Símbolo de regeneración

CÉSAR COCA

El museo es sólo un factor, ni siquiera el más importante, de la renovación de Bilbao, pero se ha convertido en el icono de la misma

DEL EUSKALDUNA AL MAR. Todo el tramo de la ría desde el palacio Euskalduna hasta su desembocadura, vive un proceso de rápida y profunda transformación./ JESÚS CANTERO/ AIR QUALITY
La transformación de Bilbao comenzó casi dos años antes de que el Guggenheim abriera sus puertas, con un acto menos glamouroso pero mucho más multitudinario: el 11 de noviembre de 1995 se inauguraba el Metro, cuya imagen de marca son las enormes bocas de acceso de cristal y acero diseñadas por Norman Foster. Un parentesco estético más que evidente con las escamas de titanio que cubren la mayor parte del edificio de Gehry, y también un paralelismo en su trascendencia para la ciudad: si el metro fue el punto de arranque del proceso de cambio, el museo se ha convertido en un icono de cara al interior y el mejor elemento de marketing de la ciudad más allá de los límites del País Vasco. El primero es mucho más relevante para la vida diaria de los ciudadanos, pero el segundo ha devuelto a los bilbaínos el orgullo de serlo y sobre esa base ha sido posible crear una nueva ciudad. Y generar mucho dinero en torno a ella, buena parte procedente de un sector turístico con el que nadie habría soñado a comienzos de los noventa.

Porque el Guggenheim es en sí mismo una máquina de generar negocio, dado que en la actualidad nueve de cada diez visitantes procede de fuera del País Vasco. Eso supone un elevadísimo número de turistas, dado que el museo llegará en breve a los diez millones de visitantes acumulados desde su apertura. Y una proporción además que está aumentando, año a año. Un estudio de una consultoría, encargado por el propio museo, estima en 1.571 millones de euros el PIB generado desde su apertura hasta finales de 2006, lo que se traduce en unos ingresos para la Hacienda foral vizcaína de 259 millones.

Beatriz Plaza, profesora de Economía en la Universidad del País Vasco, estudia la realidad económica del Guggenheim desde su puesta en marcha y ha calculado que los ingresos obtenidos en concepto de impuestos pagados por los visitantes permitirán a la Diputación recuperar su inversión en una fecha comprendida entre 2010 y 2014 (depende de la evolución del número de visitantes). En ese momento, los ingresos serán iguales a los gastos generados por el museo en los primeros veinte años de vida, que comprenden la construcción del edificio, los terrenos, los pagos a la Fundación Guggenheim, la financiación del déficit de funcionamiento y la compra de obras para la colección propia en ese período, suponiendo que se mantengan los seis millones de euros al año actuales. Según su cálculo, con la estructura de gasto actual del museo y una vez hechas todas las amortizaciones, el museo debería mantenerse por encima de los 700.000 visitantes de fuera del País Vasco para que no le costara dinero a las instituciones; es decir, para compensar sus gastos (compra de obras y financiación del déficit) con los ingresos (impuestos pagados por los visitantes).

Al margen del propio balance económico de la Administración, la actividad del museo ha servido también para generar empleo en el sector servicios, sobre todo en la hostelería. La profesora Plaza ha calculado que se han generado algo más de 900 empleos de manera directa y entre 200 y 300 inducidos. En total, un máximo de 1.200 puestos de trabajo deben su existencia de una u otra forma a la pinacoteca.

Impacto turístico

El elevado número de visitantes del exterior ha propiciado el desarrollo de un sector turístico que hasta la inauguración del Guggenheim tenía muy escaso relieve. En palabras de Juan Luis Laskurain, director general de la Cámara de Comercio de Bilbao y diputado de Hacienda en el momento de la gestación del proyecto Guggenheim, de Bilbao se sabía en España y en el extranjero, pero era una ciudad a la que no se venía. Ahora de Bilbao se sabe y a Bilbao se viene. Sin embargo, incluso el apreciable incremento del turismo debe ser puesto en su contexto. Desde 1999, el número de viajeros (españoles y extranjeros) llegados al País Vasco ha crecido alrededor un 38%. En el conjunto de España ronda el 40%. Es decir, que el 'tirón' turístico de Bilbao no ha servido para que Euskadi supere la media española en cuanto al crecimiento de visitantes. De hecho, hay ciudades y provincias que sin un 'artefacto' tan poderoso han visto cómo el número de sus visitantes crecía bastante más.

Lo que sí ha ocasionado ha sido una redistribución interior del turismo. Hasta la inauguración del Guggenheim, Guipúzcoa era el destino principal de casi la mitad de los visitantes, mientras que Vizcaya apenas recibía una tercera parte. Eso ya no es así: Vizcaya se lleva ahora el 45% de los turistas que llegan a Euskadi, en detrimento sobre todo de Guipúzcoa, que ha caído hasta el 40%.

Con un efecto sobre el turismo que por tanto debe ser matizado y, como dice la catedrática de Economía de la UPV Marisol Esteban, una manifiesta incapacidad para promover la creación de un sector cultural poderoso, la mayor aportación del Guggenheim es sobre todo intangible: se ha convertido en la tarjeta de visita de Bilbao en el mundo y se ha alzado como el gran icono de la nueva ciudad.

Una ciudad nueva

Aeropuerto de Loiu. ./ JESÚS CANTERO/ AIR QUALITY

De la misma forma que el metro ha articulado la ciudad bajo las calles, al convertirse en el principal y más eficaz medio de transporte, la ría se convertido en el nuevo eje de desarrollo. La reordenación de la zona de Amézola es espectacular, pero el verdadero centro de atención del Bilbao del siglo XXI está en la ría. El Guggenheim se alza en su orilla, en una zona que tras la reconversión industrial había quedado abandonada. Cuando se inauguró, era un destello de belleza en mitad de un paisaje urbano desolador. Diez años después, la zona es irreconocible. A lo largo de los 348.500 metros cuadrados de suelo público que van desde el puente de la Salve hasta el Euskalduna (habría que sumar la renovación de otros 127.200 metros a la orilla de la ría entre San Antón y el museo) , se ha construido el nuevo centro de la villa, con una combinación de parque, paseos, servicios y viviendas; todo ello, mirando hacia la durante décadas despreciada ría. La recuperación del eje fluvial ha continuado además hacia el mar. La reconversión de una amplísima zona de Barakaldo, comprendida entre el puente de Rontegi y el río Galindo, en total 603.000 metros cuadrados de suelo público destinado a usos comerciales, residenciales y de ocio, sigue el modelo de Bilbao y habría sido imposible sin su exitosa experiencia anterior.

El proceso de cambio acelerado de la Villa y su entorno más inmediato es una pescadilla que se muerde la cola, pero que tiene siempre al Guggenheim en su centro. Como explica la profesora Esteban, el museo recibiría menos visitantes si no estuviera el palacio Euskalduna, que con su gran actividad congresual le 'suministra' muchos miles de turistas cada año. Pero el Euskalduna no atraería tantos congresos si no existiera el Guggenheim, y es posible que la recuperación de la ría se hubiese demorado décadas si no se hubiesen construido ambos edificios en su misma orilla.

Los datos

Coste: Hasta el día que abrió sus puertas, el Guggenheim había costado 126,5 millones de euros, a los que había sumar otros 32,3 millones de la colección permanente.
Pendiente: Según el estudio de la prof. Plaza, a día de hoy quedan pendientes de recuperar unos 40 millones
Riqueza generada : Según el estudio encargado por el museo, ha generado hasta ahora un PIB de unos 1.750 millones.
Ingresos fiscales : La Hacienda vizcaína ha ingresado unos 280 millones por el gasto realizado por los visitantes.
Empleo: Plaza estima que ha generado algo menos de 1.200 empleos.

Es el conjunto de las obras acometidas lo que ha hecho renacer el maltrecho orgullo de una ciudad que lo había tenido para exportar. Sin embargo, el cambio de mentalidad se ha quedado en la superficie y no ha logrado calar en algunos aspectos esenciales. «Estamos desaprovechando una gran oportunidad para crear una verdadera ciudad de servicios», explica Laskurain. A su juicio, ese es uno de los puntos débiles de un proceso de transformación que presenta un balance tan exitoso. «Aunque se hayan instalado hoteles de cuatro y cinco estrellas y tiendas de marcas internacionales, la ciudad no da plena satisfacción a quien viene a visitarla. Hace falta un cambio de actitud», reclama. Entre los factores que lo hacen necesario está la rigidez generalizada en numerosos servicios, con problemas como unos horarios comerciales que son propios, explica, «de una sociedad industrial y no de una sociedad que quiere basar su desarrollo en los servicios. Lo que estamos haciendo es poner en peligro la ola de crecimiento en la que nos hemos subido». Laskurain reclama un esfuerzo para desarrollar el sector del ocio, porque no sabe «hasta cuándo el Guggenheim tendrá tirón por sí solo para seguir atrayendo visitantes».

En cualquier caso, a la pinacoteca nadie la podrá responsabilizar por ello. De hecho, su éxito económico -al margen de su contribución cultural- no tiene apenas parangón. Sólo la Tate Modern Gallery de Londres, recuerda la profesora Beatriz Plaza, ha tenido un rendimiento semejante, pero hay que medirlo de manera distinta porque Londres y Bilbao no son ciudades comparables. Un éxito que genera y se apoya en muchos factores distintos -no es casualidad que la mayor afluencia de público se haya dado durante las dos treguas de ETA-, algunos planificados y otros aleatorios. Y que, como reitera Plaza, no debería tomarse como modelo a la hora de planificar la revitalización de otras ciudades, porque el proyecto y todo cuanto lo rodea se han beneficiado de unas circunstancias que probablemente son irrepetibles.



 
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