Sábado, 13 de marzo de 2004

Pabellón del dolor

Los familiares de las víctimas recibieron la noticia de la muerte de sus seres queridos a través de la megafonía de Ifema, tras horas de peregrinación por los hospitales

OLATZ BARRIUSO/MADRID

La vida truncada de una familia se anuncia por megafonía en el pabellón número diez de IFEMA. Hasta el momento en que el altavoz escupe el nombre y los apellidos del padre, el hijo, la esposa, el sobrino, el primo o el amigo todavía hay una esperanza. Cobijados en una manta de cuadros, apoyados en la mirada reconfortante de un voluntario o diluyendo la incertidumbre en un vaso de café, los cientos de personas que esperan noticias de sus seres queridos aún confían en abrazar a los suyos. Si el altavoz maldito amplifica el sonido de sus nombres, ya sólo les queda cubrir el trecho hasta el pabellón seis para identificar los restos. Ya sólo les queda la desesperación. «Toda la noche ha sido así. Se escuchaba un nombre por megafonía, y después los gritos y los llantos de los familiares. Ha sido un gota a gota macabro, desolador», explica un grupo de trabajadores de un centro de atención a drogodependientes de la capital, volcados ayer en la atención psicológica a las víctimas del 11-M en el recinto de acogida improvisado en uno de los módulos de la Feria de Madrid.

Su misión es tan necesaria como dura en un pabellón que es un hervidero de almas en pena, de gente que llora, que se derrumba, que sale en camilla vencida por el dolor, que busca desesperada a los desaparecidos. Son imprescindibles en la noche y la mañana eternas del depósito de cadáveres de IFEMA. Divididos en grupos de dos por familia, los profesionales -psicólogos, psiquiatras y trabajadores sociales- acompañaron a los afectados en la antesala de la tragedia, en las horas tensas que preceden al mazazo. Les llevaron comida y bebida, les ayudaron a revisar las listas de heridos facili- tadas por los hospitales, les escucharon, les consolaron. Tras el golpe, les acompañaron en el trance cruel de la identificación de los cuerpos -en muchos casos, mutilados e irreconocibles-, les ayudaron con los trámites burocráticos, con el traslado a los diversos tanatorios de la comunidad, prestaron oídos de nuevo a sus dramas. «Nadie puede imaginar el dolor que hay ahí dentro. Soy psicóloga y no puedo más», se lamentaba una mujer, sin poder contener las lágrimas, en la salida norte del pabellón.

Trágico cumpleaños

El dolor en el parque ferial Juan Carlos I es enorme y contagioso como una nube tóxica. Los voluntarios luchan por mantener la «compostura» que les permita seguir con su trabajo, pero también ellos se derrumban en ocasiones. Por eso, Estrella Rodríguez, directora de Intervención Social de la Cruz Roja, promete «cuidar» a quienes desinteresadamente colaboran con su labor y brindarles también a ellos apoyo psicológico. De inmediato se comprende que lo necesiten con sólo dirigirse a cualquiera de las familias rotas que, de forma incesante, entran y salen del recinto. Con sólo mirarles a los ojos.

-«¿Han perdido a algún familiar?».

-«A mi hijo. Hemos estado toda la noche buscándole por los hospitales, pero no han podido identificarle hasta hace poco. Vinimos aquí a las cuatro de la madrugada, y después otra vez a las siete. Se llamaba Abel García Alfageme. Siempre hacía transbordo en Atocha para ir a su trabajo. Era mecánico de ascensores. Ayer cumplía 27 años».

Marisol, la madre de Abel, llamó a su hijo al móvil temprano por la mañana para felicitarle por su cumpleaños. «Y ya nunca más pude hablar con él». Ella y su marido Francisco se marchan de camino al tanatorio. Detrás, un joven camina desencajado y tembloroso, aún bajo el 'shock' inmisericorde del altavoz. «Esto es una locura y un infierno. Mi mejor amigo ha muerto en el día de su cumpleaños. No es justo, no es justo, no es justo... ¿Por qué ha tenido que pasar?».

Es la fase de impotencia, desconcierto y perplejidad que describen los expertos y que sigue a la confirmación de la pérdida de un allegado. La rabia sorda e incontenible es también una posible reacción. Como la de los padres y los tíos de Carlos Sanz Morales, informático, 37 años, muerto oficialmente al alba. Como en una letanía, sólo repiten que «no hay derecho», que «es gente obrera» la que dejó su vida en las vías y se muestran partidarios de la pena de muerte para quienes asesinaron a Carlos y a otras casi 200 personas en la trágica mañana del 11 de marzo. Casi nadie se para aquí a pensar si ha sido ETA o Al-Qaida. Eso parece por el momento indiferente cuando el dolor es una nube tóxica que todo lo anega. Y queda la angustia, la crisis de ansiedad, la respuesta de bloqueo emocional. Es el caso de una señora que camina en círculos con las manos en la cabeza. «¿Ay, mi hijo, que me lo han matado! ¿Ay, que son las nueve y media y Miguel Ángel ya no llega!». El de una mujer filipina que yace desmayada en una camilla, mientras su sobrina llora apoyada en la carrocería de la ambulancia del Samur. El de una ecuatoriana que grita a un teléfono móvil que quiere llevarse el cadáver a su país mientras intenta tapar con las manos los objetivos de un enjambre de cámaras que caen literalmente sobre ella.

Hay muchos inmigrantes entre las víctimas. Filipinos, ecuatorianos, peruanos, rumanos, ucranianos, polacos, checos, marroquíes y hondureños. En sus historias, los kilómetros que les separan de sus hogares añaden un nuevo componente al drama. Saúl y Laura, un matrimonio hondureño, vivían en Vallecas. Él trabajaba en la construcción y ella era empleada doméstica. Dejan tres huérfanos de 15, 10 y 8 años, solos en España, con su abuela. Sus amigos intentan obtener ayuda de la embajada. Carlos, ecuatoriano y sin papeles, ha rodado ya por los hospitales y no se decide a entrar en IFEMA, temeroso de que su situación ilegal le cueste la expulsión del país. Alguien le explica que el Gobierno español se ha comprometido a no tomar represalias en estos casos.

Los desaparecidos

Y hay, aún, otra cara del dolor. Tal vez la más angustiosa porque en ella es imposible hallar serenidad. El dolor de aquellos que buscan a desaparecidos, que no saben si sus familiares se encuentran vivos o muertos. Su angustia es como una bofetada.

-«Perdone, ¿sabe si hay por aquí periodistas franceses?».

-«Sí, hay periodistas de muchos países. Andaban por ahí...».

-«Mi cuñada es francesa. Es traductora en la Biblioteca Nacional. Tiene una niña de nueve meses. Está desaparecida. Nadie nos dice nada de ella. A ver si ellos pueden meter presión con la embajada. Necesitamos que alguien nos ayude, por favor».

No son los únicos. Tampoco Wilson encuentra a su sobrino José Luis, de 16 años, que vino hace tres años desde Ecuador para estudiar en España. Sólo sabe que iba al colegio en tren y que le acompañaba su profesora. Y tantos y tantos otros, a quienes se reconoce por su andar presuroso y su mirada expectante en la que aún brilla un rescoldo de esperanza.

En la otra cara del dolor está el bálsamo benéfico del consuelo y la solidaridad. Lo humano y lo positivo que hay que sacar de una visita al pabellón número diez para evitar que flaqueen las rodillas. Para el padre Chavarría, de la parroquia de la Concepción de Pueblo Nuevo, la esperanza está, por supuesto, en Dios, pero también «en el voluntario que lleva un café, en saber que no estás solo, en luchar juntos». Para la psicóloga Consolación López y otros dos compañeros que la acompañan, la luz se ve en «el calor humano» que, pese a todo, han sentido en una noche trágica. Aunque, como se encargan de subrayar, nunca podrán borrar ya de su memoria la voz metálica de la megafonía y su terrible significado. Las familias sabían entonces que podían buscar el féretro de la víctima en la sección alfabética correspondiente a la letra de su apellido.