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Lezama, el eterno debate

El salto de calidad en la Liga española y el brutal descenso de la natalidad en el entorno del Athletic, que ha reducido en más de un 65% las posibilidades de captación de jugadores, condicionan por completo el trabajo de cantera del club bilbaíno

Jon Agiriano

Si un hincha rojiblanco quiere discutir, le basta con pronunciar una palabra: Lezama. Este topónimo actúa a modo de resorte. En apenas unos segundos, la discusión, impulsada con mayor o menor vehemencia en función de los resultados del primer equipo, está asegurada. Como el tema es tan movedizo, la mejor manera de aproximarse a él pasa por aportar una serie de datos objetivos que ayuden a situar el debate en sus justos términos.

El primero de ellos tiene que ver con la producción de jugadores. La pasada temporada, 16 futbolistas formados en Lezama jugaron en el Athletic y otros 14 lo hicieron en diferentes equipos de Primera. Esta cifra de 30 convertía al Athletic en el club que más canteranos aportaba a la ‘Liga de las estrellas’, por delante del Barcelona (27), Madrid (26) y Real (20). Respecto a la Segunda División, el liderazgo también correspondía a la entidad rojiblanca, que aportaba 25 jugadores, por 21 el Barça, 20 el Madrid y tan sólo 7 la Real.

Dicho así, se podría pensar que la factoría del Athletic pasa por una época de esplendor como las de antaño, cuando era la envidia de la huerta, lo que convertiría en injustas todas las críticas que se le realizan. Y tampoco es eso. La realidad es que el vivero rojiblanco vive tiempos muy difíciles, como lo demuestra otro dato incontestable: en el actual equipo de Txetxu Rojo sólo hay un canterano que haya debutado en los últimos cinco años y que, al día de hoy, pueda considerarse (aunque tampoco del todo) titular: Fran Yeste. El resto de los titulares habituales o han debutado antes de 1996 o han tenido que ser fichados para apuntalar un equipo al que, en la campaña 1995-96, se le encendieron todas las alarmas.

Estos datos abocan a una conclusión evidente: casi treinta años después de su puesta en marcha, la producción de Lezama sigue siendo buena en lo que se refiere a cantidad, pero no así en lo que respecta a calidad. Dicho de otra manera: el Athletic no ha perdido capacidad para formar futbolistas –aparte de las cifras antes ofrecidas, al día de hoy sigue siendo el club que más jugadores aporta a las distintas selecciones nacionales–, pero lo cierto es que cada día le resulta más difícil formarlos con categoría suficiente para triunfar en el primer equipo, que es de lo que se trata.

Críticas al modelo

Una vez constatado este hecho, un sector de aficionados se ha lanzado a la búsqueda de culpables y ha decidido cargar contra José María Amorrortu y contra el resto de sus colaboradores. Las críticas alcanzan a toda la metodología de trabajo –inspirada en el Ajax– que se implantó en 1994. Las bases de este proyecto son las siguientes: nutrir los equipos inferiores realizando una buena captación en colegios, clubes y ‘minilezamas’; compensar la diferencia de calidad con respecto a los rivales haciendo a los chavales jugar en categorías superiores a la que les corresponderían por edad; implantar un sistema de juego –el famoso 3-4-3– que acentúe los riesgos y, por tanto, la capacidad técnica de los jóvenes jugadores para asumirlos y superarlos; y, por último, ofrecer a los chavales una formación integral, tanto a nivel académico como psicológico.

Apoyados en la evidencia de que al primer equipo no llegan jugadores, son muchas las voces que se han alzado contra este modelo. No sólo desde la afición. También dentro del propio club han surgido discrepancias. Ahí esta el caso de Luis Fernández cuando decidió controlar el filial o ahí están las diferencias de criterio que se han producido entre algunos entrenadores de los equipos inferiores. El caso de Mendilibar, técnico del Baskonia, es de todos conocido.

En esta situación, la campaña electoral ha acabado por encrespar el debate. Se puede decir que los dos candidatos han coincidido en resaltar la necesidad de dar un gran impulso a la cantera, aunque han optado por hacerlo de dos formas distintas. Javier Uria ha hablado de poner más medios y abrir mejor la escuela, a la que considera demasiado encerrada en sí misma. Fernando Lamikiz, por su parte, ha optado por una solución radical, por cambiar el modelo de arriba a abajo.

La propuesta de Lamikiz consiste en que el jugador se forme en su club de origen. Se trata de una iniciativa que, en principio, puede sorprender, pero que responde a un estado de opinión existente en una parte de la afición rojiblanca, la más esencialista: el de que, si no salen futbolistas, es porque se les sobreprotege y malacostumbra y que, por tanto, lo que hace falta es mano más dura y gente –Clemente y Ziarreta– que no se ande con chiquitas y apueste por un tipo de futbolista más duro y racial.

Menos niños

Nadie puede dudar de las buenas intenciones de los dos candidatos. Ahora bien, aunque electoralmente pueda resultar poco provechoso, en estos días de campaña se está echando de menos una mirada más fría y objetiva y, desde luego, mucho menos voluntarista, respecto a la cantera rojiblanca. Y es que una cosa es la discusión, perfectamente legítima, sobre métodos de trabajo, estilos de juego, tipo de futbolista que se quiere crear o personas idóneas para llevar a buen puerto ese cometido, y otra muy distinta pasar por alto, como si no existieran, algunas cuestiones trascendentales que, hoy en día, condicionan por completo el trabajo de formación de futbolistas en el Athletic.

La primera es el tremendo descenso de la natalidad que ha experimentado Euskadi en general y Vizcaya en particular, en los últimos años. Los datos son demoledores y deberían hacer recapacitar a tanto demagogo aficionado a sentar cátedra sobre Lezama con cuatro simplezas de bolsillo. A partir de 1963 y hasta 1977, en Vizcaya vinieron a nacer entre 10.000 y casi 12.000 varones por año. De éstos, 1972 fue el más «productivo» con 11.860 nacimientos. Pues bien, a partir de 1986 y hasta hoy, la curva de población ha caído en picado. De 10.000 ó 12.000 se ha pasado a cifras que oscilan entre los 4.000 y 5.500 niños «por temporada». Conclusión, las posibilidades de reclutamiento y formación de jugadores por parte del Athletic se han reducido en más de un 60%.

Se trata de un problema no sólo gravísimo, sino irresoluble en vista de la tendencia de la curva poblacional. Por ello mismo, resulta inaudito que nadie en el club haya alertado sobre él. La impresión es que el Athletic se está acostumbrando demasiado a la táctica del avestruz para no observar la realidad con toda su crudeza. Sólo así se entiende que nadie haya salido a la palestra para alertar de una verdad como un templo: que el Athletic no es que forme bien o mal a los niños –eso se puede discutir–, sino que se está quedando sin niños que formar. Y no sólo eso. La gravedad aumenta al constatar que los niños de ahora pertenecen a una generación criada en la abundancia y con acceso a múltiples deportes, con todo lo que ello significa. Porque, a estas alturas, nadie puede discutir que la necesidad no sólo agudiza el ingenio, sino también el instinto competitivo.

Un mercado menguante

La segunda cuestión trascendental que explica los problemas de la cantera es el aumento de calidad de la Liga española en los últimos cinco años. Entre la ‘ley Bosman’ y el dineral de las televisiones, el salto cualitativo ha sido espectacular, como se está demostrando, temporada tras temporada, en las distintas competiciones europeas.

En fin, que mientras el mercado de los demás no para de crecer, el del Athletic se va reduciendo cada día más. El peligro de endogamia es patente. Y no sólo por la caída de la natalidad hasta los niveles más bajos del planeta, sino por la competencia de los otros tres equipos de Primera que comparten con los bilbaínos un territorio de reclutamiento que apenas alcanza la mitad de la población de Madrid. Vamos, que por esta regla de tres –la del nivel de exigencia productiva que se pone a Lezama–, la capital de España debería contar con 8 equipos de Primera integrados exclusivamente por madrileños y obligados a competir por Europa.

Aparte de estos dos grandes condicionantes, no hace falta recordar que hay otros factores perjudiciales, entre ellos la pérdida de dos virtudes esenciales en un club de cantera. Una de ellas es la capacidad de riesgo con los jugadores del filial. Los entrenadores, presionados por los resultados y las dificultades cada día mayores de la competición, son cada vez más conservadores. El club, también. Ante la duda, ha preferido el recurso fácil de los fichajes indiscriminados, lo que ha extendido entre los canteranos una sensación desasosegante: la de que la forma más difícil de llegar al Athletic es, precisamente, pasar por Lezama.

Otra pérdida, en este caso de los aficionados, es la de la paciencia. La pitada dedicada a Del Horno habla por sí sola. Hoy en día, se quiera o no reconocer, cualquier fichaje es recibido con el mismo cariño que un canterano. En esta situación, se hace difícil presagiar cuál va a ser la evolución de la cantera bilbaína. Sólo hay dos cosas claras: que el futuro es negro y que la discusión continuará.


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