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Transcripción de la conferencia
de Mercé Rivas
Pero es que además nos encontramos
con otro tremendo problema en el mundo femenino afgano -hablaré
más adelante del de los hombres, que tampoco lo han pasado
excesivamente bien, la verdad-: el de la viudedad. Antes del
fatídico 11 de septiembre, sólo en la ciudad de
Kabul, ya había 60.000 viudas, un asunto más que
dramático habida cuenta de que, como acabo de indicar,
no podían trabajar ni salir a la calle si no eran acompañadas
por un hombre y de que, a pesar de ello, tenían hijos
que mantener. Entonces, la única opción que les
quedaba era vivir de lo que las familias les querían dar
o de la mendicidad siempre que no fueran detenidas o apaleadas
en plena calle por pedir limosna, claro está. A este respecto,
Naciones Unidas montó, en la capital, una serie de panaderías
para que trabajaran en ellas los minusválidos, que forman
la inmensa mayoría de la población puesto que el
país está repleto de minas antipersona (hay tres
millones de minas sin explotar en este momento); de esta forma,
el pan que ellos mismos fabricaban se distribuía única
y exclusivamente entre esas viudas sin ningún tipo de
alimento. Y, a pesar de que los talibanes cerraron todas estas
panaderías de la noche a la mañana en el mes de
junio, por lo que las mujeres se encontraron, de repente, sin
nada que llevarse a la boca, gracias a la presión internacional,
poco después, las volvieron a abrir. Así que ésa
era la situación en la que se encontraba la población
civil: mientras había unos hombres despiadados que se
mantenían en el poder por estar bien armados, las mujeres
hacían de tripas corazón por sobrevivir.
Y si pensamos que ahí acababa
la cosa, estamos muy equivocados, ya que la droga era otro de
los asuntos preocupantes y un motivo de enfrentamiento. Me explico.
La droga era la única fuente de ingresos de un país
que no tenía de nada. Desde siempre, Afganistán
ha tenido unos cultivos de opio muy importantes, y, ya en el
año 1965, en la ciudad religiosa de Kandahar, feudo de
los talibanes posteriormente, en sus mercados, se podía
comprar libremente cualquier tipo de droga. Por tanto, esto existía
mucho antes de la invasión soviética, y también
durante la misma. Y aunque confiamos en que pronto podamos acabar
con ella, la verdad es que ha sido, hasta hace bien poco, la
fuente principal de financiación tanto de los afganos
como de muchos países limítrofes que, con la boca
chica, no dudaban en afirmar que se debía atajar el problema,
acabar con los cultivos de droga, mientras que, lejos de llegar
al final del asunto, continuaban aprovechándose de la
situación. Bien es cierto que, nuevamente por presiones
exteriores, el mulá Omar prohibió el cultivo
de droga también en el mes de junio, pero la prohibición
duró 15 días como mucho, ya que había mucha
gente que vivía del negocio, mucho agricultor cuyo único
modo de subsistencia era el cultivo de opio. Así que o
les proponían una alternativa, que realmente no existía,
o se morían de hambre, con lo cual, la respuesta era clarísima:
seguían cultivando porque eso les daba mucho dinero. De
hecho, para el 11 de septiembre, sólo en Kabul, había
tres mil toneladas de heroína de gran pureza, el 80% de
la cual, por cierto, es la que nos llega a Europa.
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