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Tiempos difíciles

La economía del Athletic, cuyo presupuesto se ha multiplicado por tres durante el mandato de Arrate, se enfrenta ahora a un futuro incierto tras unos años de bonanza y grandes inversiones

Jon Aguiriano

Si hay un logro en su mandato del que José María Arrate se siente particularmente satisfecho es el de haber podido compatibilizar una promesa y una obsesión. La promesa es no vender a ninguna de las estrellas del equipo y la obsesión, cerrar cada ejercicio con superávit. Y es cierto que lo ha hecho. No ha vendido a ninguno de los jugadores de más relumbre –Karanka y Lizarazu se fueron por voluntad propia tras pagar sus respectivas cláusulas de rescisión– y los balances siempre han sido positivos: 361 millones en 1995; 12 en 1996; 45 en 1997; 115 en 1998; 27 en 1999 y 13 en el 2.000. «A ver si los que vienen torean ese toro», suele comentar Arrate en privado, cuando le tienta el orgullo retrospectivo.

A estos dos aspectos de la gestión del presidente rojiblanco se podría añadir un tercero de gran relevancia. Y es que Arrate no sólo ha retenido a sus futbolistas más codiciados sin conocer los números rojos y sin desangrar el bolsillo de los socios –las subidas de cuotas, salvo en su primer año, han rondado en torno al 6%–, sino que además ha gastado un dineral en fichajes. En concreto, más de 6.500 millones –el presupuesto entero del club en un año– por 18 jugadores. Se trata de unas cifras que le convierten, de largo, en el presidente que más ha tirado de la chequera en toda la historia.

Coyuntura favorable

Planteada así la cuestión, alguien podrá pensar que el todavía máximo mandatario del club bilbaíno es un genio de las finanzas, capaz de obrar el milagro de los panes y los peces. Y tampoco es eso, desde luego. No hay milagros en economía. Lo que puede haber es rigor –una virtud que nadie puede discutir ni a José María Arrate ni a José Luis Markaida, el artífice de las cuentas del Athletic en estos siete años–, y coyunturas más o menos favorables.

Llegados a este punto –el de las coyunturas– hay que hablar de la televisión, que en los últimos cuatro años ha disparado espectacularmente los ingresos de los clubes de fútbol. El redimensionamiento ha sido general. El Athletic, por ejemplo, tiene ahora un presupuesto tres veces mayor que en 1994, cuando Arrate entró en Ibaigane; algo que no deja de resultar lógico teniendo en cuenta que, aquel año 1994, se ingresaron en el club 356 millones en concepto de retransmisiones y éste se recaudarán más de 2.600.

El maná de las televisiones ha permitido al presidente del Athletic realizar una política ambiciosa que ha servido para reforzar al equipo en años de sequía de Lezama, pero que ha colocado a la institución en unos niveles de gastos –971 millones al año en amortización de fichajes o 3.635 millones (el 57% del presupuesto) en pagos a la plantilla– muy difíciles de mantener en el futuro.

Si los contratos de televisión se renuevan al alza en el año 2.003, el Athletic no tendría excesivos problemas. Para empezar, porque la deuda del club, aunque ha aumentado en estos años, lo ha hecho en unos niveles aceptables, sin que se resienta la solvencia de la institución. Descontando los ajustes de periodificación, la deuda a corto plazo (a pagar en un año) era de 1.096 millones en 1994 y ahora es de 2.656. Y en segundo lugar, porque el Athletic, a diferencia de otros clubes, ha sido previsor y ha ido gastando año a año lo que recibía de las plataformas de televisión. Vamos, que no ha pedido adelantos para ventilárselos en un fichaje estrella.

La cuestión es que nadie sabe cómo se van a poder negociar esos contratos, en qué condiciones se sentará sobre la mesa un club que lleva tres años sin entrar en Europa y que, últimamente, se está malacostumbrando a quedar en mitad de la tabla. Y esa duda no deja de ser inquietante. Es lógico que los candidatos Uria y Lamikiz se refieran a ella. Como es lógico que ambos se refieran con reiteración a la necesidad imperiosa de aumentar los ingresos atípicos. Porque lo cierto es que, a nivel económico, el club bilbaíno se sostiene en un equilibrio bastante precario. Es la suya una situación engañosa.

En realidad, el Athletic está al límite. Y si Arrate ha conseguido en los últimos tres años presentarse con superávits en la Asamblea de Compromisarios ha sido porque se benefició de un ingreso cuantioso, insospechado y providencial: las cláusulas de rescisión de Karanka y Lizarazu. Gracias a ellas, no sólo consiguió cerrar con 115 millones de beneficios el balance de la campaña 1997-98, sino que logró dotarse de un mullido colchón de 754 millones que le ha venido de perlas desde entonces para evitar unos números rojos que, de otro modo, hubiesen sido inevitables.

Los resultados

Lo que hizo la directiva del Athletic fue una triquiñuela contable que, desde entonces, figura como excepción en la auditoria del club: destinar esos 754 millones a una amortización acelerada de determinados fichajes y luego ir desacelerando a su conveniencia en los ejercicios sucesivos –en 339 millones hace dos años, en 323 el pasado y en 91 en ésta– para así no acabar con pérdidas.

Sea como fuere, de ese colchón ya no quedan ni los muelles, con lo que el Athletic debe enfrentarse a la cruda realidad. La actual directiva, por ejemplo, no va a tenerlo fácil para cerrar el presente ejercicio sin número rojos. Y es que los ingresos, fuera de Europa, escasean. Y mucho. Que la junta se viera obligada a incluir una partida imposible de 700 millones en el capítulo de ingresos por traspasos de jugadores para cuadrar el último presupuesto no deja de ser revelador. ¿Revelador de qué? Pues de algo que José Luis Markaida venía advirtiendo desde hace tiempo: la llegada de una época de vacas flacas por los repetidos fracasos deportivos.

La relación directísima entre los resultados del equipo y la situación financiera de la institución es evidente. Ahí están los 800 millones que se recaudaron hace tres años por disputar la Champions. Los candidatos Lamikiz y Uria hablan mucho estos días de gestión empresarial y de profesionalización, de mucha profesionalización, como si con ello la situación económica del club fuera a dar un vuelco. Escuchándoles, cualquiera pensaría que el club tiene por ahí una mina de oro que todavía no ha explotado. Y no es cierto. Todo se puede se puede mejorar, por supuesto, pero hasta un límite.

Cuando se habla tanto de los ingresos atípicos, mala señal. Señal de que con los típicos hay problemas. Es lo que le ocurre al Athletic, un club donde el voluntarismo se ha instalado no sólo en el terreno deportivo sino también en el económico. Se quiere ser una institución floreciente y acaudalada, pero sin que a uno le suban las cuotas más del 6%; se quiere poder fichar sin endeudarse; se quiere negociar al alza el contrato televisivo quedando en la Liga el 12 y se quieren vender a porrillo camisetas, sudaderas y espinilleras de jugadores cuyo rendimiento y proyección es cada vez más pequeño.

Desde luego, no son estos males que puedan solucionar los candidatos. Como mucho, podrán paliarlos. Pero la solución, en todo caso, la tienen los jugadores. Y ya se sabe cómo: metiendo la pelotita.


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