| DÍA 29 |
| Desde el Nanga Parbat |

Fernando F.J. Pérez
Enviado Especial.
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La atracción
fatal de los 'ochomiles'
Una aproximación a la irresistible tentación de
los alpinistas a volver al escenario de sus éxitos y tragedias
«No es que lo encontráramos muerto o debajo de un
alud, es que se me murió en mis brazos. ¿Montagna
di merda!». El que habla es Silvio Mondinelli, relatando
el fallecimiento de su amigo y compañero Christian Kuntner
en el Annapurna, hace poco más de mes y medio. Pero no
lo hace en su Alagna natal (Alpes italianos), recuperándose
de los sucedido, sino aquí, a los pies del Nanga Parbat,
donde busca su décimo 'ochomil'.
La misma Edurne Pasaban no pudo ocultar sus sentimientos en julio
pasado cuando descendió del K2. Al límite de sus
fuerzas, con los pies congelados y lágrimas en los ojos,
exclamó nada más llegar al campo base. «Lo
dejo, lo dejo, no puedo más, esto ha sido demasiado duro».
Menos de un año después, periodo en el que ha perdido
a otros dos amigos en las montañas, la alpinista tolosarra
está de nuevo en un 'ochomil', camino de su cumbre.
Carlos Pauner, hace dos años, compartió expedición
con Silvio, Christian y varios italianos más al Kangchenjunga.
Hicieron cumbre pero durante el descenso, el español se
retrasó y perdió la huella de sus compañeros.
Durante tres días deambuló por la montaña
en un descenso dramático. Cuando ya se le daba por muerto
alcanzó el campo base. El resultado, la pérdida
de varias falanges por congelaciones en dedos de manos y pies.
El propio Silvio sufrió también congelaciones, aunque
pudo evitar las amputaciones. Al año siguiente, con las
heridas recién cicatrizadas, Pauner hizo cumbre en el G-I,
en cuyo descenso se despeñó un compañero
alicantino de expedición.
Juanito Oiarzabal, aún convaleciente de sus congelaciones
en el K2, guarda un especial cariño a una fotografía
que tiene más de veinte años. Sentados en el alfeizar
de un portal, en Katmandú, figuran cuatro jóvenes
escaladores, amigos inseparables por aquel entonces, en su primera
expedición al Himalaya. Uno de ellos es él, Juanito.
Los otros tres, Atxo Apellaniz, José Luis Zuloaga 'Zulu'
y Antonio Miranda, están muertos, todos ellos escalando
'ochomiles'.
Los ejemplos podrían seguir así, uno detrás
de otro. Tantos como alpinistas hay en este campo base. Casi tantos
como alpinistas hay en el mundo. ¿Qué es lo que
les hace volver, una y otra vez a las montañas donde muchos
han estado a punto de morir? ¿Donde han visto fallecer
a amigos y compañeros? ¿Donde ha sufrido más
allá de lo humanamente razonable?
Los motivos son variados: gusto por la emociones fuertes, afán
de superación, reconocimiento público... Aunque
las respuestas que dan los propios interesados para justificar
esa atracción fatal suelen ser tan pueriles como esquivas.
«Es como una droga», es una de las mas recurrentes.
Una forma como cualquier otra de no decir nada. ¿O sí?
Evidentemente, hay muchas razones para acudir a las grandes montañas
a vivir las sensaciones que una escalada al límite proporciona,
pero una de ellas es puramente física: la dopamina. Se
trata de una sustancia que, según investigaciones realizadas,
produce el cuerpo en situaciones de máxima tensión
o excitación, como la adrenalina y las endorfinas, y que
deja en la persona una sensación de bienestar que se ha
demostrado que es adictiva. Una especie de droga natural ¿Quien
no ha sentido una extraña sensación de satisfacción
interior tras realizar un esfuerzo extenuante o superar un peligro
inminente, sea de la naturaleza que sea?
Reinhold Messner es quizá uno de los que mejor lo ha explicado:
«La resistencia al miedo, pasar frío y el estado
que hay entre la supervivencia y la muerte son experiencias tan
fuertes que las queremos repetir una y otra vez. Nos volvemos
adictos. Curiosamente, nos esforzamos por regresar intactos y,
una vez estamos de vuelta, deseamos volver, de nuevo, al peligro».
Aunque es evidente que escalar no es una enfermedad, una patología
a la que se le pueda aplicar los parámetros de una adicción,
si que para algunos se convierte en un necesidad imperiosa, un
impulso casi irrenunciable. Quizá por eso, en 1997, el
alpinista y productor de documentales David Breashears, que ha
ascendido varias veces el Everest, creó Everest Anonymous,
una especie de Alcohólicos Anónimos para alpinistas.
Los socios fundadores, aproximadamente una docena de escaladores
que consideraron que habían pasado demasiado tiempo de
sus vidas en el Everest, establecieron incluso multas para aquellos
que intentasen volver a escalar la montaña más alta
del mundo. Peter Athans, uno de sus miembros, fue uno de los primeros
que rompió el acuerdo y cuando en 2002 hizo cumbre por
octava vez acumulaba ya 2.000 dólares en multas atrasadas.
El ego del hombre
Pero también hay factores culturales y emocionales que
llevan a los hombres a ponerse al límite de sus capacidades
en la montaña. Muchos lo sitúan incluso en el plano
de la evolución humana. «El hombre ya no tiene que
salir a cazar para comer», pero ese concepto de asumir riesgos
y superarlos sigue vigente en lo más profundo del alma
humana. «No necesitan comida, salen a ponerse a prueba ante
un reto. Tiene que ver con el ego del hombre», explica Conrad
Anker, el alpinista que en 1999 descubrió el cuerpo de
George Mallory, desaparecido junto con Sandy Irvine en 1924 en
el Everest.
Meses después Anker fue el único superviviente
de una avalancha en el Shisha Pangma en la que murieron Dave Bridges
y Alex Lowe, su mejor amigo. Tras aquello, Anker se comprometió
a reducir sus salidas a las grandes montañas, aunque reconoce
que no ha sido fácil lograrlo. Royal Robbins, uno de los
pioneros de la grandes escalada en EE UU, lo definió perfectamente
en una sola frase: «Si escalar fuera totalmente seguro no
tendría el mismo tirón».
El británico Joe Simpson, escalador que ha sobrevivido
a innumerables accidentes y autor de 'Tocando el vacío'
(Desnivel, 2004), una de las grandes obras de la literatura de
montaña, es quizá uno de los más preocupados
por los costes del alpinismo extremo. En ese sentido, su frase
«lo que define a la escalada es que mata» resume también
su filosofía. Al menos en teoría.
En la visita que le hizo a su casa de Sheffield, la escritora
María Coffey le entrevistó para su libro 'Los zarpazos
de la montaña' (Desnivel, 2003) cuando el alpinista estaba
a punto de terminar una nueva obra en la que proclamaba que dejaba
definitivamente la escalada tras sobrevivir de milagro a su enésimo
accidente, que le desfiguró la cara. Durante la entrevista,
Coffey le preguntó por sus planes cuando acabara el libro.
-«Vuelvo al Everest en septiembre».
-«Pero pensé que habías dicho que...»!
-«Quiero dejar de escalar, pero a mi ritmo. Y antes quiero
subir la Norte del Eiger», una de las paredes míticas
de los Alpes (donde unos meses antes había tenido que darse
media vuelta con su compañero al ver cómo una cordada
que escalaba junto a ellos se despeñó en plena tormenta).
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