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AULA DE CULTURA VIRTUAL

POLÍTICA Y LITERATURA
El fin de la utopía
D. Jorge Volpi


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Entonces, atendiendo a ciertos momentos clave que están retratados en la trastienda de la historia propiamente novelada y que tienen que ver con esta idea de la Izquierda revolucionaria, y especialmente con lo que sucedió en mi país, en México, recorreré a continuación el itinerario de dicho movimiento hasta el día de hoy. Incluso, a diferencia de lo que ocurre en la novela, que llega hasta 1989, intentaré llegar todavía un poco más lejos y aplicar a la actualidad algunas de las enseñanzas de esta Izquierda revolucionaria y de su enfrentamiento enloquecido con el poder. Así pues, la novela empieza en 1968, ya lo he dicho, y esto se debe a dos razones: una puramente autobiográfica, casi egoísta, y es que yo nací en ese año (y como decía José Emilio Pacheco, el gran poeta mejicano: «Muchas veces, uno permanece obsesionado por saber qué es lo que ocurrió en el año en el que uno vio la luz por primera vez»), y otra histórica, puesto que 1968 fue un año clave en la historia del mundo y particularmente dramático en la historia reciente de México. Por cierto que, a propósito de esto, no hace mucho tiempo recordaba yo con otro amigo escritor también nacido entonces que cuando éramos adolescentes decíamos en broma que probablemente lo más importante que haríamos en nuestras vidas sería haber nacido en 1968. Y es por esa obsesión de encontrar el origen de nuestra generación por lo que años más tarde decidí dedicar un ensayo al movimiento estudiantil de ese año; sobre todo a la relación que los intelectuales tuvieron con este movimiento.

No obstante, quizá valga la pena reflexionar sobre el propio término intelectual antes de comenzar a recorrer ese itinerario del que les hablo, ya que suele sonarnos tan confuso y pomposo que no llegamos a entender por completo su sentido. Desde luego, hay disparidad de criterios siempre que se trata de definir qué es exactamente un intelectual; para muchos, es cualquiera que ejerza una profesión relacionada con la inteligencia, por lo que todas las profesiones liberales, la medicina, la ingeniería, la computación o el arte, estarían desarrolladas por intelectuales. Sin embargo, yo quisiera establecer una distinción ya hecha por un poeta y ensayista mejicano, Gabriel Zaid, para referirse directamente a tal concepto en el sentido restringido del término: «El intelectual -dice Zaid- es aquel artista o creador que opina en cosas de interés público con autoridad moral entre las elites». Es decir, que no es intelectual el científico artista o escritor que sólo se dedica a su profesión, sino el que, además de eso, actúa como personaje de la vida pública, opina públicamente, esto es, a través de los medios de comunicación o de los libros, y cuenta con la aprobación de la propia opinión pública, que en definitiva es quien otorga una legitimidad a lo que manifiesta. Me estoy refiriendo, por tanto, a quienes en su trabajo contribuyen a modelar dicha opinión pública y acrecentar el debate intelectual sobre asuntos que interesan a toda una comunidad para que esté más informada y tenga mayor peso en cuestiones como la elección de sus dirigentes, por ejemplo.

Pero retomemos el tema que nos ocupa ahora porque en ese año 1968 no sólo se inicia El fin de la locura, sino también, y de forma simbólica, la vida de esta Izquierda intelectual y revolucionaria. Así pues, les comentaré el caso mejicano, que me resulta apasionante, para, a partir de ahí, hacer un retrato muy rápido de esa época. En principio, y como sucede en la mayor parte de los movimientos estudiantiles que se llevan a cabo en 1968, se dan varios fenómenos parecidos. Digamos que en mi país hubo una enorme resonancia de los movimientos estudiantiles ocurridos en Europa tiempo antes, desde 1966; particularmente, los de Francia, Alemania y Estados Unidos. Todos ellos, además de las circunstancias particulares que atañían a cada país, tenían en común su oposición a la guerra de Vietnam y a la intervención de Estados Unidos en ella (algo que, por cierto, hace clara referencia a lo que está ocurriendo hoy día en nuestras calles), y en México también sucedió casi la misma cosa, ya que su movimiento revolucionario nació del rechazo exacerbado al imperialismo norteamericano, como se hacía llamar en ese momento esa vertiente del poder estadounidense.

Claro que, por otra parte, este movimiento estudiantil mejicano compartía con los demás no sólo lo positivo, sino también lo negativo, esto es, la necesidad de recurrir a la violencia como método disuasor y como paso para la transformación social. Efectivamente, este fenómeno se repetía en París, Berlín, Estados Unidos, Brasil, Italia, etc.: un pequeño grupo de estudiantes se reunía para protestar por algo, normalmente por la guerra de Vietnam, les decía, pero también por asuntos meramente internos, y a esa pequeña protesta le sucedía una represión policiaca que generaba, a su vez, una nueva protesta, y dicha protesta era contestada con una represión policiaca aún más grande, con lo que la espiral continuaba creciendo hasta que el movimiento se hacía incontrolable. En México, el pequeño suceso que dio origen a las movilizaciones fue más bien banal, puesto que éstas comenzaron cuando los chicos de dos escuelas de Secundaria y Preparatoria respectivamente se enzarzaron en una pelea tras un partido de fútbol. Llegó la policía dispuesta a disolver al grupo y comenzó a golpear indiscriminadamente a unos y otros en un acto de represión típico de la época (en esos momentos, México estaba dominado por el Partido Revolucionario Institucional y por un presidente especialmente autoritario, Gustavo Díaz Ordaz, que era conocido entre los estudiantes como El Mandril porque efectivamente tenía una cara muy parecida a la de dicho animal).



 

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