<<<ANTERIOR
/ SIIGUIENTE>>>
En este sentido, recuerdo que en TVE vivimos una situación muy complicada. Un grupo interno en torno a aquel llamado "Comité Antimanipulación" nos exigía perentoriamente que cortáramos la emisión normal de la tarde para ofrecer en directo la manifestación en la calle Génova. El pretexto era que se trataba de una manifestación espontánea. Contesté que yo tenía otro concepto de la espontaneidad y que no pensaba cortar la emisión y dar una programación especial por dos razones. En primer lugar, dije que quienes se encontraban en aquella manifestación estaban ejerciendo una campaña de agitación política de claro tinte trosquista. En efecto, Trotsky proclamaba que para tumbar un gobierno no hace falta una gran masa que salga la calle, sino una pequeña minoría que controle los puntos neurálgicos de una ciudad. Precisamente, hoy día los puntos neurálgicos no son ni las centrales eléctricas ni los trenes, sino los medios de comunicación. Es decir, basta con fabricar un suceso que, después, un medio de comunicación, actuando como caja de resonancia, convierta en un acontecimiento de una dimensión y de una importancia mucho mayores.
En segundo lugar, respondí que entendía que estábamos en jornada de reflexión. Por ello, todo lo que supusiera romper una programación habitual para emitir en directo una manifestación de contenido y de carácter político entraba dentro de lo que podía constituir una violación expresa de la jornada de reflexión.
Aquella noche se cierra con dos intervenciones políticas. La intervención de Pérez Rubalcaba fue, desde mi punto de vista, una vergonzosa manipulación; y la de Mariano Rajoy constituyó un profundo error de comunicación política. En efecto, el gran error político lo comete Mariano Rajoy porque entra en el juego de quienes, desde la calle, están presionando al PP diciendo que los atentados tiene que ver con la posición del Gobierno en relación con la guerra de Iraq, por lo que alguien debe salir y reconocerlo. Hasta las nueve de la noche, esas manifestaciones tenían una dimensión muy acorde con lo que eran en ese momento: pequeños grupos (centenares de personas) y en algún caso (Barcelona, Valencia y Madrid) reuniones de 1.500, 2.000 o quizá 3.000 personas que estaban en la calle protestando ante las sedes del PP. Cuando Mariano Rajoy sale aquella noche y dice la célebre primera frase de su intervención ("Buenas noches, soy Mariano Rajoy"), otorga carta de naturaleza a lo que estaba ocurriendo, dándole más importancia de la que probablemente encierra y cometiendo el error de implicarse como candidato a la Presidencia del Gobierno en una pelea que quizá no es la suya. Además, ofrece la oportunidad para que después Pérez Rubalcaba propinara lo que yo llamo "el puñetazo a un gobierno paralítico".
En este país, muchas veces se ha acusado a la televisión pública de ser genuflexa al poder o al Palacio de la Moncloa. Pues bien, llegados a este punto, quiero recordar dos detalles de aquella noche en la que toda la clase política de este país había perdido los nervios y la cabeza. Solamente hubo una televisión de ámbito nacional que transmitió en directo las comparecencias de Mariano Rajoy y de Pérez Rubalcaba. Evidentemente recibí presiones y las cito en el libro para emitir la de Rajoy y para no emitir la de Rubalcaba. Sin embargo, TVE ofreció las dos porque entendíamos que nuestro trabajo, en rigor periodístico y en rigor de información, era ofrecer ambas comparecencias.
Sin embargo, aún hay más. En aquella noche en la que la clase política realizaba un ejercicio delirante para ver quién se llevaba el gato al agua al día siguiente, la única televisión que esa noche puso en conexión los atentados de Casablanca de mayo de 2003 con los atentados de Madrid de marzo de 2004 fue, en efecto, TVE, a través de una conexión en dúplex con nuestro corresponsal en Rabat Miguel Ángel Idígoras. Nadie más habló aquella noche de esa conexión.