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DÍA 47

Fernando J.Pérez
Enviado especial

Iñurrategi descansa en el campo III del Annapurna tras un durísimo descenso

· Mucho más que un atleta

CORDIALIDAD. Lafaille presenta su mujer a Alberto. / F. J. PÉREZ

Alberto Iñurrategi y Jean Christophe Lafaille ya están un poco más cerca de su definitiva cumbre del Annapurna: el campamento base. Ayer llegaron a la seguridad del campo III -a partir de sus 7.100 metros, el descenso está jalonado de cuerda fija- tras una nueva jornada agotadora que saben cuándo acabó (a las dos de la tarde alcanzaron la tienda del C-III) pero no cuándo empezó. Seguramente, en el mismo momento en que iniciaron el regreso desde la cima.

El motivo fue la infernal noche que pasaron ayer a 7.200 metros de altitud, un precario vivac en una tienda en la que no tenían comida y apenas disponían de gas para derretir nieve e hidratarse. El agotamiento, el hambre y el fortísimo viento que tuvieron que soportar les impidió pegar ojo en toda la noche. «Ha sido terrible, no hemos podido dormir nada de nada. Hacía un viento increíble y hemos pasado miedo. Hemos estado toda la noche los dos, uno junto a otro, esperando a que amaneciese para salir hacia el depósito que teníamos a dos horas de donde estábamos», explicaba Alberto desde la relativa comodidad -enorme comparada con el vivac- del campo III.

Y eso es lo que hicieron en cuanto amaneció, a las cinco de la mañana. Cargaron a la espalda lo poco que llevaban encima, apenas los sacos y la tienda, y se dirigieron hasta el depósito de víveres. En cuanto llegaron a él su perspectiva del descenso cambió radicalmente. Incluso instalaron la tienda para estar más cómodos. Comieron, se hidrataron, descansaron un rato y dos horas después reanudaron el camino.

Aún les quedaban los peores tramos de la cresta, casi un kilómetro de arista afilada como un cuchillo y con pendientes de 70 grados que camino de la cima debieron hacer a piolet tracción sobre un patio de más de dos mil metros, en la cara norte.

Sin embargo, por fin la Diosa Madre de la Abundancia levantó un poco la presión sobre los alpinistas y éstos disfrutaron del primer golpe de suerte de toda la ascensión: encontraron las huellas que habían dejado a la subida, lo que les facilitó notablemente la travesía por los pasos más delicados.

El siguiente obstáculo que debieron sortear fue el Roc Noir (7.490 m.), que marca el inicio de la arista este del Annapurna. Apenas doscientos cincuenta metros de desnivel, pero que en sus condiciones fue casi como escalar otro ochomil . Con paso cansino, pero firme, casi siempre con Alberto por delante, fueron ganando metros hasta alcanzar la cumbre de su última dificultad. A las once de la mañana (hora local) comunicaban de nuevo con el campo base. «Estamos en la cima del Roc Noir, muy cansados, pero ya hemos dejado atrás la arista. Nos ha venido muy bien el descanso y la comida del depósito. En un par de horas estaremos en el campo III», vaticinaba Iñurrategi por radio.

Bajada en rápel

Pero el agotamiento le iba a hacer errar en el cálculo. Hora y media después, volvía a comunicar para dar su nueva posición. Estaban debajo del Roc Noir. Habían descendido en rápel y ¡las últimas dificultades técnicas sin proteger de la ruta habían quedado atrás! Un suspiro de tranquilidad se extendió por el campo base. Sólo les restaba una travesía por un plató hasta la tienda del campo III, situada en un espectacular balcón a 7.100 metros de altura sobre la vertiente sur del Annapurna y protegida por un gran serac. A las dos de la tarde llegaban a ella. Exhaustos pero satisfechos.

Por primera vez en cuatro días, precisamente desde que salieran de ese mismo lugar, se sintieron verdaderamente seguros. Y la tienda era un pequeño palacio en comparación con los últimos vivacs: gas, comida en abundancia, incluidas esas delicatessen que tanto le gusta llevar a Alberto a los campos de altura: jamón, lomo y chorizo ibéricos, queso de Idiazabal..., y hasta algo de lectura.

«Estamos fundidos»

Una vez acomodados, volvieron a hablar con el CB para confesar que llegaron a planear descender hasta el campo II, setecientos metros más abajo y a poco más de una hora de marcha, pero el cansancio pudo más que sus ganas de seguir bajando. «Ha sido otro día agotador. Estamos fundidos», confesaba Alberto, que sin embargo volvía a dar muestras de su vitalidad organizando ya los preparativos para la vuelta a Katmandú.

Mientras tanto, Jon Lazkano ascendió ayer hasta el campo I, donde pasó la noche. Hoy saldrá al encuentro de los dos alpinistas entre los campos II y I. Su objetivo será comprobar el anclaje y solidez de las cuerdas fijas instaladas en ese tramo, el más delicado de los equipados, y acompañar a Alberto y Lafaille hasta el campo base. En su mochila viaja el primer deseo manifestado por el atxabaltarra tras hacer cumbre: chapati y una cerveza. La tortilla de bacalao, y alguna sorpresa más, le esperan para cuando lleguen al campamento base.

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RAMÓN GÁRATE, MÉDICO PERSONAL DE IÑURRATEGI
Mucho más que un atleta

Muchas veces se me pregunta sobre el potencial físico de Alberto y su relación con su rendimiento en grandes alturas. No tengo una respuesta rotunda pero sí algunas conclusiones en virtud de los numerosos controles médicos a los que suele someterse.

Un cuerpo de 186 centímetros de talla, 71 kilos, 47 % de componente muscular y 9 % de contenido graso, con un frecuencia cardiaca en reposo de 44 latidos por minuto, un consumo máximo de oxígeno por encima de los 70 ml/min/kg, una potencia muscular en piernas importante y un umbral anaeróbico en torno a las 174 pulsaciones-minuto, definen a un Alberto atlético, con una gran capacidad de resistencia y fuerza para acometer actividades de larga duración y elevada intensidad. De haberse dedicado al ciclismo o al maratón hubiera hecho un gran papel.

Pero en la alta montaña las cosas no son tan simples. Las cualidades físicas son importantes pero no determinantes del rendimiento en altitud. Alberto y su malogrado hermano Félix se han caracterizado por haber dado prioridad a la preparación física en la organización de sus proyectos y han demostrado que este aspecto es imprescindible. Sin embargo, conocemos muchos casos de alpinistas con un potencial físico extraordinario que cuando superan los 4.000 metros presentan problemas de adaptación y deterioro de su capacidad funcional.

Diferentes estudios demuestran una predisposición individual a la adaptación a la atmósfera hipóxica (pobre en oxígeno) de las grandes alturas, estimándose que es en ciertos genes donde se encuentra esta virtud. Hoy por hoy no existe prueba o test suficientemente sensible para objetivar este dato, pero es evidente que Alberto dispone de esta ventaja natural que le permite adaptarse a este medio hostil de forma rápida y eficaz.

Culminar los 14 ochomiles como lo ha hecho, no es sólo cuestión de fortaleza y de adaptación. Algunas de sus ascensiones han requerido de un nivel técnico y logístico nada desdeñable. Avanzar durante cuatro días consecutivos por la arista Este del Annapurna, con la dificultad técnica siempre presente, conviviendo en todo momento con el riesgo de caída y todo ello por encima de los 7.500 metros, es algo reservado a unos pocos privilegiados.

Alberto reúne todas estas cualidades que hacen de él uno de los alpinistas más grandes. No quiero terminar sin referirme a la más importante de sus cualidades de, su gran talla humana y su honradez, que hacen de él un amigo en quien confiar, una gran persona.

 


El banquete de la celebración y el fin de las supersticiones

Cualquier manual de alta montaña alerta sobre los peligros de la alimentación de los alpinistas tras su retorno de estancias prolongadas en altitud, donde se come menos y generalmente alimentos limpios . Conviene, los siguientes días a su descenso, mantener ese tipo de comidas hasta que el cuerpo se habitúe.

Es poco probable, sin embargo, que Alberto Iñurrategi siga hoy esas prescripciones. Es más, seguro que no las va a cumplir. Ayer ya lo avisó desde el campo III en cuanto recibió noticias del banquete de celebración que se prepara para hoy a su llegada: «¡Juanjo, pongas lo que pongas no va a quedar nada!», proclamaba ayer aún a 7.100 metros de altitud.

Y es que, como no podía ser de otra forma, oficia como jefe de cocina Juanjo San Sebastián, que ha preparado un menú a base de espárragos, anchoas con pimientos, tortilla de bacalao -petición del agasajado-, kokotxas al pilpil y bacalao ajoarriero, todo ello regado con cerveza, champán y txakoli de Zarautz, gentileza del aita de Jon Beloki.

Estos preparativos festivos no hacen más que confirmar el radical cambio que ha sufrido el ambiente en el campamento base. La tensión de los últimos días ha dado paso a la alegría, el buen humor y el cruce de conversaciones desenfadadas vía walkie-talkie. Algunas de ellas, las de Lazkano, para sí las quisieran los Hermanos Marx.

También el cocinero y su ayudante nepalíes, Maila y Tsampa, han tenido su propia forma de contribuir a la distensión. Fieles a sus creencias budistas, cada día de expedición han cumplimentado su ofrenda a la Puja , a cuyos pies han quemado incienso con más fervor que nunca desde que los alpinistas iniciaron el ataque a la cumbre.

El mismo jueves, tras hacer cumbre Alberto, levantaron el veto a una de las prácticas que más prohibidas tienen en cualquier campo base: hacer fuego. Uno de sus mayores símbolos de mala suerte.