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Alavés-Liverpool 17 / 05 / 01

La pasión, según el ‘Glorioso’

La afición albiazul, en minoría dentro del Westfalenstadion, vivió al ritmo que le marcó su equipo, desde el desfondamiento del comienzo al crecimiento final

Enviados especiales. Dortmund

Boskov definió el fútbol con esa célebre simpleza que se pavonea ya en la cúspide del tópico. «Fútbol es fútbol» y se quedó tan ancho. Pero anduvo corto. Es más que eso, bastante más. ¿Cómo explicar, si no, esa caravana sobre raíles del martes? ¿Esa paciencia bíblica para soportar los retrasos aéreos en las salidas de ayer? ¿O las dos horas de secuestro que una amplia parte de la expedición albiazul padeció en una pequeña sala de embarque de Colonia a la espera de los autobuses hacia Dortmund? Por todo aquello que Vujadin olvidó en su afán reduccionista.

El fútbol es una ilusión colectiva que ha empapado a Álava de manera homogénea. El erudito de la táctica, de la diagonal a la espalda de los centrales y del toque en corto se confunde sin problemas con aquel a quien aún se le atraganta el fuera de juego, esa impertinencia nacida para fastidiar a tu delantero ideal cuando va a encarar al meta contrario, un tipo –por lo demás– antipático.

Es, sobre todo, una fiebre ajena a los ritmos de la lógica. Permanente en las horas previas al partido –hasta el punto de superar una cadena de incomodidades– y sumamente inestable para la grada cuando los futbolistas –encarnaciones de la pasión– pasan, regatean y percuten sobre el terreno. Una excusa también para reivindicar folklores y raíces. Celedón, por ejemplo, bajó en Dortmund ante un gentío albiazul. Para todo el que llegó a la hora, claro está.

La afición albiazul batió a la roja antes del duelo. Quizá porque los ingleses, mayoría absoluta en el Parlamento del Westfallen –ocupaban muchos más escaños en ese diagrama de medio punto–, andaban confundidos. Pero vamos a ver, ¿quiénes son del Alavés? ¿Esos de txapela y blusa? ¿Los de camiseta rosa? ¿Los de blanco y azul? ¿Los del Boca Juniors? No les salían las cuentas. ¡Ah! ¿Que son todos?

Sí, todos esos. Aquellos sufridores de las matinales perdidas en Alonsotegi –tiempos duros de Tercera–, gente a lomos de las vacas gordas –no locas– y nuevas generaciones a quienes no les suenan Frechilla, Pana y Tobalina. ¡Vaya por Dios! Un mestizaje hechizado por el Deportivo que vivió al ritmo que le marcó su equipo. Hundido y desconcertado al principio; altivo y mandón después.

Emoción y milagros

Cubos de hielo por el pescuezo con cada tanto del Liverpool. Y un fuelle en el pecho para inflar el orgullo de la hinchada albiazul en cada reacción monumental de un conjunto admirable. El Westfalenstadion fue Anfiel Road a ratitos. Hasta que por buenos períodos se volvió Mendizorroza. Los seguidores vitorianos se subieron a los gambeteos de Contra y a los remates contundentes para sentirse los amos del mundo. Porque hace falta eso para silenciar a un orfeón inglés que emociona a las notas de su himno solidario y conmovedor.

Dignidad en la grada albiazul, a la par que el equipo. Incluso cuando los seguidores rojos retomaron el gobierno del estadio con la táctica ventajista de su cuarto gol. Los aficionados alaveses, con el viento de cara toda la noche, obraron el milagro de la multiplicación para reinar, de nuevo, en la prórroga. «A por ellos», decían y a por ellos fueron. Once contra nueve en el campo. Veinte mil contra el 40% en las tribunas. Pero el fútbol es un tallo que se yergue y se quiebra. Fiesta en la ida. Lástima de regreso.


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