
Fernando J.Pérez
Enviado especial |
«El Annapurna es un punto y aparte en mi
vida»
Alberto Iñurrategi ya está en casa. Mes y medio
después de la partida de la expedición Oinak Izarretan
al Annapurna (8091 metros), el alpinista de Aretxabaleta llegó
ayer al aeropuerto de Loiu con el anhelado premio: su decimocuarto
y último ochomil , que le permite inscribir su nombre en
el selecto grupo -diez alpinistas en todo el mundo- que puede
presumir de una gesta así. A las 16.00 horas, ofreció
una rueda de prensa en las instalaciones de ETB en Iurreta, flanqueado
por Jon Beloki, Jon Lazkano y Juanjo San Sebastián, y su
satisfacción era plena. Una espléndida sonrisa delataba
su estado de ánimo, pletórico por haberse quitado
la espina de la cumbre nepalí; pero al mismo tiempo, con
la dureza de la montaña agregada a su cuerpo, liviano y
enjuto; a su rostro, cansado y de mirada perdida. Se le notó
meditativo: algunas de sus respuestas, antes de ver la luz, recorrían
tres veces el camino entre su mente y su boca, envuelto en un
aire reflexivo, como si necesitase estar seguro de cada paso,
al igual que en la montaña. Son las secuelas de 45 días
de lucha por convertirse, a sus 33 años, en el alpinista
más joven en hollar los catorce ochomiles.
«Antes de ir allí decía que el Annapurna
era un punto y seguido dentro de mi trayectoria, pero ahora sé
que que ha sido un punto y aparte en mi vida. Ha sido muy bonito
acabar la lista de los catorce por la arista este de la montaña,
la más difícil. Pero esta ascensión es sólo
la culminación de un camino largo, que empezó en
1989», dijo. Sus comprometidas palabras denotan la dureza
de la cumbre y expresan la satisfacción del deber cumplido.
«A partir de ahora no estaré tan condicionado a la
hora de elegir objetivos. Siento mucha alegría, porque
ahora empieza una segunda etapa más relajada y con más
libertad», indicó.
Jugar con el riesgo
En un ejercicio de introspección, tan común entre
los que aman la montaña, el de Aretxabaleta encontró
una explicación a su éxito: la locura. «Alcanzar
una cumbre así es cuestión de suerte y de tener
un punto de locura. Tanto Lafaille, que intentaba esta montaña
por cuarta vez, como yo, con una motivación muy grande,
hemos coincidido en ese juego con el riesgo. Y ese ánimo
nos ha ayudado a superar los momentos difíciles»,
confesó.
Jon Beloki, que abandonó antes de enfrentarse al Roc Noir,
coincidió con su amigo en este punto. A él le sobró
cordura. «Se me ha hecho grande. Me ha faltado motivación
y la locura necesaria. No estaba dispuesto a asumir ese riesgo.
Te puedes meter en un gran marrón», dijo. Iñurrategi
definió marrón : «Puede cambiar el viento
en cualquier momento. En pocas horas puede pasar de 20 kilómetros
por hora a 140. Y en esas condiciones y a esa altura la sensación
térmica puede llegar a ser de 90º bajo cero. Te mueres
de frío en pocas horas».
Sólo la cerrazón por alcanzar la cima permitió
a los dos alpinistas no claudicar en su empeño, pese a
que sus músculos les suplicaban una y otra vez que lo mejor
era rendirse. «Pensé dos o tres veces que no llegaríamos
a la cima. Se veía muy lejos, y nos encontrábamos
cada vez con más dificultades. Es la primera vez que he
tenido dudas sobre si iba a tener fuerzas para superar los repechos,
porque la vuelta por la misma ruta era muy larga. Recuerdo que
la víspera de hacer cumbre, en el Campo V, recibimos un
parte de tiempo que adelantaba un cambio de viento, aunque luego
rectificaron y vimos que podíamos dedicar un día
más a la montaña. Hemos estado al límite
de nuestras condiciones», relató. Juanjo San Sebastián,
que exhibió un gesto risueño durante toda la conferencia
de prensa, sabía perfectamente de lo que hablaban sus dos
amigos. «¿No sentías envidia de ellos Juanjo?»,
le interrogó un periodista. «No, no, que va. Estaba
superagusto en el campo base», zanjó.
Su tímido y solidario carácter empujó a
Iñurrategi a acordarse de los demás en un momento
tan especial para él. «Me ha ayudado mucho todo mi
equipo. La ruta era muy larga, y el trabajo de equipo, imprescindible.
2.500 metros de cuerda fija instalada, hubo que abrir muchísima
huella entre el campo II y el III... Todas esas cosas hacen que
el éxito, más que nunca, sea del equipo»,
aseveró. Para su inseparable compañero, el francés
Lafaille, el de Aretxabaleta también reservó palabras
de agradecimiento: «Su gran experiencia nos sirvió
para tomar decisiones en momentos críticos».
Tanto trabajo, sacrificio y esfuerzo para llegar a la cumbre,
despreciando los instintos de supervivencia más elementales,
bebiendo de una afán de superación sin límites;
y una vez allí, ¿qué se piensa o se siente?
Alberto Iñurrategi lo aclaró ayer. «Sólo
se piensa en bajar».
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