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AULA DE CULTURA VIRTUAL

Conferencia pronunciada por los miembros de AFESIP Somaly Mam (Premio Príncipe de Asurias de Cooperación Internacional 1998), Phal Kungkea y Pierre Legros




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Al poco tiempo, caí enferma y pasé por todo tipo de penurias. Como seguía robando y consumiendo droga, un día me arrestó la policía junto a otras tres chicas y acabé en la cárcel. Allí nos violaron las tres noches que permanecimos encarceladas, y aunque después nos soltaron, volvieron a arrestarnos y a encerrarnos, esta vez por separado, cuando nos pillaron tomando drogas poco después. Esto me dio la oportunidad de conocer a una chica nueva que me preguntó si quería ir a casa de su tía para cambiarme de ropa. Pero cuál no fue mi sorpresa al descubrir que aquella casa en realidad era un burdel. Enseguida quise irme al ver que mi amiga se marchaba, mas el chulo me dijo que no podía porque esa "amiga" me había vendido por 50 dólares. Incluso me amenazó: «Si te vas, te matamos», me dijo. Y como yo protesté, me golpeó con un palo y me torturó con descargas eléctricas. La verdad es que me torturó tanto que no me quedó más remedio que permanecer allí. Así, tras encerrarme en una habitación, me dijo que tenía que recibir 15 clientes diarios, esto es, un cliente cada 15 minutos, y que si no los tenía me meterían en mi habitación y me pegarían golpeándome la cabeza hasta matarme. Por tanto, todos los días recibía bastantes clientes, y si en alguna ocasión no tenía tantos, me torturaban con hilos eléctricos, me encerraban en el cuarto oscuro rodeada de escorpiones y otros insectos que me picaban y no me daban de comer.

No sé cuánto tiempo estuve allí, un año, dos, pero el caso es que un día topé con una persona que pudo informar a mi madre de que estaba en un burdel, y tres o cuatro días después vino a verme. Claro que no me conocía porque llevaba una peluca. El chulo me dijo que no le tenía que contar a mi madre que me habían vendido, sino que había llegado allí por voluntad propia, y aunque delante de él afirmé eso, en cuanto se fue le hice un gesto a mi madre y le enseñé los moretones de los golpes, con lo que entendió perfectamente qué me había pasado. Me tranquilizó y me aseguró que iría en busca de la policía y de más gente que pudiera ayudarme.

Somaly Mam: Entonces fue cuando, efectivamente, ella contactó con AFESIP para poner una denuncia y para que buscáramos a su hija. El problema fue que la casa donde se hallaba estaba regentada por el jefe militar, por lo que no nos dejaron entrar. Tuvimos que acudir a la policía para que nos ayudara, pero nos dijeron que no se podía entrar allí, que era peligroso; así que nos costó dos meses reunir los datos para establecer todo el expediente y poder ir a salvarla. En realidad, lo que hicimos fue ir a ver a la policía municipal y recogerla nosotros mismos, ya que ésta no quería problemas con el jefe. Entonces, llegamos allí, nos llevamos a Kungkea y a otras chicas, y echamos a los chulos. Luego, Kungkea se quedó en AFESIP dos años y un buen día descubrió que su madre había muerto, que la había matado el suizo aquél que la pegaba. Pero no sólo eso, sino que, además, este mismo hombre había violado a sus tres hermanos.

Phal Kungkea: Me puse sumamente furiosa al enterarme de la muerte de mi madre y de que mis hermanos habían sido ultrajados por la misma persona. Posteriormente, volví al pueblo de mi madre y me casaron con un chico de allí. Mas tampoco tuve suerte con él, porque me pegaba todos los días y tenía otra mujer; así que, embarazada de mi hijo, decidí marcharme. Y como cuando nació no tenía para comer, pensé en volver a AFESIP y pedirles si podía trabajar con ellos. Aceptaron y me volvieron a acoger, y ahora estoy aprendiendo a trabajar, por lo que les estoy muy agradecida. Como también debo agradecer a ANESVAD que me haya invitado a Bilbao. Estoy sumamente feliz aquí, porque es la primera vez en mi vida que descubro un hotel, que veo flores, que veo gente, y me encanta,

Pierre Legros: La historia que acaban de oír ustedes es habitual en esos ambientes y demuestra claramente la asiduidad del crimen, de la impunidad del criminal, de la violencia ejercida sobre los seres humanos; de la vulneración, en definitiva, de los derechos humanos, sobre todo en lo que respecta a los niños. Por eso, a continuación, voy a intentar explicarles qué sucede en el sudeste asiático, esto es, en el ámbito regional, ya que es importante saber que, efectivamente, las atrocidades que les estamos contando no sólo ocurren en un pueblo o en una ciudad, sino también a escala regional (como también a escala internacional, por supuesto). No en vano, el sudeste asiático es una región muy conocida desde hace mucho tiempo por la explotación sexual de los niños y de las mujeres (aunque también históricamente y por el turismo, a pesar de estar bastante lejana); entonces, voy a explicarles, insisto, este fenómeno y cómo podemos luchar contra él.



 

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