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La tragedia de los jubilados

Quienes votaron por error a Buchanan en lugar de a Gore o inutilizaron la papeleta al tratar de arreglarla se han convertido en el objeto de las burlas más crueles del país

MERCEDES GALLEGO / ENVIADA ESPECIAL. PALM BEACH

Conan O Brien, uno de los comediantes más famosos de la televisión estadounidense, dedicó el viernes por la noche más de la mitad de su 'show' en la NBC a mofarse de los jubilados de West Palm Beach. Ancianos que se enredaban con los botones del contestador automático, que respondían siempre a la pregunta equivocada o que buscaban a tientas por el suelo el sombrero que llevaban puesto. O Brien no es una excepción, sólo uno de los ejemplos de más audiencia.

«¡Yo no estoy senil!», espetaba con los ojos cristalinos de la rabia Natalie Cantor, una jubilada de 71 años que reside en el condado donde 19.120 papeletas han tenido que ser anuladas porque los votantes trataron de corregir el error pinchando el nombre de otro candidato, y votando doble. «Que vean las papeletas, por favor», suplicaba la mujer. «Hasta la supervisora del colegio tuvo que poner una nota advirtiendo que eran confusas», añade.

Para Cantor, la batalla no es sólo por rectificar un error que arrebata la presidencia de Estados Unidos a su favorito, Al Gore, sino una cuestión de honor. La mujer se ha prestado a hablar con cada uno de las decenas de periodistas que la asaltan desde que su nombre apareciese el viernes en 'The New York Times', y promete continuar la cruzada hasta que el país deje de reírse de ellos.

West Palm Beach es una zona costera situada al norte de Miami que se ha convertido en la meca de los jubilados. Los llamados 'escuadrones condos' eran una de las armas secretas con que contaba el Partido Demócrata para adjudicarse la victoria de Florida. Los jubilados de todo el país emigran a este remanso cálido del Atlántico para adquirir cerca del mar uno de esos baratos 'condominios', o apartamentos de propiedad restringida y comunitaria que les permiten remojar sus huesos en aguas templadas hasta el final de sus días.

Muchos de ellos son judíos y hasta supervivientes del holocausto nazi. Cuando el candidato judío a la vicepresidencia por Gore, Joe Lieberman, apareció en Florida los pensionistas lo adoptaron como si fuera su propio hijo. En Estados Unidos, donde la familia es una institución dispersa que se forma varias veces en la vida, las madres judías tienen fama de tratar a sus pequeños como si nunca hubieran salido del nido, aunque se llamen 'senador' y ronden los 60.

La mayor parte de esta comunidad lo tenía tan claro que no dedicó más de dos segundos a mirar la papeleta llamada 'de mariposa' que tantos votos ha costado por su engañoso diseño. La primera opción era George Bush, ni mirarla. La segunda, Al Gore. Por lógica había que taladrar con el lápiz el segundo redondel, pero pocos prestaron atención a que los redondeles de la pá- gina de la derecha se habían insertado en la izquierda, dejando en medio de ambos candidatos un tercer redondel que correspondía a Pat Buchanan, un conocido racista y confeso admirador de Hitler que se presentaba por el Partido de la Refor- ma.

Rechazo de votos
Buchanan ha obtenido en este condado más de 3.427 votos, una insólita popularidad que hasta él mismo ha rechazado, pese a que está feliz con la victoria de Bush, a cuyo partido pertenecía antes de mudarse al de Ross Perot. «No quiero quedarme con votos que no son míos», explicó el candidato en televisión. «Todo apunta a que esos votos pertenecen a Al Gore».

En unas elecciones donde la presidencia pende de los 324 votos que distancian a Bush y a Gore, el destino de estos 22.527 es decisivo y bien vale la última batalla de los 'condos'. Helen Halperin, una de esas mujeres que se ha encariñado con Lieberman mítin tras mítin, y que soñaba con ver a un judío en la vicepresidencia antes de morir, es también una de las ancianas que no ha parado de llorar desde el miércoles, maldiciendo sus cataratas. «Esta puede ser la última vez en mi vida que vote», contaba la mujer de 81 años. «Y encima mi voto ha ido a parar a ese demonio de Buchanan, no hay nadie en el mundo que me repugne más» .

Halperin lo descubrió al llegar a casa, cuando empezó a oír en la radio las denuncias de otros votantes por las engañosas papeletas. Al hablarlo con sus vecinos llegó a la conclusión de que ella era uno de esos votantes que habría arruinado la victoria de Gore y Lieberman. Otros lo notaron en las urnas, pero o no sabían que podían pedir una segunda papeleta, o creyeron que bastaba con recomponer el papel roto y punzar el correcto, o se desanimaron viendo la cola que había fuera o les dio verguenza decir que se habían equivocado.

Verguenza e indignación es lo que sienten todos cuando ven a las estrellas de la televisión burlarse de ellos. Algunos sesudos analistas están siguiendo incluso la teoría popular de los más reaccionarios que piden que se restrinja el voto a la tercera edad por carecer de las facultades necesarias. Esto es lo más humillante de todo, y lo que mantiene a Cantor sentada a la puerta de su edificio a la espera de nuevos periodistas a los que recriminarles las burlas de la opinión pública. «Total, a estas alturas de mi vida no tengo nada mejor que hacer». suspira.

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