Viernes, 12 de marzo de 2004

Diez mochilas bomba estallaron en cuatro trenes en apenas tres minutos

El retraso de un convoy evitó que los terroristas volaran la estación de Atocha. Los artefactos contenían unos 1o kilos de explosivo y se activaron con móviles

AINHOA DE LAS HERAS/BILBAO

El 11-M pasará a la historia como el atentado más cruento de la historia de España. Los terroristas colocaron trece mochilas bomba con entre 10 y 12 kilos de explosivo cada una en cuatro trenes de cercanías de la línea C-2 de Renfe atestados de viajeros que partieron a partir de las siete de la mañana de Guadalajara y Alcalá de Henares. Testigos afirmaron haber visto en la estación de Alcalá a al menos dos individuos sospechosos que entraban con bolsas y salían de los vagones, aunque especialistas en la lucha antiterrorista atribuyen la acción a entre doce y veinte terroristas. Después, los harían estallar en cadena a través de control remoto mediante teléfonos móviles, según fuentes policiales, en las estaciones de Atocha, el Pozo del Tío Raimundo y Santa Eugenia, estas dos últimas barriadas del humilde distrito de Vallecas, al Sur de la capital. Diez de los artefactos explotaron en un intervalo de apenas tres minutos, a partir de las ocho menos veinte de la mañana. Los otros tres, colocados en Atocha y el Pozo fallaron, según el ministro de Interior, Ángel Acebes. La dinamita segó vidas, desató el pánico en Madrid y conmocionó al mundo.

Los artificieros de los TEDAX detonaron después de forma controlada otros tres coches-trampa que los autores de la masacre habían colocado con temporizadores en los alrededores de los apeaderos para asesinar a los sanitarios y policías que acudieran a auxiliar a los heridos. Al cierre de esta edición, el último balance elevaba a 192 el número de fallecidos y a 1.500 los heridos, muchos de ellos trabajadores y estudiantes que acudían a sus quehaceres diarios en plena hora punta. «¿Por qué?», era ayer la eterna pregunta que flotaba en el ambiente sin obtener respuesta.

Pisar cadáveres

Madrid empezó a temblar justo a las 7.39 horas. En ese instante estallaron en Atocha dos trenes: uno detenido junto al andén, y otro a quinientos metros, en la calle Tellez. El retraso de dos minutos de este segundo convoy evitó que los terroristas materializaran su plan de volar por los aires la estación de Atocha. En el primer tren había una carga en cada uno de los cinco vagones. Fuentes de Interior citadas por la cadena Ser situaron ayer en esta unidad a un terrorista «suicida», si bien este extremo no fue confirmado oficialmente.

La explosión sincronizada de seis bombas dentro de la estación habría multiplicado los efectos demoledores de la onda expansiva provocando un derrumbamiento, según aseguraron los arquitectos municipales.
Algunos supervivientes relataban cómo tuvieron que romper las ventanillas y pasar por encima de los cadáveres para escapar de aquel infierno. Los heridos deambulaban desorientados con los rostros tiznados de polvo y sangre y las ropas rasgadas a jirones. Y describían escenas terribles, casi «apocalípticas».

Pero, la pesadilla no había hecho más que empezar. A las 7.41 horas otras dos sacudidas partían en pedazos un tren de cercanías lleno de pasajeros en la estación de El Pozo de Tío Raimundo, una barriada de infraviviendas en una de las zonas más deprimidas de Madrid. En este escenario se produjo el mayor número de víctimas mortales, 67, según el balance provisional realizado ayer por Emergencias-Madrid. Obreros con tarteras, estudiantes con carpetas y madres con sus hijos en brazos viajaban en el convoy cuando les asaltó la primera detonación. El vagón central se desintegró literalmente.
Cuando huían del amasijo de hierros, otra bomba explotaba en una marquesina de la estación y les alcanzaba de nuevo, según explicó Eva, una joven madrileña. El colapso de las ambulancias, que no daban abasto, llevó a numerosos heridos a montar en autobuses urbanos para acercarse hasta algún centro hospitalario.

Casi simultáneamente, otra explosión retumbaba en el corazón de la cercana estación de Santa Eugenia, también en Vallecas. «Ha sido dantesco, una auténtica carnicería: humo, cuerpos destrozados, gritos de pánico, personas atrapadas en los asientos y trozos de tren por todas partes», describía conmocionado uno de los pasajeros.

Entre el horror, también hubo muestras de solidaridad. Los vecinos de las viviendas colindantes a la estación se echaron a la calle para consolar a las víctimas. «Bajaban mantas y sujetaban con la mano los goteros que los sanitarios colocaban a los heridos más graves». Otros hicieron cola en los autobuses para donantes hasta saturar los bancos de sangre.
Los rumores sobre nuevas amenazas de bomba hacían mella entre los ciudadanos, que corrían despavoridos de un lado a otro. «La gente estaba acongojada, triste, como zombie. Todos pensábamos que nos podía haber tocado. Esos trenes los coge gente que vive en los extrarradios; muchos van con sus hijos para dejarlos en la guardería, pero ¿qué clase de monstruo puede alimentarse así con la sangre de otros?», se preguntaba Bego, una bilbaína que vive frente a la estación de Atocha y a la que despertó la primera bomba.

Morgue de urgencia

Antes de las ocho de la mañana, las tres zonas azotadas por el terror ya estaban bajo control policial, el SAMUR había improvisado un hospital de campaña y los Bomberos buscaban cadáveres entre los hierros retorcidos de los vagones. Los restos mortales fueron trasladados a una morgue de urgencia habilitada en el parque ferial Juan Carlos I de Madrid.

A las 10.00 horas, Madrid era una ciudad fantasma. La 'operación jaula' desarrollada por la Policía impedía cualquier intento de abandonar la urbe. La línea 1 del metro y el servicio ferroviario suspendieron su servicio y las entradas a la ciudad se colapsaron. El Cuerpo Nacional de Policía localizó una furgoneta sospechosa aparcada en Alcalá de Henares. Dentro había siete detonadores y una cinta en la que habían sido grabados «versículos del Corán», según detalló en una comparecencia pública a las ocho de la tarde el ministro Acebes, para quien todas las hipótesis sobre la autoría del atentado están abiertas.

Poco a poco, a medida que se apagaba el machacón ulular de las sirenas, el silencio ganó las calles y los madrileños se refugiaron en sus casas. Desolado, un ministro del Gobierno espetó: «España ya tiene su 11-M».