Los ciudadanos de Madrid se convirtieron ayer en objetivo
de uno de los atentados terroristas más sangrientos
de la historia. Decenas de seres humanos, procedentes
de los barrios más humildes de la ciudad, se
vieron atrapados en una trampa espantosa. El desafío
que el terrorismo lanzó a la sociedad y a las
instituciones de la España democrática
obliga a éstas a combatir sin tregua al fanatismo.
El asesinato de cerca de doscientas
personas destrozadas por la explosión de una
cadena de bombas convirtió ayer Madrid en escenario
del horror a escala planetaria. El dolor y la impotencia
que mostraban los ciudadanos que pudieron salir vivos
del trance fue dejando paso a la dantesca visión
de cuerpos mutilados, esparcidos o atrapados entre
los hierros, y abandonados en un primer momento ante
el fundado temor de que pudieran estallar otros artefactos.
La muerte de un ser humano a manos de un semejante
constituye siempre el acto de injusticia más
extrema que pueda imaginarse. Pero los atentados de
ayer realzaron especialmente la inocencia de sus víctimas;
de personas que ni por un instante podían imaginar
que su vida iba a acabar de forma tan brusca y cruel.
Mujeres y hombres que se dirigían a sus puestos
de trabajo, niños y jóvenes que se trasladaban
a sus centros de estudio, pasajeros cotidianos que
ni siquiera pudieron despertar a la mañana
porque un plan terrorífico los había
señalado como objetivos.
La fecha de ayer ha quedado grabada
en la memoria colectiva de los españoles y
en las páginas de la historia que relatan los
actos más execrables de barbarie y brutalidad.
A medida que el anonimato al que la escalofriante
cifra de asesinados conduce a cada víctima
dé paso al relato de su peripecia humana, la
crónica de la masacre de Madrid se convertirá
en uno de los testimonios más espeluznantes
y aleccionadores sobre el fundamentalismo totalitario
como un mal que acecha a la humanidad en sus propias
entrañas.
Ayer cada ciudadano español pudo
identificarse con todas y cada una de las víctimas
que acabaron afectadas por las deflagraciones del
terror. Esta vez también ocurrió en
Madrid. Pero le hubiese podido ocurrir a cualquiera
en cualquier rincón de la geografía
nacional. Ese fue precisamente el mensaje que los
terroristas quisieron dejar escrito mediante tan aterradora
destrucción: la extensión de su amenaza
al conjunto de la sociedad española en forma
de chantaje atroz e ineludible.
El asesinato en masa de ayer demuestra hasta qué
punto puede llegar a ser cierto que todos los terrorismos
responden al mismo patrón fanático;
que todos los terrorismos persiguen inocular en los
ciudadanos sensaciones de inseguridad que hagan de
las sociedades libres comunidades desvalidas y vulnerables
ante la intolerancia extrema. Por eso mismo la entereza,
la serenidad y el comportamiento solidario de los
ciudadanos de Madrid se convirtieron en la esperanza
más firme frente a la dictadura del terror.
Son también esa entereza y esa serenidad las
que obligan al Estado de derecho a ofrecer a la ciudadanía
los mayores niveles de seguridad y confianza que la
democracia pueda brindar frente al grave desafío
lanzado por la violencia fanática.
Lo ocurrido delata que quienes urdieron
el plan terrorista no sólo pretendían
provocar el daño que provocaron, sino que en
realidad intentaron causar más muertes. Por
eso mismo sería inhumano e inútil especular
sobre las intenciones que albergaban los ejecutores
de tamaña ignominia, más allá
de la imposición de su propio poder fáctico
a una sociedad libre. La palabra diálogo constituye
una ofensa a la dignidad humana cuando se postula
que quienes perpetraron la matanza de Madrid sean
los interlocutores. La presunción de que los
paladines de la muerte actúan motivados por
ideales políticos mancilla el recuerdo de cuantas
mujeres y hombres han sido asesinados. Los remilgos
de quienes tratan de diferenciarse del terror sin
importunar en exceso a sus ejecutores representan
una afrenta hacia quienes tienen razones más
que fundadas para sentirse acosados por su violencia.
La masacre de ayer obliga a la unidad.
Pero la unidad no puede construirse de espaldas a
las víctimas de la masacre. Como si, una vez
identificados los cadáveres, los representantes
públicos pudieran medir sus pasos en función
de uno u otro cálculo político. Por
eso mismo, nadie puede escurrir el bulto ante la convocatoria
de las movilizaciones convocadas para esta tarde alegando
disconformidad con lemas o recorridos porque no hay
nada más urgente que la manifestación
de un clamor unánime contra el terror. Como
tampoco puede nadie pretender que la ciudadanía
acuda el domingo a votar olvidándose de una
realidad tan aterradora como la amenaza terrorista.
Porque también para ese día lo urgente
será que la masiva participación electoral
acabe acorralando al terrorismo como un mal que ha
situado a España en uno de los primeros lugares
de la barbarie a nivel mundial.
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