Los vascos que viven
en Madrid afrontaron la trágica jornada de ayer
con el temor añadido de que se les «culpabilice»
de lo ocurrido.
Casi ninguno de los 2.800 socios de
la Euskal Etxea de Madrid se acercó ayer por
el señorial edificio de la calle Jovellanos
que, en pleno centro de la capital, alberga el centro
cultural y de reunión de los vascos residentes
en la ciudad. Al empujar el portón de madera
de la entrada, el visitante encuentra un silencio
espeso y alguna mirada huidiza. «Hable usted
con los de la junta directiva, aquí no sabemos
nada».
El profesor de euskera, hijo de vascos
nacido en Madrid, se explica, mientras apura un cigarrillo
tras otro. El presidente y el vicepresidente no han
aparecido en todo el día. Los alumnos de sus
clases, unos 160, tampoco, salvo alguno «y para
comentar el asunto». El lugar, normalmente bullicioso,
parece haber perdido el pulso y los pocos que quedan
allí «no somos quiénes»
para hablar del brutal atentado terrorista que ha
acabado con la vida de casi 200 personas. Al final,
el interlocutor cede. «Quiere que le diga la
verdad? Los vascos de aquí están todos
poniendo velas para que haya sido Al-Qaida, y no ETA».
Luis -es un nombre supuesto- es de Bilbao
y trabaja en una caja de ahorros vasca situada a unas
cuantas calles de la Euskal Etxea. Lleva apenas tres
semanas en su nuevo puesto «y mire qué
manera de empezar». También él
prefiere esperar a que la autoría del atentado
esté «plenamente confirmada» antes
de dar su opinión. La conversación con
él y todas las demás tienen lugar en
las primeras horas de la tarde, antes de que el ministro
de Interior, Ángel Acebes, confirmase que la
hipótesis de una acción de terrorismo
islámico quedaba también abierta.
En ese momento, todo eran «rumores»,
pero a ellos se agarraban los vascos de Madrid como
a un clavo ardiendo. El joven empleado de banca lo
explica con lógica aplastante. «Egoístamente,
prefiero que no haya sido ETA, para que no se nos
achaque a todos los vascos lo que han hecho unos pocos
desalmados. Pero, pensándolo fríamente,
casi es mejor que hayan sido ellos. Porque, si esto
es obra de Al- Qaida, este atentado puede ser el primero
de muchos».
«Le invito a champán»
En el cercano edificio de Jovellanos,
3, la inquietud se palpa en el ambiente. Han recibido
llamadas de medios de comunicación vascos y
ninguno de sus responsables parece estar localizable.
Algunos ni contestan al teléfono. En el restaurante,
los dueños se han atrincherado frente a una
pantalla gigante de televisión, que escupe
nuevas cifras de muertos. Mudo ante cualquier pregunta,
el cocinero también parece, mentalmente, poner
velas para que un rechazo a los vascos en Madrid no
arruine sin remedio su negocio.
Finalmente, uno de los miembros de la
junta directiva hace su aparición en Jovellanos.
Cuarenta años en la capital, acento cerrado
guipuzcoano, aspecto afable. Y da la clave de tanto
mutismo. «Si esto es cosa de los árabes,
le invito a una botella de champán».
Ruega encarecidamente que se preserve su identidad
-«es que esto tiene sus riesgos»- y puntualiza
que el hogar vasco de Madrid es un centro cultural
y de ocio completamente «apolítico».
De hecho, es un local de reunión
patrocinado por las tres cajas de ahorro vascas donde
los socios pueden asistir a charlas y conferencias,
dar clases de euskera, pintura, txistu y txalaparta,
ver los partidos del Athletic y la Real en pantalla
gigante, organizar excursiones y salidas al monte
y hasta sumarse al orfeón. También celebran
el Aberri Eguna y salen con la makila en Santa Agueda.
«Ojalá los que han hecho esto sean, como
poco, japoneses. No puede ser que los vascos pasemos
a la Historia por algo así», insiste,
antes de recordar que «algunas informaciones
extranjeras» -finalmente verosímiles-
apuntaban a grupos fundamentalistas árabes.
El temor a que ser vasco se convierta
en un estigma fue real durante toda la jornada. Los
taxistas, con la radio más alta que de costumbre,
aconsejan no dar demasiadas explicaciones si uno viene
desde Euskadi y algunos incluso se permiten chanzas
sobre la posibilidad de que haya una bomba escondida
en su vehículo. El magistrado del Supremo Joaquín
Giménez, en Madrid desde 1998 tras 17 años
en Bilbao, aporta la visión opuesta, convencido
de que España no dejará guiar su rumbo
«a golpe de impulsos terroríficos. La
sociedad española, lleve txapela o barretina,
es lo suficientemente madura y el Estado de Derecho
está vacunado contra un eventual enfrentamiento
entre sus ciudadanos. Eso es lo que le gustaría
a ETA, que cayéramos en esa trampa».
En voz baja
A la hora de vaticinar el futuro inmediato,
unos tienen confianza en el buen sentido de los madrileños.
«Pasará lo mismo que cuando mataron a
Miguel Ángel Blanco, cuando se acuñó
aquel lema de 'vascos sí, ETA no', seguro»,
aventura Luis, sin saber que un grupo de vecinos de
Atocha colocó por la tarde una pancarta con
esa leyenda en una de las fachadas de la zona.
En la Euskal Etxea --donde el mensaje
oficial es de «desaprobación y esperanza
en que no haya sido ETA»- no lo tienen tan claro.
«Esto es tan gordo, que la frontera de la distinción
entre unos vascos y otros se difumina. Sobre todo
si es tu padre o tu hijo uno de los muertos del tren».
Hasta el despacho llegan los murmullos de los pocos
trabajadores del centro, que charlan en voz baja con
un par de recién llegados. «Yo sí,
recibo muchísimo correo en euskera. Y se ve
por fuera del sobre, algo habrá que hacer...».
El directivo tiene, una vez más la clave. Después
de cuarenta años haciendo ostentación
de su boina por las calles de la capital, ayer cambió
de hábitos. «Gaur, txapela etxean».