Pearl Jam bate récords
de público en el Azkena

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El festival vitoriano ha congregado a más de 44.000 espectadores en tres días

ÓSCAR CUBILLO/VITORIA

El sábado terminó el 5º Azkena Rock Festival, el único en el que no hay que meter barriga, según observó un sabio ante la masa eminentemente masculina que se congrega en las campas de Mendizabala. Un festival que coloca el cartel de completo en los hoteles de cuatro estrellas vitorianos y llena los restaurantes locales con rockeros identificables por la pulsera que da derecho a entrar y salir del recinto. Un festival que en esta edición ha batido el récord de espectadores totales, con 44.093 en tres días, y que el sábado holló su cima en una jornada con las 19.546 personas que pagaron hasta 55 euros por ver a Pearl Jam.

El grupo de Seattle es el más influyente del rock desde los años 90, a pesar de su estilo monocorde, grave y a medio gas y de su mensaje siempre pesaroso. Debido a eso, el ARF rompió las marcas y, ante tal gentío, por primera vez instaló vallas extras de seguridad que dividían en dos al aforo y que disponían una vía de evacuación central. No hay que olvidar que en el año 2000, en el festival de Roskilde, Dinamarca, ocho aficionados murieron aplastados en una avalancha provocada durante uno de sus conciertos. Todos hombres, por cierto.

Remisos a lo lúdico

Aparte de la pena que embarga un repertorio remiso a las normas lúdicas que mueven al rock and roll y de la linealidad que lo convierte en casi hermético para los no iniciados en él, a Pearl Jam hay que sacarles la cara por su defensa del rock de guitarras... y poco más. Unas guitarras imbrincadas en desarrollos espesos, a veces casi progresivos pero planos, y sin casi nunca despegar los ritmos.

Como era de suponer, Pearl Jam arrancaron disparando con grueso calibre en composiciones cañeras para volver loco al personal y colocarle en un nirvana enloquecedor donde los sentidos se quedan anonadados y las percepciones posteriores mantienen baja la guardia. El cantante y líder Eddie Vedder, con camisa de cuadros de leñador a la moda impuesta por el grunge de Seattle, agarró al vuelo una botella de plástico, la devolvió en un encomiable alarde de reflejos, y se entregó con el inaugural 'Go'. La rabia se mantuvo con los dientes apretados en 'Last exit' y Vedder se colgó la guitarra en 'Corduroy' antes de hablar en castellano, leyendo una chuleta, alabando a la luna y al público maravilloso, un ambiente perfecto para su música, según él. La caña agitó 'World wide suicide', su composición mejor resuelta, el funk se debatió espeso, la lisergia se asomó y quizá fue en el octavo número, 'Marker in the sand', cuando se bajó el pistón.

El bajonazo de tensión resultó dramático para los no fans, que evidentemente eran los menos. Vedder trasegaba latas de cerveza escondidas en tazas para no hacer publicidad gratis y se sucedieron rutinarios los marasmos varios y piezas de country acústico, pop sugerido... Eddie Vedder ya se había despojado de su camisa de leñador para lucir una camiseta de los Misfits, y una chica finolis observó que «la gente está pasadita» ante el desatado apasionamiento que le ponía al asunto. Seguieron cayendo lentos tipo un vals en plan REM y se cerró el primer pase con un título editado sólo en vinilo, 'Spin the black circle', un adiós contundente y celero al gusto de los vikingos.

El primer bis eterno se abrió con el cénit de la velada, el 'I believe in miracles' de los Ramones, y se añadieron cuatro temas más, destacando el rock 'Save you' y cerrando 'Alive', con la querencia de Vedder hacia las ragas hindúes, que son un rollo y ya las practicó con Nusrat Fateh Ali Khan.

El segundo bis, también eterno, lo comenzó agradeciendo en castellano, desde la chuleta, que la gente hubiera ido, que así les daba ganas de vivir. En ese bis Pearl Jam cosecharon los mayores coros de sus acólitos con 'Rearviewmirror' y los agitaron otra vez con el 'Rockin' In The Free World' de Neil Young. Y así fue un bolo en degradación y con dos momentos cimeros que casualmente pertenecen a otros artistas.

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