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EL PROCESO ELECTORAL

El difícil equilibrio

El sistema de votación estadounidense es un complejo entramado donde los grandes estados juegan un papel clave en la elección final del presidente

El nuevo presidente del país más poderoso de la escena internacional puede resultar elegido con sólo el 27% de los votos, un hecho que incita al cuestionamiento de un sistema diseñado para equilibrar las fuerzas entre pequeños y grandes estados

FERNANDO BELZUNCE

El proceso electoral estadounidense está basado en un sistema tan viejo como la propia nación a la que presta servicio. Y es que, los propios padres de la República se encargaron de diseñar el complejo entramado de estos comicios hacia 1787, cuando estaban inmersos en plena redacción de la constitución americana que daría rienda suelta a la independencia formal de un estado integrado principalmente por colonos británicos.

Precisamente, su complejidad es estos días una constante fuente de controversia entre los analistas políticos norteamericanos. Y la razón no es otra que la ajustada pugna que mantienen entre sí los dos firmes candidatos a la Casa Blanca, Albert Gore y George W. Bush, plasmada por los resutados de las encuestas elaboradas en los últimos días. Según estos sondeos preelectorales, la diferencia entre uno y otro candidato es tan ínfima que podría darse el caso de que ganara uno de ellos aunque obtuviera menos votos populares que el otro. Y este hecho, que ya ha sucedido en tres ocasiones ­la última, en 1888, cuando el republicano Benjamin Harrison se hizo con la presidencia pese a sumar menos apoyos ciudadanos que su oponente, el demócrata Grover Cleveland­ invita a la reflexión sobre la presencia del sentido de lo que es justo en un proceso que aúpa a un solo hombre en el mirador más alto de la escena internacional.

¿Cómo puede suceder esto? La explicación es sencilla, aunque su comprensión puede no serlo tanto. El sistema electoral estadounidense es indirecto y la población, en la autoproclamada mayor democracia del mundo, no vota a su presidente, sino que designa a los compromisarios de uno y otro partido que, seis semanas más tarde, señalarán al que será finalmente cabeza visible de la nación. El hecho de contar con un número determinado de compromisarios se traslada al campo de la matemática en forma de votos electorales que, en la práctica, suponen la victoria o derrota de los candidatos. Es decir, basta con que un aspirante obtenga 270 de los 538 votos electorales para que se haga con el cetro de barras y estrellas.

Proporcionalidad y grandes estados
Esos 538 votos están repartidos de forma proporcional entre los diferentes estados norteamericanos, en función, principalmente, del tamaño de su población. Así, los californianos eligen a 54 compromisarios, mientras que los habitantes de Vermont sólo designan tres. No es que esta proporcionalidad sea el motivo del debate, pero sí lo es el hecho de que quede invalidada la capacidad de decisión de los compromisarios con un partido u otro que han quedado en minoría en su respectivo estado. Es decir, si un candidato ­oficialmente el partido­ obtiene la mayoría de los votos electorales de un estado ­la mitad más uno­ se hace automáticamente con todos ellos. De ahí que en estas elecciones los aspirantes hayan centrado sus esfuerzos en la campaña electoral en California, Nueva York o Tejas, territorios donde el número de electores presidenciales es numeroso y donde una victoria por la mínima puede constituir la clave para tomar asiento en el despacho oval.

Tal es así que un presidente puede salir elegido con sólo el 27% de los votos de la población. Eso sucedería simplemente si gana los votos electorales de los 11 estados más 'poderosos' por la mayoría más ajustada y, lógicamente, no obtuviera papeletas a su favor en ningún otro estado.

Otra curiosidad de este sistema electoral es que el voto de los estadounidenses no tiene el mismo valor. Por ejemplo, en Wyoming se necesitan poco más de 70.000 papeletas para conseguir un voto electoral, mientras que en la citada California se requieren más de 185.000. Tras esta constatación podría afirmarse que las convicciones políticas de un ciudadano de Wyoming son más valoradas que las de uno de California.

La primera explicación a este llamativo fenómeno político debe buscarse en el equilibrio que buscaron desde un primer momento los redactores de la Carta Magna estadounidense, ya que con esta 'extraña' ponderación entre votos buscaron la proporcionalidad entre estados para reducir la ya de por sí natural supremacía política de unos sobre otros. En cierto modo, se puede decir que con el voto indirecto se protegieron los intereses de los pequeños estados y se desterró la posibilidad de que los grandes colocaran a su hombre fuerte en el centro de la República.

En fin, que los estadounidenses eligen ahora 538 compromisarios, 469 congresistas ­la Cámara de Representantes y el Senado renuevan parte de su aforo­ y cientos de legisladores locales. El presidente jurará su cargo en enero.Todo ello, después de que muchos le votaran en las primarias de cada partido político hace ya meses. En total, transcurre un año plagado de avatares, de exhaustivas campañas políticas y de sobrecarga de información para que un solo hombre gobierne los próximos cuatro años. Muchos creen que esta situación, unida a la complejidad del sistema, es la razón de la fuerte abstinencia electoral. Y es que, apenas la mitad de los norteamericanos ejerce su derecho al voto. Ello, en una nación que presume de entender el voto como la clave de su razón de ser.

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