El hombre de los cien
millones de dólares
Clinton ha proporcionado
una suculenta tajada en la recaudación de fondos pese
a ser arrinconado por Gore
MERCEDES GALLEGO. ENVIADA
ESPECIAL AUSTIN
Todo lo que toca se convierte en oro. Donde
quiera que va se concentran masas y lo que quiera que diga eleva
la euforia del público. En la campaña más
cara de la historia, con más de la mitad de electorado
apuntando a la abstención y con el candidato más
soso que se recuerda, cuesta entender por qué Gore no
quiso ver a Clinton ni de lejos.
El presidente lo intentó todo. Hace
tres semanas, consciente de que llegaba al final sin que le hubieran
dejado saltar a la arena política, sus amigos filtraron
al diario 'The New York Times' las frustraciones del mandatario,
que veía impotente cómo su delfín arriesgaba
el legado de prosperidad sin aceptar la voz de su experiencia.
El reportaje sirvió para poner a
Gore en un aprieto público y permitirle que se acercara
a la campaña. Dos condiciones: que no pisara los estados
donde la disputa es más reñida y que evitase actos
multitudinarios para no robarle protagonismo. El límite
que le pusieron estaba en las 10.000 personas. «Es como
si una novia le pidiera al fotógrafo que la saque gorda»,
observó irónico 'The Washington Post'.
Con todo, Clinton ha vuelto a ser el mago
de la campaña en la que ha captado 100 millones de dólares
-unos 20.000 de pesetas-, participando en 180 actos de recaudación.
El del congresista Lofgren, por ejemplo, le obligó a soportar
un vuelo de cinco horas apenas regresó de la cumbre de
Egipto, en la que había pasado dos días sin dormir.
Encanto personal
De la fortuna que amasó con el entusiasmo
de sus admiradores 46 millones de dólares han ido a parar
a las arcas de Gore, 8,7 a los de la primera dama, 10,5 al Senado
y el resto se ha repartido entre 42 demócratas que buscan
asientos en el Congreso. Con un millón de dólares
cada uno, el congresista de Michigan Debbie Stabenow y el gobernador
de Delaware, Thomas Carper, han sido los que más se han
beneficiado de los encantos del presidente, después de
Gore y Hillary.
Clinton, un político por naturaleza
al que le hierve la sangre en campaña, pretendía
aparecer en Missouri, Louisiana y Kentucky, pero los asesores
de Gore le imploraron que no lo hiciera «para no interferir
en el mensaje del vicepresidente». Sólo la muerte
del gobernador de Missouri, Mel Carnahan, le permitió
poner un pie en ese estado.
El empecinamiento de otro gobernador, el
de California, le sirvió para obtener 'permiso' para un
tour con las estrellas de Hollywood, donde su participación
no tiene precio. Bill Clinton sólo ha contradicho los
deseos de su delfín en Arkansas, su estado natal, donde
ganar o perder es para él una cuestión de honor.
Además, el presidente ha grabado mensajes telefónicos
que se han llegado al auricular de millones de americanos.
Pero apenas se subió a un escenario
ocurrió lo que temía Gore: el presidente sonó
más como un candidato que el propio candidato. Sin mencionarlo,
se encargó de desmontar con lógica aplastante y
estilo directo todas las acusaciones que George Bush vierte sobre
su administración. Y aunque se mordió las uñas,
Clinton acabó por soltar a la audiencia que Gore no ha
sabido vender los logros de su mandato.
«He leído cuidadosamente todo
lo que el vicepresidente y el senador Lieberman han dicho»,
confesó, «pero también he estudiado cuidadosamente
lo que dicen sus rivales y he visto con atención todos
los debates. Quiero que sepan que estoy preocupado al ver que
la gente no puede ver la diferencia, lo que me hace pensar que
a lo mejor no lo están explicando con claridad».
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