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Transcripción de la conferencia
de Paloma Gómez Borrero- 3
Son otras muchas las profecías
que aluden a este hecho y afirman, por ejemplo, que Pedro saldrá
de Roma, surcará los mares, caminará llevando a
la espalda las redes del pescador, que la sede papal permanecerá
vacía durante 12 lunas, es decir, durante un año,
y que quedará al otro lado de las aguas. Los intérpretes
entendían estos augurios, hasta hace unos años,
como la conquista del mundo por parte de la Unión Soviética.
Ahí entra la famosa anécdota de Stalin, que cuenta
que los caballos de los cosacos beberán en las fuentes
de la Plaza de San Pedro. Desde luego, ahora que ha caído
el Telón de Acero, los expertos en descifrar la profecía
tendrán que ir pensando en otros acontecimientos o en
otros destructores.
Y a propósito de "caídas"
históricas, creo que no ha habido ninguna audiencia más
importante y más extraordinaria que el encuentro entre
Mijail Gorbachov y Juan Pablo II, poco antes de caer el muro
de Berlín. Parecía una utopía que Europa
pudiera respirar con dos pulmones; la verdad es que aquel día,
aquella mañana de diciembre, cuando vimos entrar en la
Plaza de San Pedro el coche de Mijail y Raisa Gorvachov, con
la bandera de la Unión Soviética, con la hoz y
el martillo, a través del arco de las campanas, y pasar
al patio de San Dámaso para encontrarse con el Papa, supuso
que muchos tuvieran que restregarse los ojos para comprobar que
no estaban soñando. Gorbachov estuvo con Juan Pablo II
durante 60 minutos, y eso, en una audiencia, es muchísimo
tiempo. Hablaron en ruso; el Papa tenía un intérprete,
un jesuita polaco que había vivido durante muchísimos
años en un campo de trabajo de Siberia con su familia
y que hablaba ruso perfectamente. A Gorbachov le impresionó,
según me dijeron, esa frase de «Europa no puede
permitirse respirar con un solo pulmón; tiene dos pulmones
y tiene que respirar con ellos». Cuando se abrió
la puerta después de aquellos 60 minutos de coloquio y
se procedió a la audiencia pública, vimos que entre
ambos realmente había sintonía, simpatía,
un diálogo constructivo. La prueba fue que durante los
discursos oficiales, Gorbachov se dirigió al Papa llamándole
«Santidad», lo que, de por sí, fue una cosa
que nos llamó mucho la atención teniendo en cuenta
que en el primer viaje a Méjico del pontífice años
antes, el presidente de gobierno del país quiso darle
la bienvenida a título personal, en el aeropuerto, y le
dijo: «Bienvenido, señor Papa». No quiso llamarle
«Santidad», cosa que Gorbachov sí hizo. Y
no sólo eso, sino que también le invitó
a Rusia y le prometió una pronta libertad religiosa para
su país, hecho cierto pocos meses después, cuando
se aprobó con un único voto de abstención.
Cuando ya salían de aquel encuentro, mientras iban por
el pasillo del palacio apostólico, pudimos escuchar a
Gorbachov decirle al Papa: «Santidad, soy un ateo no practicante»
-todavía hoy estamos dándole vueltas a qué
es lo que quería expresar con aquella frase-, y otra serie
de cosas como: «me siento muy feliz por encontrarme hoy
ante la autoridad moral más grande que tiene el mundo,
y me siento orgulloso porque es un eslavo», a lo que Juan
Pablo II contestó: «señor presidente, somos
dos eslavos que la Providencia ha traído a este lugar
para ver si conseguimos construir un mundo de paz». Con
estas bonitas palabras terminó esa profecía que
anunciaba, podríamos decir, la caída del muro de
Berlín.
Como decía, los intérpretes,
hasta hace unos años, creían que todo significaba
la conquista del mundo por parte de la Unión Soviética,
pero existen profecías parecidas, como aquélla
latina que se descubrió hace un siglo en la ciudad de
Piacenza, cuyo autor es una persona desconocida y habla de un
papa procedente de Turquía que traerá la paz y
la concordia al mundo después de cinco años de
terribles guerras; profecía que hasta la fecha, por cierto,
nadie ha podido descifrar. O como otro texto datado en 1600,
de un anónimo padre capuchino, que se conoce como La profecía
del papa ortodoxo porque prevé la elección de un
ortodoxo como sucesor legítimo de Pedro. Éste cuenta
que deberá combatir contra un extraño y no mejor
identificado anticristo místico.
Ya he dicho que, en realidad, las profecías
estudiadas cada uno las interpreta un poco a su manera, ya que
son bastante complicadas; sin embargo, entre todas las de Nostradamus,
existe una que todos concuerdan en adjudicársela al pontificado
de Juan Pablo II. A Dios gracias, hasta ahora no se ha cumplido,
no se ha adivinado. Ésta aconseja al romano pontífice
que no se acerque a la ciudad bañada por dos ríos;
«allí -escribe-, tu sangre y la de los que te acompañan
correrá. Todo ocurrirá cuando la rosa florezca».
Entonces, absolutamente todos los que interpretaban a Nostradamus
decidieron fechar esta profecía en octubre de 1986, coincidiendo
con el viaje de Juan Pablo II a la ciudad de Lyon ¿Por
qué? Porque, entre otras cosas, la ciudad de Lyon estaba
llena de rosas que habían florecido y porque está
bañada por dos ríos, el Ródano y el Saona.
Así que aquel viaje nos lo pasamos preguntándonos
qué pasaría, y el hecho de que nada más
llegar a la ciudad nos encontráramos con que los periódicos
de aquel día titulaban la noticia de la llegada del pontífice
con un «Nostradamus matará al Papa» fue tremendo.
Es más, al día siguiente, que estaba programado
ir de un lado para otro, los titulares franceses decían:
«todavía no ha muerto». Me contaron que incluso
el cardenal de Courtrai, cuando estaban comiendo en el apartamento
pontificio, después de este viaje a Francia, le preguntó
a Juan Pablo II si conocía esta profecía de Nostradamus,
a lo que contestó riendo: «sí que la conozco.
La conozco muy bien, y cuando fui a Lyon también la conocía,
pero tengo que decir una cosa: Roma también está
bañada por dos ríos, el Tiber y el Aniene, y de
verdad le puedo asegurar, Eminencia, que para el Papa no hay
lugar más peligroso que la Plaza de San Pedro».
Él se refería, naturalmente,
al momento terrible del atentado que sufrió aquel 13 de
Mayo, día de audiencia general y, además, de la
Virgen de Fátima, cuando un terrorista turco le disparó.
Fue un verdadero milagro que no pudiera cumplir su misión,
que era la de asesinar al Papa; empezando por el propio Juan
Pablo II, todos afirmaron que parecía obra de la Virgen
cuya festividad se celebraba aquel día. Tanto es así
que el pontífice volvió al santuario de Fátima
al año siguiente, para darle las gracias y poner en su
corona la bala que le extrajeron del estómago. Cuando
el cardenal vicario de Roma fue a la cárcel para tratar
de saber por qué había atentado contra el Papa,
quién había detrás de aquellos tiros, el
asesino no sabía a quién se refería al hablar
de una tal Fátima. «¿Quién es esa
Fátima? Yo tiré a matar y sé matar»,
le dijo al cardenal. Para él, Fátima era un nombre
más de mujer; muy querido, eso sí, porque creo
que es la hija del profeta islámico. En cualquier caso,
del atentado les puedo decir una cosa curiosa: este atentado
era un complot. El brazo armado de la Unión Soviética
era Bulgaria. Este turco, al que se le había pagado muchísimo
dinero, ya había matado en su país -había
atentado contra el director de un periódico de Estambul-
y vuelve a intentar matar en la Plaza de San Pedro. Llega allí
y ya tiene su sitio en primera fila. Sabe el punto exacto por
el que puede escapar después, en el momento de confusión
tras haber disparado al Papa, y en el que hay, además,
un coche. Un coche que le esperaba y que perfectamente le hubiera
servido para huir entre el tumulto.
Detrás del asesino, se había
colocado una monja regordeta, italiana, a la que tomaron declaración
en el posterior juicio. Esta monja contaba: «yo estuve
investigando todo el tiempo cómo podía ver al Papa
cuando se acercara al sector donde estábamos nosotros,
porque me había tocado este chico joven, alto, que no
me lo dejaba ver bien. Además, yo pensaba: "no puede
ser católico, parece un moro (efectivamente, sus rasgos
son los propios de un turco, de un islámico)"».
Pues bien, cuando esta mujer estaba haciéndose con un
huequecito para ver al Papa, vio que el joven que tenía
delante levantaba los brazos con una pistola y disparaba. Juan
Pablo II estaba de pie en el jeep, haciendo el recorrido por
los distintos sectores de la Plaza. Entonces, tras el disparo,
la monja se agarró al brazo del sujeto y le dijo: «¿qué
ha hecho?, ¿está usted loco?», a lo que él
respondió apuntándola para disparar. Sin embargo,
por suerte, la pistola se le encasquilló y sólo
le pudo dar un fuerte golpe que la tiró al suelo. Lo sorprendente
es que, desde el suelo, ella se agarró a los pies del
turco, lo que permitió que llegara un carabinieri y, luego,
la gendarmería vaticana para detenerlo. Desde luego, si
no llega a ser por esa religiosa franciscana, quizás no
hubieran detenido al autor de los hechos; hubiera podido escapar
y hubiera sido casi imposible encontrarle. El dato realmente
curioso, y por eso les he contado todo esto, es que nuestra protagonista
se llama Sor Lucía, como la Lucía de Fátima,
la vidente.
A propósito de este atentado,
se hizo pública una profecía de San Juan Bosco.
Me la dieron a mí personalmente, fotocopiada de una página
de una vieja biografía del santo. Contaba que la noche
del 30 de mayo de 1862, San Juan Bosco estaba relatando a un
grupo de chicos el sueño que había tenido -por
lo visto, le encantaba introducir la narración de sueños
propios entre sus métodos educativos, hacerse un poco
el misterioso; incluso hacía juegos de mano para distraer
a los chicos y hacerles una catequesis más amena-. En
aquella ocasión, se trataba de un sueño en el que
aparecía el mar en tempestad. El mundo combatía
en una gran batalla en la que numerosas naves enemigas rodeaban
la Barca de Pedro; le lanzaban bolas y lenguas de fuego. De repente,
el papa caía herido de gravedad, e inmediatamente, todos
aquellos que estaban junto a él trataban de socorrerle
y lograban levantarle. Yo no digo nada, pero es fácil
que ustedes puedan ver cierto paralelismo con lo que pasó
en aquella plaza. A partir de ese momento, el sueño resulta
muy confuso; hay una sobreposición de tiempos, de acontecimientos,
típica del género profético. De todas formas,
lo que sí vio fue a ese papa al que, mucho tiempo después,
dispararon.
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