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AULA DE CULTURA VIRTUAL

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Transcripción de la conferencia de Isabel San Sebastián

 

A la inversa, en cualquier lugar del mundo, el advenimiento de regímenes democráticos propicia la mejora inmediata de las condiciones de vida de las mujeres, lo que se traduce en un incremento general de la calidad de vida de estas sociedades; de ahí el empeño de las representantes de ese sexo por conseguir el máximo desarrollo de los sistemas que garantizan el pleno ejercicio de las libertades. Ahora bien, si desde los tiempos pioneros de las sufragistas, e incluso antes, las mujeres han sido generosas a la hora de entregarse a la causa democrática, y esta tierra vasca da buena fe de ello, no parece que los poderes democráticos sean muy generosos con las mujeres, y a las cifras me remito: según el último informe del Instituto de la Mujer, en el Congreso de los Diputados, apenas un 28,29% de los escaños están ocupados por mujeres, mientras que, en el Senado, este porcentaje se reduce al 24,32%. Es cierto que ambas cámaras están presididas por mujeres, con lo que ello tiene de efecto ejemplificador o simbólico, pero no lo es menos que las decisiones del día a día están en manos de hombres. Y otro tanto ocurre con el poder municipal: después de las elecciones de 1999, sólo un 9,6% de los municipios tiene como titular a una mujer. El informe nos dice que, cuatro años antes, ese porcentaje era de apenas un 6,5%; no obstante, esto constituye un triste consuelo ante la desesperante lentitud del avance registrado. Y qué decir del poder autonómico, con ninguna mujer, digo bien, al frente de su gobierno y apenas un 20% de consejeras. O de la administración del Estado, con tres ministras frente a 13 ministros, una mujer secretaria de Estado frente a 25 varones o 35 directoras generales frente a 174 directores. Verdaderamente, el reparto de poder político en esta España nuestra democrática no parece ser precisamente equilibrado; de ahí que resulte sobresaliente el caso del PP guipuzcoano, único en el país donde la presidenta del partido, la secretaria general y la secretaria de organización son mujeres -¿será que hay pocos candidatos hombres voluntarios a ocupar esos cargos ciertamente peligrosos y muy poco lucrativos en términos de poder o de estatus?-.

Claro que, también según la estadística, en el conjunto de Europa, la situación no es ni mucho menos alentadora. En el parlamento de Estrasburgo, el porcentaje de diputadas no llega al 30%; y lo que es peor, el futuro parece discurrir por los mismos derroteros, ya que, en la Convención para el Futuro de Europa, el órgano de reciente creación encargado de trazar ese rumbo, la representación femenina rondará apenas el 15% mientras que, en su núcleo central de gobierno, sólo una fémina, la española Ana de Palacio, compartirá mesa y mantel con once hombres (un porcentaje muy similar al del actual gobierno afgano). Así que es evidente que la democracia no ha sido muy generosa con las mujeres; tal vez, en parte, porque las mujeres hemos preferido ocupar las trincheras más duras en los momentos de riesgo para el sistema y volver después al ámbito de la vida privada renunciando a la batalla por el poder. Sea por lo que fuere, lo cierto es que estamos muy lejos de lo que se conoce como democracia paritaria, aquella cuya representación femenina alcanza la realidad demográfica de un país, o, cuando menos, se acerca mucho a ella, lo que constituye una de las principales aspiraciones de la mayoría de los grupos feministas y de algunos partidos políticos tales como el partido socialista, que acaba de incluir este objetivo en su lista de metas alcanzables en los próximos años.

Y ya que estamos, respecto a la mejor forma de alcanzar este objetivo hoy por hoy muy lejano existen posturas enfrentadas. Confieso que ni yo misma tengo una posición definida. Comparto la tesis de mujeres como la diputada feminista francesa Gisèle Halimi, que sostiene que, mientras no alcancemos esa representación equilibrada y proporcionada en los puestos de poder y responsabilidad, no podremos cambiar un estado de cosas que, en la práctica, resulta claramente discriminatorio para la mujer al hacer difícilmente compatible la vida laboral y la vida familiar; empezando por los horarios mismos y el reparto de las tareas domésticas, pasando por las políticas sociales, de ayuda a la maternidad o al cuidado de niños o ancianos, y terminando en la fijación de prioridades a la hora de emprender políticas de empleo, de igualdad salarial o de formación. En este orden de cosas, resulta muy ilustrativo lo que sucede en el mundo en el que yo me muevo, el de la comunicación, que recientemente fue objeto de un amplio estudio a escala nacional a cargo de las investigadoras del CIS Marisa García de Gortázar y María Antonia García de León. Pues bien, además de otros datos demoledores, esa macroencuesta reveló que, entre los profesionales de la comunicación, hombres y mujeres, se da una tasa de separaciones y divorcios del 6,3%; dos veces y medio más alta que la del conjunto de los españoles. Pero, dentro de ese colectivo, las separadas son el 11,3% frente al 5,1% de los varones -o sea, el doble-; las casadas, el 47,3% frente al 77,1% de los varones -o sea, algo más de la mitad-, y las que han renunciado a tener hijos representan el 52% de las profesionales del sector frente al 23% de los hombres -o sea, más del doble-. ¿Por qué esta diferencia brutal entre los dos sexos a la hora de pagar el precio de una carrera profesional en un campo tan duro y competitivo? Probablemente, la respuesta está en el reparto del poder; es decir, de la capacidad de tomar decisiones, establecer prioridades, modalidades de trabajo, etc., dentro de este mundo. Porque aquí viene la segunda parte: de acuerdo con el citado estudio, del total de hombres que trabajan en el campo de la comunicación, el 27% ocupan cargos directivos, mientras que sólo 12 de cada 100 mujeres hacen lo propio. Si un 11% de varones periodistas cobran más de seis millones de pesetas, sólo un 2,5% de mujeres alcanza esa remuneración. Los equipos dirigidos por hombres doblan, como media, los encabezados por mujeres, y, para rematar, la mayoría de los hombres encuestados en un amplio panel de directivos, esto es, de quienes promueven las carreras de sus subordinados, opinan que las tareas más adecuadas para ser ejercidas por mujeres son las que se refieren a documentación, sociedad, arte y cultura; o sea, las que ofrecen menos oportunidades de ascenso y desarrollo profesional dentro de cualquier medio.

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