CASCO VIEJO

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Un paseo por el 'corazón' de Bilbao

ALBERTO EGIA:
"Los pequeños, unidos, podemos plantar cara al fuerte"

Tiendas

Un centro histórico monumental

Un regalo de 700 años

Una navidad muy luminosa


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CASCO VIEJO

UN PASEO POR EL CORAZÓN DE BILBAO

> LA ESPECIALIZACIÓN ES LA CLAVE

El Casco Viejo recibió el pasado año cerca de 12 millones de visitas. Más de 30.000 personas recorren a diario las Siete Calles, atraídas por más de 800 comercios y 200 centros hosteleros y, sobre todo, por el ambiente tradicional y familiar que destilan las estrechas calles de piedra de este centro histórico. Comprar productos típicos de Bilbao y su comarca, vestirse a la última moda, adquirir antigüedades o, simplemente, disfrutar del encanto arquitectónico y gastronómico del embrión de una villa que ha cumplido recientemente 700 años, es posible en el Casco Viejo.

Normalmente, el visitante inicia su recorrido a través de la calle Posta, accediendo desde el Teatro Arriaga, escenario de miles de obras teatrales que han animado durante décadas la vida cultural de los bilbaínos. Una gran cola de personas aguarda paciente su turno para adquirir lotería de Navidad en una de las muchas administraciones que reparten suerte en el corazón de Bilbao. «Yo soy de Vitoria, pero mis hijos viven en Getxo y todos los años, si puedo, me acerco al Casco Viejo y recojo unos cuantos décimos. Es una tradición», explica Antonia, una abuela que asegura haber cogido, en un par de ocasiones, «un buen pellizco».

Las más jovencitas abarrotan las tiendas de ropa, que lucen en sus escaparates las últimas tendencias para todos los sexos y edades. «Si lo sé, me quedo en mi casa. Hay tantos sitios y tanta variedad que todavía me esperan unas cuantas horas de sufrimiento», afirma Jorge mientras su compañera se prueba una falda de colores vivos. Sin embargo, a otros les encanta acompañar a sus novias. «Venimos siempre juntos, pero cada uno por su lado. Quedamos a una hora y vemos por separado lo que nos gusta. Luego, nos acompañamos el uno al otro y hacemos las compras», argumenta Iñaki.

«Es mejor que cualquier centro comercial. Siempre que venimos, encontramos ropa que nos gusta», sentencian Soles y Sonia Fernández, dos jóvenes barakaldesas que no dudan en desplazarse al Casco porque «es la mejor alternativa para adquirir todo aquello que no encuentras en otros sitios».

Libros tradicionales
Siguiendo por la calle Bidebarrieta, con la hermosa Catedral emergiendo al final del camino, el visitante puede toparse con algunas de las librerías más antiguas de la parte vieja de Bilbao. Viejos manuscritos y novelas actuales conviven en los vetustos estantes de estos establecimientos. Y si uno quiere seguir el recorrido por las entrañas de la ciudad, qué mejor compañía que la de un libro que le ayude a comprender la jerga característica de la capital vizcaína. Vocabulario popular de Bilbao es un best-seller de las Siete Calles. Escrito por Josu Gómez, el libro recoge minuciosamente las palabras del habla popular de la ilustre Villa desde sus orígenes. Algunos de los singulares vocablos como chuchos (pastelitos rellenos de natillas) o chimbera (escopeta para tirar a las palomas) han perdurado en nuestro habla, otros como sospales (pedazos de madera) o chirta (ave similar a la alondra) sólo son recordados por los más mayores.

La tradición sigue presente en las tiendas de comestibles. Estos establecimientos, en los que se ha pagado con reales y céntimos, luego pesetas y dentro de poco euros, conservan el encanto del comercio familiar y del trato exquisito de sus dependientes de bata blanca. Todavía perduran algunos pesos y cajas registradoras antiguas. El reloj parece haberse detenido una centena de años y el txakoli se sigue vendiendo en botella o en garrafa. Perretxikos y sardinas son otros de los productos típicos de las entrañas bilbaínas. Estos alimentos, junto a muchos otros -frescos y congelados-, se pueden comprar en el Mercado de la Rivera, un prodigio arquitectónico que descansa a la orilla de la Ría.

La Catedral de Santiago sorprende al visitante con su alta torre y sus más de seis siglos de antigüedad. El recogimiento y el silencio de su interior contrastan con la ferviente actividad que se desarrolla más allá de sus muros. En el exterior, las confiterías preparan unos caramelos de malvavisco llamados santiaguitos en su honor. También se venden otras delicias autóctonas, como los metritos o los bilbainitos, ambos dulces de chocolate. «Son deliciosos los turrones artesanos y las almendras garrapiñadas que hacen en ollas antiguas de cobre. En alguna Navidad, los hemos comprado y son riquísimos», sentencia María Ángeles Cuezva, una mujer apasionada de la comida casera y firme defensora de la cocina de toda la vida.

El visitante deja atrás la Plaza de Unamuno, donde el busto del escritor vigila, desafiante, cualquier movimiento de los viandantes. Es el momento de regresar a casa conectando con el metro o, si se prefiere, se puede continuar el recorrido hacia la Plaza Nueva, lugar de obligada visita, más aún en domingo, cuando se celebra un archiconocido mercadillo donde destaca la venta de piezas de coleccionista y de pájaros cantores.

Los músicos callejeros animan el paseo. Las piernas agradecen moverse al ritmo del cantautor Manu de Begoña. «Bilbao me agradas, Bilbao me bastas», canturrea el compositor. Finalmente, el viandante puede terminar dándose un capricho comprando alguna de las finas piezas de joyería que se pueden adquirir en la zona. Oro y diamantes para un recorrido ya clásico para casi todos, más aún en Navidad.

LA ESPECIALIZACIÓN ES LA CLAVE

La existencia de numerosas tiendas especializadas constituye otro atractivo característico del Casco Viejo. Establecimientos que, para sus clientes, tienen un valor añadido por acoger en su interior numerosos artículos difíciles de hallar en cualquier otro lugar. Así, por ejemplo, los más ancianos se topan con las txapelas de toda la vida que creían ya no iban a encontrar. Los coleccionistas de sellos y monedas observan, en las cercanías de la Plaza de Unamuno, aquellos catálogos filatélicos y numimásticos que están ya descatalogados.

Pero no sólo se pueden adquirir productos tradicionales, los más modernos tienen la posibilidad de acudir a navegar por Internet o comprar periféricos para el ordenador de difícil adquisición. Los más atrevidos pueden grabarse el nombre de su amada en la piel en las numerosas tiendas especializadas en el arte del tatuaje. Incluso los párrocos de las iglesias acuden a dos tiendas de la Plaza Nueva que venden ornamentos religiosos: decenas de cálices, belenes, reliquias, crucifijos y pan y vino para consagrar.

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