YO Y TU, OBJETOS
DE LUJO
Claves para entender la sociedad de nuestro tiempo
Dr. D. Vicente Verdú
Escritor y periodista
Bilbao, 30 de enero de 2006
Precisamente
en relación con los demás -el subtítulo de mi
libro es "El personismo en la primera revolución cultural
del siglo XXI"- quiero referirme al contacto superficial y múltiple,
pero no esencialmente negativo, que mantenemos con ellos. Así,
guardamos muchas direcciones de personas en el móvil que, necesariamente,
no son amigos muy entrañados, y otro tanto sucede con Internet.
La gente se relaciona en ella no cuerpo a cuerpo, con todo su artefacto
personal, tan complejo de encajar, sino porque se comparte con alguien
la afición con los animales, el amor a las plantas, el juego
del sudoku, etc. Es fácil relacionarse con los demás
si los fragmentamos, porque lo complicado siempre es la pareja, es
decir, la relación tú a tú, la pretensión
de ensamblar mundos diferentes, etc., que era la pretensión
de las parejas en nuestros matrimonios: hacerse una misma carne.
Sin embargo, es sintomático
que en nuestros días abunden libros o películas que
inciden en la cuestión (me refiero, por ejemplo, a Lucía
Etxebarria y su Ya no sufro por amor; o a los filmes El otro lado
de la cama, Los dos lados de la cama o Días de fútbol,
del guionista David Serrano, o la italiana Manual de amor). En estas
obras viene a decirse que esa relación, en la que depositábamos
nuestra vida y esperábamos la vida del otro, es ya una pretensión
incoherente con todo este otro mundo de cambios o de ensamblajes más
flexibles. La fidelidad a los objetos no es la que era, ni lo es la
fidelidad entre personas. En las películas de David Serrano,
la infidelidad es sucesiva e incesante, y el grupo funciona, se recoge,
se recrea y se reconstituye. Con las tragedias del amor pensábamos
que el amor es eterno, y nos hacían víctimas de los
destrozos y desgarros que se producían a través de la
separación. Ahora, en cambio, cuando el entorno es tal que
la gente se separa, ese traumatismo no es tan fuerte. De hecho, la
lección que se aprende en Manual de amore es ésa: a
lo largo de la película se asiste a amores que, efectivamente,
nos dejan muy doloridos, pero después aparece una oportunidad
y recomienza la historia.
En definitiva, a través
del proceso del consumo hemos vivido un contacto con los objetos.
Nos hemos abastecido de ellos y hemos llegado, como es obvio, a comprobar
que los objetos no pueden darnos la satisfacción plena. El
fenómeno es casi freudiano -si pensamos en la relación
entre el niño y la madre, y cómo aquél no encontrará
nunca jamás en el mundo una presencia como ésa-, y,
tras la experiencia de acumulación de objetos sin saciar (basta
recordar esa figura tan individualista, que se acentuó a finales
de los años noventa, de la persona encerrada en casa y acompañada
de todos los adelantos de la tecnología), la tendencia de consumir
está girando, a mi modo de ver, hacia una degustación
de los demás, muy presente en Internet y en todas las ofertas
de reuniones, comunicaciones y trato con los otros que se organizan.
Se ha comprobado que la
incomunicación personal constituye el mayor déficit
que arrastramos y, por tanto, el elemento donde podría existir
mayor demanda. Así, con las nuevas tecnologías de la
comunicación se desarrollan por todas partes chats, se escriben
mensajes cortos, etc., porque hay demanda de comunicación con
los demás. Ahora bien, la clase de comunicación que
se pone en práctica no es profunda, sino superficial.
Hemos aprendido del consumo
esta idea, que también sucede con las personas. Se suele decir
que, en la actualidad, las personas o las parejas se aguantan menos,
y es cierto; se aguantan menos porque la actitud ya no es la de antes
(tener que hacer funcionar la relación o convivir con ese relativo
funcionamiento).
Por todo ello, llamo "personismo"
a esta idea de una comunicación más superficial, efímera,
fragmentada y parcial. Se está con los demás porque,
realmente, la felicidad no correlaciona con el dinero, ni con la cultura,
ni con la inteligencia, ni con el sexo ni con la riqueza. La felicidad
correlaciona sobre todo con la comunicación, algo que, por
cierto, las mujeres siempre han tenido más claro que los hombres.
Esa idea personista de no asumir grandes compromisos en todas las
facetas de la vida (política, consumo, pareja, etc.), de compromisos
circunstanciales más o menos largos y ricos, pero no eternos
ni muy profundos, es lo que me parece que se está desarrollando
como una fase superior a la de "esperar demasiado de los objetos".
Ahora esperamos más del trato con las personas, siempre que
ese otro no se cruce tanto en nuestra vida como para que la entorpezca.
De hecho, las parejas que ahora se toman como modelos del tiempo suelen
denominarse en inglés living apart together (vivir juntos,
pero aparte).