El Correo Digital - Periódico de Bilbao y Vitoria, Noticias y Servicios: Empleo, Ocio y el tiempo en Bilbao
 
Lunes, 29 de octubre de 2007
Registro
Portada
Crónicas
Audios
Fotografías
Ruta ascenso
Foro
Nanga Parbat
Crónicas de 1.JUNIO           12 13 14 15 16 17 18 19
20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 30      
2.JULIO                     1 2 3
4 5 6 7 8 10 11 12 13 14 15 16 17
18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31

DÍA 29
Desde el Nanga Parbat



Fernando F.J. Pérez
Enviado Especial.

La atracción fatal de los 'ochomiles'
Una aproximación a la irresistible tentación de los alpinistas a volver al escenario de sus éxitos y tragedias

ESPECTACULAR. Fotografía tomada durante una expedición de Juanito Oiarzabal al Dhaulagiri.
· Un 9% de mortalidad
· La expedición de Edurne Pasaban parte hacia la montaña

«No es que lo encontráramos muerto o debajo de un alud, es que se me murió en mis brazos. ¿Montagna di merda!». El que habla es Silvio Mondinelli, relatando el fallecimiento de su amigo y compañero Christian Kuntner en el Annapurna, hace poco más de mes y medio. Pero no lo hace en su Alagna natal (Alpes italianos), recuperándose de los sucedido, sino aquí, a los pies del Nanga Parbat, donde busca su décimo 'ochomil'.

La misma Edurne Pasaban no pudo ocultar sus sentimientos en julio pasado cuando descendió del K2. Al límite de sus fuerzas, con los pies congelados y lágrimas en los ojos, exclamó nada más llegar al campo base. «Lo dejo, lo dejo, no puedo más, esto ha sido demasiado duro». Menos de un año después, periodo en el que ha perdido a otros dos amigos en las montañas, la alpinista tolosarra está de nuevo en un 'ochomil', camino de su cumbre.

Carlos Pauner, hace dos años, compartió expedición con Silvio, Christian y varios italianos más al Kangchenjunga. Hicieron cumbre pero durante el descenso, el español se retrasó y perdió la huella de sus compañeros. Durante tres días deambuló por la montaña en un descenso dramático. Cuando ya se le daba por muerto alcanzó el campo base. El resultado, la pérdida de varias falanges por congelaciones en dedos de manos y pies. El propio Silvio sufrió también congelaciones, aunque pudo evitar las amputaciones. Al año siguiente, con las heridas recién cicatrizadas, Pauner hizo cumbre en el G-I, en cuyo descenso se despeñó un compañero alicantino de expedición.

Juanito Oiarzabal, aún convaleciente de sus congelaciones en el K2, guarda un especial cariño a una fotografía que tiene más de veinte años. Sentados en el alfeizar de un portal, en Katmandú, figuran cuatro jóvenes escaladores, amigos inseparables por aquel entonces, en su primera expedición al Himalaya. Uno de ellos es él, Juanito. Los otros tres, Atxo Apellaniz, José Luis Zuloaga 'Zulu' y Antonio Miranda, están muertos, todos ellos escalando 'ochomiles'.

Los ejemplos podrían seguir así, uno detrás de otro. Tantos como alpinistas hay en este campo base. Casi tantos como alpinistas hay en el mundo. ¿Qué es lo que les hace volver, una y otra vez a las montañas donde muchos han estado a punto de morir? ¿Donde han visto fallecer a amigos y compañeros? ¿Donde ha sufrido más allá de lo humanamente razonable?

Los motivos son variados: gusto por la emociones fuertes, afán de superación, reconocimiento público... Aunque las respuestas que dan los propios interesados para justificar esa atracción fatal suelen ser tan pueriles como esquivas. «Es como una droga», es una de las mas recurrentes. Una forma como cualquier otra de no decir nada. ¿O sí?

Evidentemente, hay muchas razones para acudir a las grandes montañas a vivir las sensaciones que una escalada al límite proporciona, pero una de ellas es puramente física: la dopamina. Se trata de una sustancia que, según investigaciones realizadas, produce el cuerpo en situaciones de máxima tensión o excitación, como la adrenalina y las endorfinas, y que deja en la persona una sensación de bienestar que se ha demostrado que es adictiva. Una especie de droga natural ¿Quien no ha sentido una extraña sensación de satisfacción interior tras realizar un esfuerzo extenuante o superar un peligro inminente, sea de la naturaleza que sea?

Reinhold Messner es quizá uno de los que mejor lo ha explicado: «La resistencia al miedo, pasar frío y el estado que hay entre la supervivencia y la muerte son experiencias tan fuertes que las queremos repetir una y otra vez. Nos volvemos adictos. Curiosamente, nos esforzamos por regresar intactos y, una vez estamos de vuelta, deseamos volver, de nuevo, al peligro».

Aunque es evidente que escalar no es una enfermedad, una patología a la que se le pueda aplicar los parámetros de una adicción, si que para algunos se convierte en un necesidad imperiosa, un impulso casi irrenunciable. Quizá por eso, en 1997, el alpinista y productor de documentales David Breashears, que ha ascendido varias veces el Everest, creó Everest Anonymous, una especie de Alcohólicos Anónimos para alpinistas. Los socios fundadores, aproximadamente una docena de escaladores que consideraron que habían pasado demasiado tiempo de sus vidas en el Everest, establecieron incluso multas para aquellos que intentasen volver a escalar la montaña más alta del mundo. Peter Athans, uno de sus miembros, fue uno de los primeros que rompió el acuerdo y cuando en 2002 hizo cumbre por octava vez acumulaba ya 2.000 dólares en multas atrasadas.

El ego del hombre

Pero también hay factores culturales y emocionales que llevan a los hombres a ponerse al límite de sus capacidades en la montaña. Muchos lo sitúan incluso en el plano de la evolución humana. «El hombre ya no tiene que salir a cazar para comer», pero ese concepto de asumir riesgos y superarlos sigue vigente en lo más profundo del alma humana. «No necesitan comida, salen a ponerse a prueba ante un reto. Tiene que ver con el ego del hombre», explica Conrad Anker, el alpinista que en 1999 descubrió el cuerpo de George Mallory, desaparecido junto con Sandy Irvine en 1924 en el Everest.

Meses después Anker fue el único superviviente de una avalancha en el Shisha Pangma en la que murieron Dave Bridges y Alex Lowe, su mejor amigo. Tras aquello, Anker se comprometió a reducir sus salidas a las grandes montañas, aunque reconoce que no ha sido fácil lograrlo. Royal Robbins, uno de los pioneros de la grandes escalada en EE UU, lo definió perfectamente en una sola frase: «Si escalar fuera totalmente seguro no tendría el mismo tirón».

El británico Joe Simpson, escalador que ha sobrevivido a innumerables accidentes y autor de 'Tocando el vacío' (Desnivel, 2004), una de las grandes obras de la literatura de montaña, es quizá uno de los más preocupados por los costes del alpinismo extremo. En ese sentido, su frase «lo que define a la escalada es que mata» resume también su filosofía. Al menos en teoría.

En la visita que le hizo a su casa de Sheffield, la escritora María Coffey le entrevistó para su libro 'Los zarpazos de la montaña' (Desnivel, 2003) cuando el alpinista estaba a punto de terminar una nueva obra en la que proclamaba que dejaba definitivamente la escalada tras sobrevivir de milagro a su enésimo accidente, que le desfiguró la cara. Durante la entrevista, Coffey le preguntó por sus planes cuando acabara el libro.

-«Vuelvo al Everest en septiembre».

-«Pero pensé que habías dicho que...»!

-«Quiero dejar de escalar, pero a mi ritmo. Y antes quiero subir la Norte del Eiger», una de las paredes míticas de los Alpes (donde unos meses antes había tenido que darse media vuelta con su compañero al ver cómo una cordada que escalaba junto a ellos se despeñó en plena tormenta).

Galería de fotografías
La ruta de ascenso GRÁFICO
El equipo de Edurne GRÁFICO
La expedición
Josu Bereziartu Marianne Chapuisat
Ester Sabadell Iván Vallejo
La expedición de Edurne Pasaban la completan Josu Bereziartu, Marianne
Chapuisat, Ester Sabadell e Iván Vallejo.