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AULA DE CULTURA VIRTUAL

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Transcripción de la conferencia de Rosa Regás

 

No quiero generalizar porque siempre hay algún caso de mujer extremadamente tonta, es verdad; sin embargo, también se dan los casos de hombres rematadamente tontos. Por eso dice una amiga mía que no habrá verdadera igualdad hasta que los máximos puestos de la sociedad los ocupen las mujeres más tontas. Hombre, yo no llego a tanto, mas sí quiero señalar que, efectivamente, es verdad que una mujer tiene que ser mucho más inteligente para ocupar un lugar habitualmente ocupado por un hombre medio normal, digamos. Fijémonos, por ejemplo, en la Real Academia de la Lengua. Está formada por 29 hombres y sólo tres mujeres; pues bien, de esos 29, los hay inteligentes y otros que sólo creen que lo son, mientras que las tres mujeres son tres primeras figuras. «Tres primeras espadas», como decía esa amiga mía; mujeres ya mayores que han tenido que demostrar universalmente su verdadero valor para que no tuvieran más remedio que aceptarlas en la Academia. Y esto ocurre en bastantes lugares. Todos sabemos lo que han debido luchar las mujeres que ocupan puestos políticos, bancarios y sociales importantes. Otra cosa es que lo reconozcan o no públicamente, pero estoy segura de que todas lo harán dentro de su alma, ya que todas saben lo que significa luchar. Luchamos y trabajamos de manera ardua y difícil, y nos preparamos, estudiamos y hacemos de todo para, finalmente, encontrar que se nos parangona con una persona que está por debajo de nosotras o igual, además de que generalmente cobramos mucho menos de lo que nos corresponde.

No obstante, insisto, estamos progresando. Hoy día, la sociedad está llena de mujeres que han tomado desde hace tiempo las riendas de su propia vida. Claro que, para llegar a esto, ha sido preciso que las mujeres entendiéramos que nuestra libertad se sustenta en dos grandes pilares: el sexual y el económico. La libertad sexual no ya entendida como libertinaje -aclaro porque siempre que uno habla de libertad sexual la gente se imagina una orgía-, aunque, si así lo desean, tampoco hay ningún problema; a lo que yo me refiero es a que cada mujer haga con su cuerpo exactamente lo que quiera. Si quiere tener hijos, que los tenga, y si no los quiere tener, que no los tenga; y en el primer caso, que los tenga con quien quiera, cuando quiera y cuantos quiera. Démonos cuenta de que, a pesar de que lo ideal sea compartirlo todo con la persona amada, no todo el mundo tiene tanta suerte, por lo que la mujer debe decidir por su propia voluntad y de acuerdo con lo que se atreva a romper socialmente y con lo que pueda romper, por supuesto, ya que también hay que tenerlo en cuenta. En definitiva, ella debe ser la dueña absoluta de su cuerpo, en contra de lo que opinen personajes que se autodenominan moralistas, que aseguran que si, efectivamente, la mujer actúa de tal forma su postura se convierte en el detonante de la ruptura familiar. Y yo me pregunto qué clase de familia es aquella en la que la mujer está sometida al marido, al que no ama, y está obligada a tener hijos. Desde luego, eso no es una familia, sino una esclavitud. Si la mujer y el hombre deciden que su amor ha pasado y se separan, tendrán que buscar, dentro de su imaginación, qué hacer, y esto es lo que estamos viendo día a día en la sociedad actual.

Por otra parte, hoy día, no hay un tipo único de familia. Hasta hace muy poco tiempo, había un modelo que todos debíamos seguir, y salir de éste provocaba unos dolores tremendos: la sociedad nos vituperaba, no nos atrevíamos apenas a levantar la cabeza, nuestros hijos estaban marcados -yo soy hija de padres separados y sé lo que se sufría en los años 40 y 50 por ello; era como llevar el estigma del pecado-. Ahora no pasa nada porque este atisbo de libertad cada vez mayor en ambos sexos, no sólo en la mujer, nos viene a decir algo que no sabíamos: para que un amor sea verdadero, no hace falta que dure toda la vida. Si dura, muchísimo mejor, ¡qué más quisiéramos!, yo firmo ahora mismo; sin embargo, hay amores que duran años o meses. A veces, a pesar de que hayan sido muy felices, los miembros de un matrimonio o pareja evolucionan por caminos distintos y llega un momento en el que se miran y no se reconocen; claro que, para eso, tienen que estar toda la vida juntos. Y, evidentemente, no toda la vida juntos peleándose, maltratándose o simplemente ignorándose; no creo que eso sea bueno para los hijos. ¿Cómo solucionarlo? La posibilidad de recomponerlo simplemente reside en forzar la imaginación, la fantasía, y que cada persona se invente un tipo de familia, con los elementos que éste contenga.

Hasta ahora, como ya he dicho, sólo conocíamos un modelo de familia, pero, actualmente, una mujer que desee tener un hijo, bien biológico, bien adoptado, constituye una familia en sí misma. Anteriormente, ni que decir tiene que era una "perdida", como se decía entonces; en cambio, hoy día es una "ganada", porque ha hecho lo que ha querido. Tiene a su hijo y tira adelante, y lo que le hace decidir es su libertad. Entonces, si un matrimonio se separa, tendrá que decidir cómo hacer las cosas para que los hijos sufran lo menos posible y se habitúe a una situación a la que cada día más niños se van habituando. De hecho, la única cosa que me molesta profundamente es la pelea de la pareja; no recuerdo en qué ciudad se ha inaugurado un local donde los padres separados dejan a los niños para no tener que encontrarse. Yo no dudo que el abandono del marido o la mujer sea duro, pero ¿tan difícil es recordar que este hombre o esta mujer ha sido objeto de nuestro amor y que es el padre o madre de nuestros hijos? ¿La vida nos ha separado? Pues mala suerte, no pasa nada, tenemos toda la vida por delante para continuar. ¿Tan difícil es de hacer que tenemos que exigir un local para no tener que vernos en el momento de dejar a los niños? Al fin y al cabo, nos queda un consuelo, y es que éste es el fallo de todas las invenciones; siempre hay personas limitadas que son absolutamente incapaces de recomponer su vida teniendo en cuenta su pasado. Sea como fuere, ésta es la libertad sexual que practicamos las mujeres de hoy en la medida en que podemos, puesto que, como he mencionado, el proceso de evolución es arduo, largo y hay que caminarlo con responsabilidad, lo que no siempre es fácil debido a que también nosotras tenemos derecho a sentir nuestros propios respetos humanos, nuestros miedos, nuestras cobardías. No obstante, es un hecho constatado que, poco a poco, vamos avanzando con la seguridad de que no vamos a cometer una idiotez, de que reclamar esta libertad es nuestro derecho y nuestra obligación, pues sólo así seremos un poco más libres y, siéndolo, un poco más útiles a las personas que queremos.

 

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