| DÍA 39 |
| Desde el Nanga Parbat |

Fernando F.J. Pérez
Enviado Especial.
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Edurne Pasaban
holla su octavo 'ochomil'
Es la mujer viva con mayor número de ascensiones
21 alpinistas, entre ellos los 7 de 'Al Filo', batieron ayer el
récord de cumbres en el Nanga Parbat
Los desafíos, como los miedos internos, están hechos
para ser superados. Edurne Pasaban llegó hace mes y medio
al Nanga Parbat con la mochila cargada de ellos y se marcha con
ella vacía, la condición de mejor mujer himalayista
de la actualidad y la certeza de que a sus pies aún les
quedan muchos pasos que dar sobre las nieves de las cumbres más
altas del planeta. Y todo ello lo consiguió ayer sobre
la blanca piel de la 'Diosa desnuda', una montaña cargada
de historia y miedo que, sin embargo, este año se ha mostrado
más noble que nunca para permitir que se batan todos los
récords de ascensiones. Ayer fueron veintiuna.
Aunque cada una tiene su historia, hay tres que merecen ser protagonistas,
y las tres tienen nombre de mujer: Edurne Pasaban, Marianne Chapuisat
y Ester Sabadell, el equipo femenino del programa 'Al Filo de
lo Imposible'. Cada una en su circunstancia, afrontaron la montaña
con coraje y demostraron que la condición de mujer no sólo
no es óbice para acometer retos como éste, sino
que muchas veces es el mejor de los alicientes.
Edurne superó todos sus miedos tras lo sufrido el año
pasado en el K2 y demostró su fortaleza, física
y mental, para alcanzar la cumbre con los más fuertes.
Marianne pudo con el frío y los miedos más íntimos
para conseguir su cuarto ochomil. Y Ester demostró que
la fuerza de voluntad puede hasta con el más adverso de
los 'ochomiles'. La catalana hizo ayer cima en el Nanga Parbat
apenas dos años después de sufrir un gravísimo
accidente en las islas Guadalupe en el que se fracturó
la cadera por catorce partes y tras el que muchos médicos
pusieron en duda incluso que volviera a andar. Ni la debilidad
producida por la menstruación pudo ayer con ella. Aunque
en el descenso le pasara factura.
Pero entonces apareció el equipo y ya no hubo distinción
de sexos. Hombres y mujeres unieron sus fuerzas para asegurar
que todos arribaran sanos y salvos al campo IV, lo que para media
tarde estaba ya asegurado. Entonces se pudo comprobar la experiencia
de alpinistas como Josu Bereziartua, que ayer logró su
sexto ochomil, Iván Vallejo (11) o Silvio Mondinelli (10).
Sin embargo, todo había empezado mucho antes. Casi dieciséis
horas antes. A la una de la madrugada. Cuando el Nanga tocó
a rebato y 24 alpinistas se pusieron en marcha desde el C-IV,
entre ellos los siete de 'Al Filo'. La noche era fría.
Extremadamente fría. Y pronto pasó factura. Javier
Abad, de la expedición aragonesa, sintió que le
podía la gripe que arrastraba y se dio media vuelta con
apenas trescientos metros andados. Un gesto que honra a cualquier
alpinista. Un poco más adelante lo hizo la integrante femenina
de la expedición francesa, acompañada de un porteador.
Los porteadores
El resto, como pequeñas luciérnagas visibles desde
el campo base, fueron iluminando en la noche el espinazo de la
'Diosa desnuda', mientras la hilera de luces se iba alargando
según pasaban las horas. Por delante, los otros dos porteadores
del grupo galo abrían camino, que no huella, ya que la
excelente condición de la nieve apenas lo hacía
necesario. Por detrás pronto se formó el grupo más
fuerte: Silvio Mondinelli, Iván Vallejo, Nacho Orviz y
Hassam. Y con ellos, una Edurne Pasaban renacida de sus dudas.
Más atrás, cada uno luchaba con sus fuerzas y sus
miedos. Josu Bereziartua y Ester Sabadell formaban cordada inseparable.
Y más rezagada por culpa del frío, Marianne. Cuatro,
cinco, seis, siete. Las horas caían como mazas en el CB
ante el silencio de la radio. Y arriba herían como flechas
por culpa del frío. Hasta que el amanecer se convirtió
en un tibio consuelo. El calor estaba en la cumbre. La Diamir
es vertiente oeste y el sol no pega hasta entrada la mañana.
Desde abajo los prismáticos engañaban a la incertidumbre
con hormigas apenas perceptibles.
En el tramo final, una decisión inexplicable. El grupo
cabecero abandona el corredor que lleva a la cumbre y se mete
entre rocas. «Los dos porteadores de la expedición
francesa iban por ahí y nosotros les hemos seguido. Y la
verdad es que ha sido mucho más cómodo, en los últimos
metros incluso nos hemos quitado los crampones y hemos subido
sin ellos», explicaría más tarde Edurne Pasaban.
Y por detrás, los demás. Salvo Josu Bereziartua.
Fiel a sus principios, el camino era por el corredor y por allí
siguió.
Por fin, un par de minutos antes de las nueve de la mañana,
hora local (seis de la mañana en España), el teléfono
satélite rompía la tensión del campo base.
Edurne Pasaban anunciaba que ya estaban en la cumbre, explicaba
lo «larga» que se le había hecho la ascensión
(aunque ha sido la más rápida de la temporada -ocho
horas desde el C-I-) e insistía en el frío que hacía:
«sacamos unas fotos y nos bajamos corriendo». Hora
y media más tarde llegaba Josu, al que en apenas cinco
segundos se le congelaba la cámara de vídeo. Media
hora más tardaba Ester, tras separarse del azpeitiarra
en el corredor y seguir por las rocas. Y a las 11.30 Marianne,
que había ganado la batalla al frío para hollar
su cuarto 'ochomil'.
Disparos en el CB
Y mientras arriba la alegría combatía al cansancio,
de pronto, el campo base se llenaba de Kalashnikov y los disparos
celebraban las cumbres de las distintas expediciones. Una buena
forma de no olvidar el territorio indomable sobre el que se alza
el Nanga Parbat.
Pero aún quedaba el descenso. Arropada por Silvio e Iván
y preocupada por sus pies, Edurne alcanzaba el C-IV en tres horas
y media: «Se hace largo. Nos ha costado, sobre todo la cuenca
Bazhin», en cuyo seno está el campamento. Por atrás,
Ester pagaba el esfuerzo y descendía agotada. «Cada
tres pasos me tengo que parar para respirar», explicaba
por walkie. El frío había congelado las cantimploras.
Escoltada por Josu y Marianne, fueron restando poco a poco metros
a la montaña. Por fin, a las cinco y cuarto de la tarde
alcanzaban la seguridad del campo IV. «He llegado gracias
a Josu y Marianne», se sinceraba con las últimas
fuerzas que le quedaban.
Por detrás, un rosario de alpinistas, todos tras haber
pasado por la cumbre, pugnaban por alcanzar la misma meta, la
vida de una tienda de campaña y un poco de te caliente.
Los últimos lo hicieron sobre las ocho de la noche, aprovechando
que la 'Diosa desnuda' dormía ya, mientras en el horizonte
el sol teñía de rojo el Karakorum.
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