, coincidió con su amigo en este punto. A él le sobró cordura. «Se me ha hecho grande. Me ha faltado motivación y la locura necesaria. No estaba dispuesto a asumir ese riesgo. Te puedes meter en un gran marrón», dijo. Iñurrategi definió marrón : «Puede cambiar el viento en cualquier momento. En pocas horas puede pasar de 20 kilómetros por hora a 140. Y en esas condiciones y a esa altura la sensación térmica puede llegar a ser de 90º bajo cero. Te mueres de frío en pocas horas».

Sólo la cerrazón por alcanzar la cima permitió a los dos alpinistas no claudicar en su empeño, pese a que sus músculos les suplicaban una y otra vez que lo mejor era rendirse. «Pensé dos o tres veces que no llegaríamos a la cima. Se veía muy lejos, y nos encontrábamos cada vez con más dificultades. Es la primera vez que he tenido dudas sobre si iba a tener fuerzas para superar los repechos, porque la vuelta por la misma ruta era muy larga. Recuerdo que la víspera de hacer cumbre, en el Campo V, recibimos un parte de tiempo que adelantaba un cambio de viento, aunque luego rectificaron y vimos que podíamos dedicar un día más a la montaña. Hemos estado al límite de nuestras condiciones», relató. Juanjo San Sebastián, que exhibió un gesto risueño durante toda la conferencia de prensa, sabía perfectamente de lo que hablaban sus dos amigos. «¿No sentías envidia de ellos Juanjo?», le interrogó un periodista. «No, no, que va. Estaba superagusto en el campo base», zanjó.

Su tímido y solidario carácter empujó a Iñurrategi a acordarse de los demás en un momento tan especial para él. «Me ha ayudado mucho todo mi equipo. La ruta era muy larga, y el trabajo de equipo, imprescindible. 2.500 metros de cuerda fija instalada, hubo que abrir muchísima huella entre el campo II y el III... Todas esas cosas hacen que el éxito, más que nunca, sea del equipo», aseveró. Para su inseparable compañero, el francés Lafaille, el de Aretxabaleta también reservó palabras de agradecimiento: «Su gran experiencia nos sirvió para tomar decisiones en momentos críticos».

Tanto trabajo, sacrificio y esfuerzo para llegar a la cumbre, despreciando los instintos de supervivencia más elementales, bebiendo de una afán de superación sin límites; y una vez allí, ¿qué se piensa o se siente? Alberto Iñurrategi lo aclaró ayer. «Sólo se piensa en bajar».