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AULA DE CULTURA VIRTUAL

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Transcripción de la conferencia de Isabel San Sebastián

No hace mucho, María Eugenia García Rico, una de las imprudentes citadas por Calleja, mantenía un discurso muy parecido al que leía yo al iniciar esta charla, y lo hacía en mi propia casa, ante un conocido periodista que acababa de sufrir en su persona la violencia etarra y que se aprestaba a marcharse de España durante una temporada. Compartíamos los tres una tortilla de patatas de despedida y le contaba yo a mi colega las peripecias de esa irundesa con 20 años de resistencia democrática a las espaldas. Entonces, cuando él le dijo con rotundidad: «En tu lugar, haría muchos años que yo habría cruzado la frontera, y, nada más hacerlo, me habría limpiado el polvo de los zapatos», la respuesta de María Eugenia no se hizo esperar: «Puede que ésa sea tu forma de ver el asunto, pero yo no voy a hacer tal cosa, porque resulta que ese polvo es mi polvo». Y por ese mismo principio, por esa creencia profunda de que esta tierra vasca nos pertenece a todos los que la sentimos como propia, y no sólo a aquellos que quieren segregarla de España, y mucho menos a quienes llevan 30 años regándola de sangre para conseguir ese propósito, otras muchas mujeres, concejalas, parlamentarias, diputadas forales, profesoras, periodistas, jueces, fiscales o simples amas de casa, están dispuestas a arriesgar el pellejo y sacrificar la paz doméstica en aras de ocupar el lugar que les corresponde en esta lucha. Estoy pensado en Lucía Peralta, concejal del PP en Rentería, donde dos de sus compañeros cayeron bajo las balas de la banda terrorista; en Pilar Elías, viuda de Ramón Balleto, asesinado por ETA, y víctima, a su vez, de una despiadada campaña de acoso e intimidaciones que no han logrado expulsarla de su puesto en el ayuntamiento de Azkoitia; en la vitoriana Pepa Lafuente, y en tantas y tantas vascas valerosas cuyos nombres se me quedarán en el tintero, seguro, pero cuyo ejemplo me anima a intentar cada día un ejercicio de periodismo libre y comprometido con la vida y la libertad. Un periodismo partidario, por supuesto, de las reglas de juego democráticas y en absoluto neutral o equidistante entre los asesinos y sus víctimas, como pretenden los terroristas y quienes les apoyan colocándonos en el punto de mira de sus pistolas a aquellos que todavía nos seguimos negando a secundar tal repugnante chantaje. Estoy pensando en Ana Urchuegia por ejemplo, alcaldesa socialista de Lasarte desde 1986 y a quien todos recordamos defendiendo con vigor la libertad de expresión de los concejales batasunos que se negaban a condenar el asesinato de su compañero Froilán Elespe y haciendo ese alarde de convicción democrática a pesar de las amenazas que pesan sobre ella misma y de las agresiones que sufrió unos años antes por oponerse a que el ayuntamiento albergara la capilla ardiente de Miguel Castresana. Las declaraciones que entonces hizo Ana a un diario nacional ilustran, como pocas, esa afirmación que suscribo de que dignidad es nombre de mujer; «seré -decía Ana- de los pocos alcaldes que, cuando se han enfrentado a una situación así, han impedido que los terroristas hayan tenido la capilla ardiente en un ayuntamiento. No lo permití y desde luego, estando yo como responsable, nunca lo permitiré si se vuelve a plantear. No lo permito porque un ayuntamiento tiene otras funciones, pero, además, porque a un miembro de una organización terrorista no se le puede nombrar hijo predilecto ni persona grata en absoluto».

Palabras valerosas y actitudes valientes de mujeres que han asumido una parte de responsabilidad y de riesgo muy superior, en términos cuantitativos y cualitativos, a la del conjunto de las mujeres del país, y que lo han hecho probablemente porque, como dice Salima Ghezali, otra heroína argelina, periodista luchadora por las libertades e incansable defensora de los derechos y libertades civiles y políticos en todos los países donde se viven circunstancias difíciles, así, aprovechan para infiltrarse y acceder a puestos de poder no ya como si de una reivindicación femenina se tratara, ya que esto no sólo lo hacen las mujeres, sino guiadas por el afán de cambiar la sociedad. Y, también probablemente, esta disposición a ocupar posiciones de vanguardia en el combate por las libertades se deba a la conciencia cierta de que, en el último escalón de la represión, siempre hay una mujer; de que los regímenes que oprimen a sus ciudadanos siempre acaban añadiendo una vuelta de tuerca a la opresión que sufren las mujeres, y de que, en el escenario de la dictadura, las mujeres siempre desempeñamos el papel de comparsas insignificantes, en el mejor de los casos, con un guión secundario escrito a mayor gloria del dictador. Los ejemplos saltan a la vista. En Argelia, las mujeres tuvieron un protagonismo decisivo en la guerra por la independencia, lo que no impidió que, una vez concluida ésta, fueran perdiendo paulatinamente su poder e influencia hasta que, en 1984, el código de familia sancionado por el Parlamento aprobó la poligamia, el divorcio unilateral a instancias del marido y otras normas claramente transgresoras de sus derechos. Por no mencionar la violencia integrista desatada por el GIA contra las mujeres reacias a plegarse a sus brutales consignas. En Afganistán, las mujeres vivieron un breve paréntesis de esplendor a comienzos de los años 70, durante la etapa de reformas emprendida por el rey Zahir, únicamente para verse condenadas a regresar a las tinieblas de la Edad Media y la privación absoluta de los más elementales derechos humanos con el régimen de los talibanes, protector del terrorismo internacional; régimen que siguió a otro igualmente brutal y discriminatorio hacia la mujer impuesto por los señores de la guerra, mujaidines vencedores contra los ocupantes soviéticos. Y aquí mismo, en España, las que tenemos edad suficiente recordamos lo que significaba, bajo la dictadura franquista, estar privadas de la capacidad de tomar cualquier decisión importante sin el consentimiento del padre o del marido; no poder abrir una cuenta corriente, o sacarse el pasaporte, y ser consideradas, en definitiva, como ciudadanas en situación de minoría de edad permanente.

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