Pero ahora pasemos a la otra libertad
de la que les he hablado: la libertad profesional, que nos procura
otra serie de libertades tales como la económica. Cuando
yo era pequeña, estudiaba en un internado de monjas muy
simpáticas cuyo director era un sacerdote que había
dirigido el seminario de Barcelona durante la República
y que, por tanto, había sido relegado a este convento
por las autoridades religiosas, que, como sabrán, estaban
en el bando franquista. Gracias a ello, tuve la oportunidad de
disfrutar de sus múltiples enseñanzas; entre ellas,
la que refleja esta sentencia tan bonita que dice que si buscas
una mano que te ayude, la encontrarás al final de tu brazo.
Pero recuerdo especialmente aquella ocasión en la que,
durante un sermón, explicándonos tan sólo
el título "La canción de Bernadette",
no ya la aparición de la Virgen a Bernadette, nos dijo
que todos habíamos venido al mundo a cantar nuestra canción
y que debíamos tener el coraje suficiente para descubrir
cuál era y descubrirlo durante toda la vida (siempre decía
que una canción dura hasta el momento de la muerte). Pues
bien, este sacerdote, que era un encanto de persona y que yo
recuerdo constantemente porque me ha formado desde el punto de
vista moral y estético, y desde luego me ayudó
a prepararme para la vida, era el que siempre nos decía
que no hay libertad si no hay precisamente libertad económica.
Yo misma, cuando me casé, lo hice muy joven y con un hombre
al que quería mucho, y de pronto me di cuenta de que no
tenía esa libertad porque no tenía dinero; entonces
fue cuando empecé a pensar en la posibilidad de estudiar
en la universidad, pues era la única manera de que tal
vez algún día pudiera ganar un poco de dinero.
Por no saber, no sabía ni escribir a máquina; mucho
griego y mucho latín, pero así no se va por la
vida. Quiero decir que esta libertad económica, incluso
cuando tienes quien te ayude y te mantenga, incluso cuando el
matrimonio funciona tan bien que el dinero es de los dos aunque
sólo lo gane uno, es fundamental.
Ahora bien, ¿qué pasa
con las mujeres que trabajan? En primer lugar, y eso es lo peor,
que tenemos remordimientos; sobre todo, si tenemos hijos. Yo
no sé cómo habría que hacer para sacarles
de su alma a ciertas mujeres esos remordimientos, mas existen;
a lo mejor llegan a casa un poco más tarde que los niños
y ya se sienten mal. Claro que a esta culpabilidad contribuye,
por supuesto, el que todo el mundo nos haya hecho ver que los
niños están abandonados si la madre trabaja, lo
cual no es cierto en absoluto. Tampoco es que las madres que
no trabajan estén mucho más en casa, por lo general,
y con ello no quiero decir que no puedan salir a tomar un café
con las amigas, al cine, de compras con la suegra o quizá
a cenar con el marido. ¡Dios me libre! Cada uno puede hacer
exactamente lo que quiera. No obstante, lo cierto es que la mujer
que trabaja está mejorando su propia persona, su libertad;
está luchando por la igualdad entre hombres y mujeres,
e incluso por su propia manera de entender la vida, y éste
es el mejor regalo que se les puede hacer al hombre que se ama
y a los hijos que se tienen. El problema de este asunto es que,
como ya he mencionado, por igual trabajo, con todas las dificultades
de cansancio, estrés y otras muchas cosas que éste
conlleva, la mujer cobra menos, debe demostrar que es mucho más
inteligente para tener la misma categoría que un hombre
y, por si fuera poco, existe un "techo de cristal".
Todas nosotras vamos adelantando y procuramos llegar lo más
lejos posible, a pesar de lo cual, hay un momento en el que nos
colocan ese "techo". En la universidad, por ejemplo,
aun cuando hay la misma cantidad de mujeres y hombres doctores,
sólo el 8% de ellas son catedráticas. En biología,
concretamente, hay muchas más doctoras biólogas,
e incluso mujeres que se dedican a la gestión como directoras
de museos, etc.; sin embargo, lo que se dice catedráticas,
el nivel de más poder, sólo ese 8%. Y no porque
no se presenten, si no porque no aprueban. ¿Y por qué
no aprueban? Porque los tribunales están constituidos
por hombres, no hay más.
Así que éste es otro
de los problemas que debemos ir solucionando poco a poco no sólo
con nuestro trabajo, sino también con el de los hombres.
La verdad sea dicha, hay una gran cantidad de ellos que están
de acuerdo conmigo, que se dan cuenta de esta injusticia; por
eso digo siempre que necesitamos hombres feministas, de la misma
manera que necesitamos hombres comprometidos para luchar contra
la esclavitud o contra cualquier forma de opresión. Es
decir, no se trata de que sólo sean feministas, sino de
que también sean conscientes de que éste es un
derecho que tenemos las mujeres y que, además, les beneficia
a ellos. Siempre pienso en lo triste que debe ser para un hombre
machista vivir en un mundo en el que sólo él puede
solucionar todos los problemas, en el que, naturalmente, no puede
reír casi nunca porque tiene que estar pendiente de que
todo funcione de maravilla y en el que, por supuesto, tampoco
puede llorar ni tratar a la mujer de tú a tú. Habrá
alguno de éstos que asegure que trata a su mujer como
a un igual, pero no es así, porque, en el momento en que
la mujer lo abandone -estoy hablando de casos extremos-, la pegará
e incluso acabará matándola, como por desgracia
vemos que ocurre. ¿Qué sucede? Que este hombre
no sabe canalizar sus emociones ni comprender, con lo cual, su
vida es mucho más triste incluso que la vida de la mujer
sometida.
ANTERIOR / SIGUIENTE
Enviar
la noticia a un amigo
subir