Viernes, 12 de marzo de 2004

Matanza en los trenes de cercanías

Una cadena de diez explosiones mata a 192 personas y hiere a 1.500, en el mayor atentado de la historia en España. La masacre sume a cientos de familias en la desesperación y el dolor

LOURDES PÉREZ/BILBAO

Son las ocho de la mañana cuando el tiempo y la vida se quedan detenidos en la madrileña estación de Atocha. En medio de los alaridos de pánico y dolor, del desbocado ulular de las ambulancias y los vehículos policiales, un empleado de Renfe se entrega, frenético, a atender heridos y a liberar víctimas atrapadas en los vagones repletos de pasajeros que acaban de reventar en plena 'hora punta'. Espantado por lo que tiene ante sus ojos, el trabajador intenta gritar, desahogarse, abre la boca pero es incapaz de articular una sola palabra. No puede. Porque ¿cómo se expresa la desolación extrema, cómo se reacciona ante el horror que se multiplica por todas partes, aniquilando cualquier humanidad? ¿Cómo asumir que exista alguien tan despiadado como para cargar de explosivos cuatro trenes de cercanías, asesinar a 192 personas y dejar malheridas y marcadas para siempre a 1.500 más?

El terrorismo dio ayer un golpe militar contra la convivencia y la democracia, a falta de apenas tres días para unas elecciones generales que se van a celebrar con las urnas enlutadas y bajo una turbación colectiva muy difícil de sobrellevar. Una conmoción que crecía al angustioso compás de la histeria, de la imparable cifra de muertos y de la desesperación de cientos de familias, que ni siquiera pueden canalizar su indignación contra el responsable de su drama porque éste aún no tiene un rostro indudable; aunque el ministro de Interio atribuyó a mediodía la autoría a ETA, a primera hora de la noche extendía las sospechas a los grupos islámicos. Al-Qaida lo reivindicó poco después a un diario de Londres en lengua árabe.

La de ayer es la mayor matanza perpetrada en España y en Europa -tras la de Lockerbie de 1988- y se emparenta trágicamente con las cometidas en Bali o en Irak. Pero no fue allí donde viajó la memoria del pueblo de Madrid, sino a las escenas de ciudadanos envueltos en polvo y sangre que corrían despavoridos por las calles de Nueva York el 11 de septiembre. Cientos de madrileños, la mayoría trabajadores y estudiantes del cinturón obrero de la capital, se sintieron en el centro mismo «de la guerra». Una guerra en sólo diez minutos. Diez de las trece mochilas cargadas de explosivos con las que los terroristas habían sembrado el Corredor de Henares hicieron saltar por los aires vagones de cuatro trenes, cuando la ciudad comenzaba a desperezarse. La muerte y el pánico se adueñaron primero de la céntrica estación de Atocha, antes de prender en el apeadero del barrio de Santa Eugenia y en el popular Pozo del Tío Raimundo, durante décadas unos de los enclaves más deprimidos de la capital.

Sacudida

Las siete explosiones casi consecutivas en Atocha provocaron tal sacudida que algunos coches que circulaban por las inmediaciones botaron sobre el asfalto. Un joven que se dirigía esa hora a su puesto de trabajo, a escasos 200 metros de la estación, escuchó en la radio, sobrecogido, las primeras noticias que anticipaban la masacre. Aparcó apresuradamente y, sin pensarlo dos veces, corrió hacia los andenes para prestar su ayuda. Y él también enmudeció. «Era impresionante. La gente gritaba e iba de un lado para otro, desorientada, sin saber qué hacer. Las ambulancias no llegaban. Luego, empezaron a traer autobuses con médicos y enfermeras de ambulatorios y centros sanitarios. Había personas mutiladas, otros con brechas, muchos heridos...»

Los voluntarios espontáneos como él y los miembros de los servicios de emergencias contemplaron, horrorizados, cómo los cadáveres se amontonaban en los vagones, reducidos a un amasijo de hierros. Abriéndose paso en medio de la destrucción, los heridos comenzaron a ser evacuados a los principales hospitales de la capital, donde la solidaridad ciudadana obró el milagro de poder disponer de unidades de sangre suficientes para afrontar operaciones y curas de urgencia. El miedo a perder a un ser querido se extendió en ondas concéntricas entre los familiares y amigos de las víctimas, con el mismo efecto que provoca una pesada piedra al caer en un estanque. Unos se desplazaron hacia los lugares del atentado con el corazón encogido, otros se agolparon en los hospitales con los nervios rotos y deshechos en llanto. El Servicio de Emergencias 112 recibió más de 4.000 llamadas de inquietud y desasosiego.

De pronto, el caos y el aturdimiento comenzaron a convivir con un silencio pesado y envolvente, de funeral; y los madrileños iniciaron un doloroso peregrinaje hacia el recinto ferial, improvisada capilla para los que iban muriendo. El policía Isidoro Zamorano acababa de dejar a sus tres hijos en un colegio del Pozo cuando estallaron las dos bombas abandonadas allí por los terroristas. Curtido en el Norte, Isidoro intuyó de inmediato la tragedia. Ayudó a rescatar cadáveres y heridos, sumergido «en un olor raro, a pólvora, a mala cosa». «Lo tengo muy dentro», confesó a este periódico con voz quebrada. Como al resto de la ciudad, al agente se le anudaron las lágrimas en la garganta, pero no pudo llorar. Ni siquiera al recordar lo que siempre llevará agarrado a su memoria: la falta de «respeto» hacia los muertos para poder salvar a los vivos.