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Y la cuarta y última premisa que me parece necesario resaltar es que, a pesar de que vivimos un momento político determinado, en la calle existe un claro debate acerca de las políticas públicas. Efectivamente, entre las reflexiones generales está la necesidad de arbitrar políticas públicas de familia y de conciliación, e incluso ya es políticamente correcto hablar de esto. El problema es que, según parece, ese cambio de actitud se justifica por motivos coyunturales. Es decir, parece que hay que hablar de familia y de la conciliación de ésta con el mundo laboral porque la tasa de natalidad española es la más baja del mundo, por ejemplo. Pues bien, esto es un error, ya que existen razones mucho más fundamentales y no precisamente de carácter coyuntural, como pueda serlo ese índice de natalidad. Desde luego, existen argumentos mucho más sólidos y duraderos de carácter económico y social que exigen la puesta en marcha y el desarrollo de este tipo de políticas públicas. No en vano, si nos paramos a ver el papel que desempeña la familia como institución fundamental para la cohesión social, como el primer lugar de socialización de los individuos, como la principal inversora en capital humano o como la institución en la que se aprenden valores sólidos -la solidaridad, el respeto, la tolerancia- que no se van a poder aprender en ningún otro sitio, parece que se puede demostrar, según un artículo escrito recientemente, en el que se analiza la influencia que tiene en los procesos democráticos en general y en el comportamiento democrático en particular de una persona adulta su formación cuando es niño, que una persona que ha convivido en una familia con un número de hijos elevado tiene unos principios democráticos mucho más arraigados. Y esto es lógico, porque sabe ceder, compartir y respetar, tres valores fundamentales de todo sistema democrático que se precie. Por lo tanto, incluso pensando en el futuro de nuestra sociedad, deberíamos ayudar a que se consolidaran las familias. Con esto, ¿qué quiero decir? Quiero decir que parece absurdo defender las políticas de familia o la necesidad de conciliación simplemente porque la tasa de natalidad que tenemos aquí es la más baja del mundo, ya que esto podría volverse contra la propia familia, podría tener un efecto muy perverso. ¿Qué ocurriría si, utilizando esta argumentación para defender las políticas de familia, en un momento determinado, por la ley del péndulo, nos situáramos en unas tasas de natalidad muy elevadas? ¿Se podría argumentar entonces que la familia hay que defenderla porque hay pocos hijos? Parece que esto no tiene mucho sentido. Es decir, la familia, por sí misma y como institución, tiene entidad más que suficiente para ser defendida con independencia de la situación coyuntural. ¿Qué sucede? Que, evidentemente, vivimos un momento de la evolución histórica, sobre todo en los países de la Unión Europea, con una realidad demográfica y social francamente preocupante. Efectivamente, dentro del marco europeo, se observan una serie de cambios demográficos y económicos que están generando nuevas situaciones familiares, nuevas necesidades, las cuales, insisto, no son razón para defender la familia, aunque sí es importante saber en qué parámetros nos movemos. ¿Y cuáles son estos cambios? Yo me centraría en dos o tres cuestiones concretas que me parecen relevantes. En primer lugar, nos encontramos con una Europa que afortunadamente tiene una esperanza de vida muy elevada. Efectivamente, durante las últimas décadas se ha producido un fortísimo crecimiento de la esperanza de vida en todos los países de la Unión Europea, y digo «afortunadamente» porque a veces, cuando se habla del envejecimiento de la población, se habla de carga, de dificultades, y nada más lejos de la realidad. El envejecimiento no es un problema, sino un logro del desarrollo económico, de la mejora de la calidad de vida, porque nuestros hijos podrán compartir con más generaciones sus propias experiencias, lo que, en definitiva, es un enriquecimiento para su formación. Ahora bien, es un hecho constatable que ese aumento de la esperanza de vida ha generado, y en el futuro lo hará mucho más, unas tasas de dependencia muy elevadas, esto es, que cada vez más personas necesiten de la ayuda de terceras personas al llegar a una edad más avanzada y que, en consecuencia, en las familias haya una mayor presencia de estas personas dependientes de la que antes había. Y esto se debe a que entonces la esperanza de vida era más baja, por supuesto, pero también a que la presencia de la mujer en el hogar, desempeñando el papel de cuidadora, hacía que esta situación no fuera muy frecuente. Desde luego, la progresiva y continua incorporación de la mujer al mercado de trabajo ha conducido y conduce a un panorama absolutamente diferente, por lo que al hablar de conciliación debemos tener en cuenta no solamente a los hijos, sino también a los padres, a esas personas mayores. Fíjense que, haciendo la media, en Europa hemos pasado de un 40% de mujeres con edades comprendidas entre los 25 y 54 años que trabajaba fuera del hogar hace dos décadas, casi tres, a un 70%, con lo cual, estamos ante una situación absolutamente diferente. Además, en el caso de nuestro país, las madres trabajadoras de hoy somos la primera generación de mujeres en las que la mayoría de sus miembros está en el mercado de trabajo, a la vez que nuestras madres representan la última generación cuya mayor parte permanecía en el hogar. Entonces, esto significa que muchas madres de hoy no podrían trabajar sino contaran, sobre todo, insisto, en el caso de España, con la ayuda de sus propias madres para cuidar a sus hijos. Esto probablemente no va a ocurrir de ahora en adelante, ya que la red de ayuda familiar en nuestro país es cada vez más débil debido a la menor dimensión de las familias y a la extensísima jornada laboral, que ya he mencionado. Parece necesario, por tanto, que las políticas de conciliación tengan en cuenta estos cambios, esto es, que hace falta no sólo ocuparse de los hijos, sino también conciliar el trabajo con todos los miembros dependientes. En segundo lugar, otro rasgo que quizá
es lo más característico del comportamiento demográfico
de estas últimas décadas en Europa es, obviamente,
la disminución de la tasa de natalidad, a la que también
he hecho referencia. La caída tan alarmante que se ha
producido en la tasa de natalidad tiene motivos muy variados,
no hay una única razón, y entre ellos hay uno que
yo considero el principal: el cambio en la escala de valores.
Éste no es cuantificable en términos económicos,
aunque sí hay otros que podemos objetivar, como por ejemplo
el retraso en la edad de contraer matrimonio. La gente se casa
cada vez más tarde, y esto conlleva un retraso de la maternidad.
Hoy día, tenemos nuestro primer hijo a una edad superior
a los 32 años, lo que sin duda dificulta la llegada del
segundo y del tercero. Además, el número de matrimonios
es cada vez menor en nuestro país y los que hay son más
inestables, lo que también contribuye a la disminución
de la tasa de natalidad. A este respecto, según los últimos
datos del Eurostat, hemos pasado de un divorcio cada quince matrimonios
hace casi dos décadas a un divorcio cada tres matrimonios;
es decir, que estamos ante una situación de inestabilidad
muy importante. Y, por otra parte, muchos de esos divorciados
vuelven a configurarse como matrimonio otra vez. Entonces, esto
provoca nuevas situaciones familiares, por lo que en un futuro
no muy lejano podrá ocurrir que un único nieto
tenga que cuidar no ya de sus cuatro abuelos, sino de 8, o de
16, o no se sabe cuántos.
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