| DÍA 38 |
| Desde el Nanga Parbat |

Fernando F.J. Pérez
Enviado Especial.
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Ventajas y desventajas
de un ataque masivo
Que veinticuatro alpinistas intenten hollar un 'ochomil' en un
mismo día es una situación poco habitual, inaudita
se podría decir, exceptuando el Everest y el Cho Oyu, los
dos 'ochomiles' comerciales por excelencia. Estos ataques masivos
a las grandes montañas ofrecen notables ventajas, pero
también una serie de peligros de los que la historia ha
dejado algunas muestras desgraciadas.
Entre los aspectos positivos se encuentra a la cabeza el reparto
de las tareas camino de la cumbre. Y entre todas ellas destaca
sin duda la de abrir huella. El ritmo en el turno de ser el primero
del grupo es radicalmente distinto si los alpinistas son tres
o cuatro o si son 24. Y por consiguiente, el cansancio es también
mucho menor No hay más que recordar el relato que hacía
Jorge Egocheaga hace cinco días cuando explicaba que iban
abriendo huella «con nieve hasta las axilas» en un
equipo de cumbre formado por nueve alpinistas. Es fácil
imaginar cuanto más llevadero si hubiesen sido, por ejemplo,
el doble de personas.
Y eso se puede aplicar prácticamente a cualquier otra
labor, como equipar cuerdas. Aunque no es el caso del Nanga Parbat,
en el que los casi ochocientos metros de desnivel que hay entre
el C-IV y la cumbre se realizan sin cuerdas fijas al carecer de
dificultades técnicas reseñables.
Pero la masiva presencia de alpinistas en los tramos altos de
las grandes montañas también ofrece la otra cara
de la moneda, desventajas y peligros que más de una vez
han acabado en tragedia. En este caso, el principal problema de
la masificación es el cansancio, agotamiento en el peor
de los casos, de algunos alpinistas, que suponen retrasos y atascos
en las rutas, cuando no directamente accidentes, en los que se
ven implicados otros escaladores cuya única culpa era pasar
por allí.
Sin dificultades
El ejemplo más claro de esta situación se da cada
año en el Everest, y más concretamente en el Escalón
Hillary, donde se llegan a dar esperas de hasta cuatro horas,
a 8.600 metros y con muchos grados bajo cero. Si a esta circunstancia
le añadimos un súbito cambio del tiempo, la tragedia
está servida, como en el Everest en 1996, en el que todas
estas circunstancias se conjugaron en el tramo alto de la montaña
y atraparon a dos expediciones comerciales, con el saldo de siete
muertos.
Por suerte, el Nanga Parbat no tiene un Escalón Hillary
-ni nada parecido- a doscientos metros de la cumbre ni las previsiones
anuncian cambio alguno del tiempo, súbito o no. Sin embargo,
Josu Bereziartua sí que dio ayer por la mañana un
pequeño aviso de lo que puede suceder hoy cuando comunicó,
a las nueve y media de la mañana, que se encontraba parado
en mitad de la travesía del C-III al C-IV porque había
mucha gente subiendo y no conseguía encontrar el ritmo
de subida.
Este pequeño contratiempo, hoy de camino a la cumbre,
se puede convertir en un problema y ralentizar en exceso la marcha
del grupo. Y ante tal circunstancia, la única solución
es la honestidad personal de cada alpinista y su capacidad de
mantener la cabeza fría para tomar las decisiones adecuadas
en cada momento, entre ellas la más difícil de todas,
darse media vuelta si llega el caso.
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