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No obstante, ahí no acaba nuestra labor, puesto que además disponemos de una formación profesional para ellas: costura, peluquería y restauración, por ejemplo. Con dicha educación, mi objetivo es reformar a todas esas chicas y trabajar con ellas para que tengan un oficio y para que algunas de ellas me sustituyan en un futuro. De esta manera, demuestro a la gente que les repudia y que desconoce su terrible problema que pueden hacer mucho, que esas chicas que han sido explotadas pueden llegar a mi situación actual. Y lo sé muy bien porque, a pesar de que conseguí el Premio Príncipe de Asturias hace unos años y nadie cree que lo hiciera, ni que pueda estar aquí hablándoles a ustedes, así ha sido; luego ¿qué mejor prueba para estas chicas que mi propia experiencia, que el poder ver a través de mí hasta dónde pueden llegar en la vida? Por eso considero necesario explicarles todo esto, ya digo, cuando llegan al centro, donde se quedan un tiempo proporcional al estado psicológico en el que ingresan (esto es, si están muy traumatizadas se quedan unos dos años; si no, sólo uno). Tras esa formación profesional, intentamos reinsertarlas, para lo que investigamos a sus familias y tratamos de averiguar por qué las venden -si es que lo hacen-; si es que el padre viola a la niña y luego la vende, o si es la madre porque el padre lo quiere, etc. Desde luego, cuando las niñas han sido vendidas por su familia, nunca se las devolvemos, sino que tratamos de incorporarles a la sociedad. De hecho, dejamos que sean ellas las que elijan dónde quieren vivir, y con nuestra ayuda, la de otras asociaciones, la gubernamental y demás intentamos reinsertarlas. ¿Por qué? Porque AFESIP procura que sean niñas independientes tanto económica como psicológicamente hablando, ya que es muy duro salir del bache, puedo asegurárselo. Además, cuando consiguen todo esto, nuestra oenegé también se encarga de realizar un seguimiento de sus vidas durante tres o cuatro años, y como algunas son huérfanas, seguimos ayudándoles cuando se ponen enfermas o cuando necesitan apoyo. Por tanto, ésta es la situación y éste es el trabajo que realiza AFESIP. Ahora también contamos con una delegación regional, porque esta explotación infantil no sólo ocurre en Camboya, sino también en otros países como Vietnam, lo decía al principio de la charla, de donde las niñas pasan a Camboya. La verdad es que allí se puede comprar cualquier cosa con un poco de dinero: si quiere usted comprar una chica, se la compra; si quiere usted comprar un pasaporte, se lo puede comprar, etc. No obstante, también existe la explotación sexual en países tan dispares como Francia, Tailandia o Malasia. Incluso en América hay muchos niños que corren este peligro, puesto que en muchos sitios sucede que la economía está muy mal y que hay muchos problemas. Pero a continuación paso la palabra a Kungkea, que nos va a comentar asuntos realmente duros porque va a explicar la vida de los jóvenes en los burdeles, esto es, la suya propia. Yo, por mi parte, prefiero no darles detalles, ya que resulta insoportable. Phal Kungkea: Nací en 1986 y la verdad es que siempre he sufrido mucho. Mis padres estaban divorciados y la vida de mi familia en la provincia era muy dura, ya que no teníamos ni para comer. Un buen día, mi madre decidió llevarnos a todos a la capital para visitar a la familia, porque mi padre tenía otra mujer; sin embargo, ellos no quisieron saber nada de nosotros. Así que, como no teníamos a dónde ir ni comida, empezamos a buscar basura durante el día y a pedir por la calle durante la noche. Y pronto llegaría mi desgracia, porque en una ocasión, cuando tenía unos siete u ocho años, iba sola por la calle y un grupo de diez chicos me violó. Me violaron todos y cada uno de ellos sin usar preservativo, hasta hacerme perder el conocimiento; por eso no recuerdo más que a los primeros. El caso es que me desperté al día siguiente con todo mi cuerpo dolorido, pero no se lo dije a nadie, ni siquiera a mi madre, porque me iba a pegar. Así que cuando ella me preguntaba qué me pasaba, por qué estaba tan blanca, yo no decía absolutamente nada. Enseguida comencé a vivir
en la calle con algunos amigos, y en cuanto me dieron droga por
primera vez, empecé a consumirla, así como a robar
bolsos o beber alcohol. Pasado el tiempo, oí que mi madre
estaba enferma, y cuando decidí ir a verla, un suizo que
tiene un restaurante al borde del río se ofreció
a llevarme. Así, aproveché para comprar unos pasteles
y unas naranjas para ella, y después me acerqué
con él hasta el hospital. No obstante, a la vuelta no
regresamos al sitio del que yo venía, sino a una especie
de hotel, y una vez allí me dijo que me quitara la ropa.
Al principio me negué, pero empezó a chillar en
un idioma que no entendía, me agarró con fuerza,
me arrancó la ropa y me violó. Después me
llevó a un lugar muy oscuro, lejos, y me dejó sola.
Tuve que andar mucho para reunirme con mis amigos, a los que
no conté nada de lo sucedido porque él me amenazó
con que me mataría si decía algo.
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