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Iñurrategi descansa en el campo
III del Annapurna tras un durísimo descenso
· Mucho más que
un atleta
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| CORDIALIDAD. Lafaille
presenta su mujer a Alberto. / F. J. PÉREZ |
Alberto Iñurrategi y Jean Christophe Lafaille ya están
un poco más cerca de su definitiva cumbre del Annapurna:
el campamento base. Ayer llegaron a la seguridad del campo III
-a partir de sus 7.100 metros, el descenso está jalonado
de cuerda fija- tras una nueva jornada agotadora que saben cuándo
acabó (a las dos de la tarde alcanzaron la tienda del C-III)
pero no cuándo empezó. Seguramente, en el mismo
momento en que iniciaron el regreso desde la cima.
El motivo fue la infernal noche que pasaron ayer a 7.200 metros
de altitud, un precario vivac en una tienda en la que no tenían
comida y apenas disponían de gas para derretir nieve e
hidratarse. El agotamiento, el hambre y el fortísimo viento
que tuvieron que soportar les impidió pegar ojo en toda
la noche. «Ha sido terrible, no hemos podido dormir nada
de nada. Hacía un viento increíble y hemos pasado
miedo. Hemos estado toda la noche los dos, uno junto a otro, esperando
a que amaneciese para salir hacia el depósito que teníamos
a dos horas de donde estábamos», explicaba Alberto
desde la relativa comodidad -enorme comparada con el vivac- del
campo III.
Y eso es lo que hicieron en cuanto amaneció, a las cinco
de la mañana. Cargaron a la espalda lo poco que llevaban
encima, apenas los sacos y la tienda, y se dirigieron hasta el
depósito de víveres. En cuanto llegaron a él
su perspectiva del descenso cambió radicalmente. Incluso
instalaron la tienda para estar más cómodos. Comieron,
se hidrataron, descansaron un rato y dos horas después
reanudaron el camino.
Aún les quedaban los peores tramos de la cresta, casi
un kilómetro de arista afilada como un cuchillo y con pendientes
de 70 grados que camino de la cima debieron hacer a piolet tracción
sobre un patio de más de dos mil metros, en la cara norte.
Sin embargo, por fin la Diosa Madre de la Abundancia levantó
un poco la presión sobre los alpinistas y éstos
disfrutaron del primer golpe de suerte de toda la ascensión:
encontraron las huellas que habían dejado a la subida,
lo que les facilitó notablemente la travesía por
los pasos más delicados.
El siguiente obstáculo que debieron sortear fue el Roc
Noir (7.490 m.), que marca el inicio de la arista este del Annapurna.
Apenas doscientos cincuenta metros de desnivel, pero que en sus
condiciones fue casi como escalar otro ochomil . Con paso cansino,
pero firme, casi siempre con Alberto por delante, fueron ganando
metros hasta alcanzar la cumbre de su última dificultad.
A las once de la mañana (hora local) comunicaban de nuevo
con el campo base. «Estamos en la cima del Roc Noir, muy
cansados, pero ya hemos dejado atrás la arista. Nos ha
venido muy bien el descanso y la comida del depósito. En
un par de horas estaremos en el campo III», vaticinaba Iñurrategi
por radio.
Bajada en rápel
Pero el agotamiento le iba a hacer errar en el cálculo.
Hora y media después, volvía a comunicar para dar
su nueva posición. Estaban debajo del Roc Noir. Habían
descendido en rápel y ¡las últimas dificultades
técnicas sin proteger de la ruta habían quedado
atrás! Un suspiro de tranquilidad se extendió por
el campo base. Sólo les restaba una travesía por
un plató hasta la tienda del campo III, situada en un espectacular
balcón a 7.100 metros de altura sobre la vertiente sur
del Annapurna y protegida por un gran serac. A las dos de la tarde
llegaban a ella. Exhaustos pero satisfechos.
Por primera vez en cuatro días, precisamente desde que
salieran de ese mismo lugar, se sintieron verdaderamente seguros.
Y la tienda era un pequeño palacio en comparación
con los últimos vivacs: gas, comida en abundancia, incluidas
esas delicatessen que tanto le gusta llevar a Alberto a los campos
de altura: jamón, lomo y chorizo ibéricos, queso
de Idiazabal..., y hasta algo de lectura.
«Estamos fundidos»
Una vez acomodados, volvieron a hablar con el CB para confesar
que llegaron a planear descender hasta el campo II, setecientos
metros más abajo y a poco más de una hora de marcha,
pero el cansancio pudo más que sus ganas de seguir bajando.
«Ha sido otro día agotador. Estamos fundidos»,
confesaba Alberto, que sin embargo volvía a dar muestras
de su vitalidad organizando ya los preparativos para la vuelta
a Katmandú.
Mientras tanto, Jon Lazkano ascendió ayer hasta el campo
I, donde pasó la noche. Hoy saldrá al encuentro
de los dos alpinistas entre los campos II y I. Su objetivo será
comprobar el anclaje y solidez de las cuerdas fijas instaladas
en ese tramo, el más delicado de los equipados, y acompañar
a Alberto y Lafaille hasta el campo base. En su mochila viaja
el primer deseo manifestado por el atxabaltarra tras hacer cumbre:
chapati y una cerveza. La tortilla de bacalao, y alguna sorpresa
más, le esperan para cuando lleguen al campamento base.
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RAMÓN GÁRATE, MÉDICO PERSONAL
DE IÑURRATEGI
Mucho más que un atleta
Muchas veces se me pregunta sobre el potencial físico de
Alberto y su relación con su rendimiento en grandes alturas.
No tengo una respuesta rotunda pero sí algunas conclusiones
en virtud de los numerosos controles médicos a los que
suele someterse.
Un cuerpo de 186 centímetros de talla, 71 kilos, 47 %
de componente muscular y 9 % de contenido graso, con un frecuencia
cardiaca en reposo de 44 latidos por minuto, un consumo máximo
de oxígeno por encima de los 70 ml/min/kg, una potencia
muscular en piernas importante y un umbral anaeróbico en
torno a las 174 pulsaciones-minuto, definen a un Alberto atlético,
con una gran capacidad de resistencia y fuerza para acometer actividades
de larga duración y elevada intensidad. De haberse dedicado
al ciclismo o al maratón hubiera hecho un gran papel.
Pero en la alta montaña las cosas no son tan simples.
Las cualidades físicas son importantes pero no determinantes
del rendimiento en altitud. Alberto y su malogrado hermano Félix
se han caracterizado por haber dado prioridad a la preparación
física en la organización de sus proyectos y han
demostrado que este aspecto es imprescindible. Sin embargo, conocemos
muchos casos de alpinistas con un potencial físico extraordinario
que cuando superan los 4.000 metros presentan problemas de adaptación
y deterioro de su capacidad funcional.
Diferentes estudios demuestran una predisposición individual
a la adaptación a la atmósfera hipóxica (pobre
en oxígeno) de las grandes alturas, estimándose
que es en ciertos genes donde se encuentra esta virtud. Hoy por
hoy no existe prueba o test suficientemente sensible para objetivar
este dato, pero es evidente que Alberto dispone de esta ventaja
natural que le permite adaptarse a este medio hostil de forma
rápida y eficaz.
Culminar los 14 ochomiles como lo ha hecho, no es sólo
cuestión de fortaleza y de adaptación. Algunas de
sus ascensiones han requerido de un nivel técnico y logístico
nada desdeñable. Avanzar durante cuatro días consecutivos
por la arista Este del Annapurna, con la dificultad técnica
siempre presente, conviviendo en todo momento con el riesgo de
caída y todo ello por encima de los 7.500 metros, es algo
reservado a unos pocos privilegiados.
Alberto reúne todas estas cualidades que hacen de él
uno de los alpinistas más grandes. No quiero terminar sin
referirme a la más importante de sus cualidades de, su
gran talla humana y su honradez, que hacen de él un amigo
en quien confiar, una gran persona.
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