
Fernando F.J. Pérez
Enviado Especial.
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En medio de la Pakistán
profunda
Chilas, el último pueblo camino del Nanga Parbat, es la
capital de la zona más conservadora del país
La expedición paró a comer en Bisham, un pueblo
reducido a una calle polvorienta y maloliente abrasada por el
calor del mediodía. El grupo acumulaba ya seis horas y
media de traquetreo por la Karakorum Highway y la perspectiva
de otras tantas horas de carretera tras el almuerzo hasta Chilas
no invitaba a llenar el estómago. Al menos, el restaurante
del hotel Continental -nombre un tanto pretencioso- era un pequeño
oasis en medio de este desierto.
Tras la comida, de vuelta al minibús, Abdul, el guía,
natural de Chilas, se acercó a Edurne más serio
de lo habitual y le ofreció, en su correcto inglés,
un pañuelo típico del país, como los que
las mujeres utilizan para cubrirse.
-«Toma, Edurne. Es un regalo».
-«Muchas gracias, Abdul», contestó la alpinista.
El guía llevaba otros dos pañuelos, uno para cada
una de las mujeres de la expedición.
Pero Abdul, serio, continuó «por favor, cuando lleguemos
a Chilas, cubriros con los pañuelos y poneros pantalones
largos. La gente allí no está acostumbrada a ver
mujeres así y es lo mejor para evitar problemas»,
sentenció.
Y mujeres «así» es Edurne con camiseta y pantalones
pirata. Pero eso es demasiado en Kohistán, una de las regiones
cuna del integrismo en Pakistán y centro actual de las
mayores revueltas religiosas que se producen en el país.
Gilgit, la mayor ciudad de la región, sin ir más
lejos, ha permanecido casi dos semanas, hasta hace unos días,
bloqueada y aislada del resto del país para sofocar la
enésima rebelión chií que padecía.
Hablamos de una zona donde las mujeres no existen, al menos en
la calle, y las poquísimas que se ven sólo muestran
los ojos a través del velo, cuando no llevan burka. Los
extranjeros son recibidos con recelo, y eso que son la principal
fuente de ingresos gracias a las montañas que le rodean.
Su exclusivismo se refiere incluso a los paquistaníes
de otras regiones. Así, no son pocas las expediciones al
Nanga que se han visto envueltas en polémicas porque entre
los porteadores había hombres de otros valles, divergencias
resueltas incluso a golpe de daga en las primeras épocas
de la conquista de 'La Montaña Desnuda'. Aún hoy
no es extraño ver a diamires con el rifle al hombro y la
canana llena de balas en la cintura. Es sin duda la zona más
salvaje de Pakistán y uno de los mayores problemas políticos
del presidente Musarraf.
El Nanga Parbat
Al margen de estas incidencias, que ya sólo llama la atención
a quienes arriban al lugar por primera vez, la jornada del martes
discurrió para la expedición de 'Al Filo...' al
Nanga Parbat en medio del tedio. Los poco más de cuatrocientos
kilómetros entre Islamabad y Chilas costaron casi trece
horas de Karakorum Highway, sin contar las paradas, que discurrieron
entre la incomodidad del viaje y la belleza de los cañones
y valles que ha creado al cabo del tiempo el río Indo,
uno de los ejes vertebradores sobre los que discurre la geografía
y la historia del Tíbet, India y Pakistán.
Al menos, el viaje tuvo la recompensa final de mostrar a los
expedicionarios el objetivo que les ha traído hasta aquí.
Haciendo honor a su nombre de 'montaña desnuda', el Nanga
Parbat se exhibió sobre Chilas, aún a cientos de
kilómetros, altiva y mágica.
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