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En definitiva, lo que sucede es que gracias a ese instrumento de conocimiento y de poder que es la ciencia, el suelo tiembla bajo nuestros pies cual presagio de terremoto cuya próxima sacudida, que prevemos inminente, anuncia consecuencias desconocidas para nosotros. Entonces, ¿cómo podemos desarrollar algún tipo de pertenencia en semejante situación, rodeados de provisionalidad? ¿Qué podemos dejar a nuestros hijos? Desde luego, alguna escala de valores más o menos segura, una visión del mundo que les ayude a orientarse y que, de paso, nos ayude también a nosotros a orientarles en el camino de sus vidas. Pero ¿cómo les vamos a dejar eso si todo cambia continua, rápida, frenéticamente?, ¿si lo que ayer era de una forma hoy puede ser de otras muy diferentes y no sabemos qué sucederá mañana?, ¿si, además, tenemos un problema porque la ciencia es la gran responsable de la mayoría de estos cambios? La verdad es que son muchas las dificultades que surgen en el horizonte cuando se trata de orientarse, parafraseando a Ortega, en los caracteres generales de la ciencia contemporánea, de esa ciencia que tanto influye en el mundo actual, sin la cual quedaríamos a espaldas de o indefensos frente a nuestro propio destino. Pues bien, en el libro que ha propiciado esta conferencia, he intentado emprender esa tarea de orientación no sólo para mis lectores, sino también para mí mismo. En definitiva, he intentado realizar algo así como una visión del mundo lo más esquemática y básica posible, y acometerla buscando lo más permanente que hay en la ciencia actual y, dentro de lo más permanente, aquello que nos es más cercano (aspectos como el universo, de qué están hechas las cosas, la vida o el cerebro, etc.). Claro que no se puede comprender la ciencia únicamente como la práctica que pretende comprender la naturaleza. Es decir, no se puede comprender sólo desde el plano de las ideas, también es necesario adentrarse en el contingente y proceloso cosmos de los científicos, tratando de demostrar y entender cómo son en la actualidad, cuáles son algunos de los procesos creativos que emplean en sus investigaciones y cuáles los fines que les animan a ello. Explorados, en conclusión, y de ahí el título de mi libro, algunos de los muy variados y numerosos mundos de la ciencia, cuya totalidad no puedo tratar ahora por razones de tiempo, como ustedes comprenderán, he optado por mencionar, espero que con cierta coherencia, algunos de ellos. Y para comenzar con la ejemplificación, les diré que el primero es el universo. Cuando se intenta construir algo como lo que yo he intentado, esto es, una visión del mundo en la que la ciencia ocupe un lugar central, como creo sinceramente que debe ser, insisto, no ya porque tenga una formación científica, sino porque, de no ser así, uno está en inferioridad de condiciones, incluso de espaldas al mundo actual, diría yo, en el que la ciencia y la tecnología son elementos muy importantes, el universo debe ser el primer coprotagonista que aparezca en escena, el primer elemento que se considere. Obviamente, el tema del universo es prácticamente inagotable; es un tema sobre el que los humanos hemos meditado e investigado, de una manera u otra, probablemente desde el mismo momento en que los homínidos se convirtieron no ya en homo sapiens, sino en homo sapiens sapiens, esto es, en el hombre que sabe que es algo más bastante más, de hecho, que sabe saber, que se sabe. Un momento especialmente significativo
en la cadena de descubrimientos sobre el universo que los humanos
hemos realizado se produjo hacia 1930 no hace mucho, realmente,
cuando el astrofísico estadounidense Edwin Hubble, cuyo
nombre es ahora conocido gracias al telescopio espacial que nos
muestra esas fotografías tan esplendorosas, llegó
a la conclusión de que el universo se expande y de que
las galaxias que lo forman se alejan entre sí con una
velocidad proporcional a la distancia que las separa. Una conclusión
que se vio apoyada por modelos teórico-cosmológicos
basados en la Teoría General de la Relatividad, una teoría
de la fuerza gravitacional que Albert Einstein desarrolló
en 1915 y por la que, si el universo se expande, parecía
y sigue pareciendo inevitable suponer que debió existir
en el pasado (estimado, en un primer momento, en 10.000 millones
de años y, en la actualidad, en 15.000 millones de años)
un momento en el que toda la materia habría estado concentrada
en una pequeña extensión, en un átomo
primitivo, según la denominación del astrónomo,
teórico y sacerdote católico George Lemaître,
o que debió producirse el Gran Estallido o Big Bang, nombre
inventado por un astrofísico, físico, teórico
y escritor de novelas de ciencia-ficción, un personaje
en sí mismo llamado Fred Hoyle (hubo otras ideas para
tratar de evitar eso de "gran estallido", pero no puedo
tratarlas ahora).
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