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Transcripción de la conferencia del filósofo y
escritos Eugenio Trías el 6 de mayo de 2002
Yo me atrevería a decir, y es una forma de articular el
viejo asunto kantiano del imperativo categórico en términos
de reflexión sobre nuestra propia condición, sobre
lo que somos, que la única proposición que en cierta
manera convalidaría una ética ciertamente ecuménica
es la que nos dice: «obra de tal modo que la máxima
de tu conducta, esto es, los principios que orienten tu opción,
se ajuste a tu propia condición de habitante del límite».
Así que, en este aspecto, el concepto de límite
evoca un viejo concepto de la antigüedad: el concepto de
medida. Efectivamente, constituye su propia medida
entre un exceso, que es querer sobreponerse más allá
del límite, cosa que está más allá
de nuestras posibilidades pero que puede realizarse en las distintas
formas de voluntad de dominación, por ejemplo, y un defecto,
en la medida en que no se advierte lo que el límite tiene
de reto, de incitación y de prueba.
El caso es que todo esto recoloca en
el horizonte de la reflexión la idea platónica
de que somos ciudad, y no una ciudad de Dios, como creía
San Agustín, o la ciudad del diablo, o de los hombres,
sino una ciudad de estas características, una ciudad fronteriza.
A propósito de este asunto, Agustín de Hipona hablaba
de algo muy interesante, aunque él lo orientaba en una
dirección determinada: de una ciudad peregrina, de una
ciudad nómada, intermedia entre la ciudad de Dios y la
ciudad de los hombres. Platón también hablaba de
un desdoblamiento entre una ciudad ideal, dominada y gobernada
por ese Sol que era la metáfora más adecuada de
lo que él entendía por el Bien, la idea
suprema a su entender, y esa ciudad en la que vivíamos
en pura oscuridad o al menos en el claroscuro de una caverna,
en una situación casi cinematográfica porque estábamos
obligados a mirar hacia una pantalla, la pared de la caverna,
sobre la que se proyectaban en forma de sombras los reflejos
de las verdaderas ideas, de las verdaderas realidades. O sea,
que él también abundaba en esta especie de desdoblamiento
propio de toda la historia del pensamiento filosófico,
porque cuando abordaba la cuestión de la ciudad aparecían
dos tipos de urbe como mínimo. Pues bien, yo añadiría
ahí esta ciudad del límite, esta ciudad de la frontera
que en cierta manera se podría definir como aquella que
es la más adecuada a nuestra propia condición.
Ahora, ¿cuál es la razón
de este desdoblamiento? ¿Por qué desde la "carta
magna" que son los grandes diálogos platónicos
como La república o La politeia, puesto
que constituyeron el principio de la filosofía, los orígenes
griegos de ésta, al menos su momento casi inaugural, así
como en toda la filosofía de la Edad Media y del Renacimiento
-con las utopías de Tomás Moro, la ciudad ideal
de Tomasso Campanella o la nueva Atlántida de Bacon de
Verulam-, la ciudad siempre se desdobla entre un plano
ideal y un plano real que muchas veces aparece bajo una forma
absolutamente oscurecida debido a que es casi la descripción
-ya lo era en Platón- de cómo es la ciudad de los
hombres cuando no está iluminada por una reflexión
filosófica, cuando no están puestas las bases para
una posible liberación en el sentido de emancipación
de aquellas cadenas que someten, sobre todo por la vía
de la ignorancia, del desconocimiento, de la falta de lucidez,
nuestra propia capacidad de entendimiento, de comprensión
e incluso de actuación? Yo diría que la razón
de esta curiosa e interesante dualidad nos exige remontarnos
a un rito que ha sido feliz y brillantemente reconstruido por
estudiosos como Joseph Rykwert en un libro llamado La
idea de ciudad. Un rito del que seguramente habrá
testimonios en muchos pasajes de las literaturas latina y griega,
y que podríamos denominar "rito simbólico
de la inauguración de las ciudades". Efectivamente,
se trata del rito in augural, ya que consistiría
en preparar simbólicamente los augurios favorables a la
ciudad, sus buenos agüeros, para evitar los nefastos, nocivos
y desfavorables.
Este rito ciertamente complejo se componía
de cuatro episodios o escenarios complementarios y sucesivos
que en cierta manera determinaban y constituían el hecho
fundacional de una ciudad como la que nosotros habitamos. Simbólicamente,
incluso en un sentido evidentemente religioso que en la modernidad
se ha desacralizado, evocaba una especie de rito cosmológico
y cosmogónico, por lo que fundar una ciudad casi parecía
la creación del mundo. Y tenía su sentido, ya que
en el fondo cada ciudad no era sino una especie de repetición
del mismo (incluso la palabra mundo en latín tiene
mucho que ver con este rito inaugural). El caso es que, con respecto
a sus fases, el primer episodio era la contemplación.
Éste implicaba que el augur, un sacerdote latino, una
magistratura sacerdotal con probabilidad también existente
en otras culturas fundadoras de ciudades, contemplara u observara
el cielo sobre un altozano para formar un templo, que
según su etimología quiere decir un "recorte",
una "demarcación". O sea, que el augur contemplaba
el cielo no ya pasmado o inactivo, sino totalmente activo, ya
que generaba una especie de plano celeste (así, su actividad
da la pauta de lo que posteriormente harán los arquitectos
o los urbanistas para ejecutar sus proyectos o construcciones
respectivamente).
Todo consistía, entonces, en
crucificar el cielo a través del trazo de un aspa que
originaba meridianos cruzados con nombre propio: el cardus
y el decumanus. Éstos se iban modificando
y creaban una especie de plano celeste en relación con
la posición vertical del Sol y con su rotación.
Y para realizar dicho cruce se requerían signos como las
aves mensajeras, emisoras o portadoras de augurios favorables
o desfavorables. Entonces, con esta actividad contemplativa (la
palabra contemplar nace, por tanto, de esta tradición
de crear un templo, recorte o demarcación en el cielo)
y la intersección resultante podía llegar a detectarse
durante varios días o incluso semanas el punto clave de
esta última en el que aparecía el augurio favorable
que sugería una proyección en tierra que, a su
vez, fundaba la ciudad.
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