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Transcripción de la conferencia del escritor D. Mario
Mendoza el 4 de marzo de 2002- 3
El segundo ejemplo que me gustaría recordar es el de Wakefield,
aquel individuo famoso a comienzos del siglo XIX en Inglaterra
sobre el cual un famoso escritor norteamericano, Nathaniel Hawthorne,
escribió una preciosa crónica -porque no es un
cuento, sino una crónica-. Él era un tipo que,
en la Londres dicha época, quería lanzarse a la
aventura, pero no tenía dinero suficiente para irse a
los mares del Sur, o a la India, o para recorrer de pronto Oceanía.
En definitiva, era un hombre modesto, así que el día
que decidió, tras preguntarse qué pasaría
si de pronto no regresara a su casa, si saliera del trabajo y
no llegara a ella ni golpeara su puerta a la hora establecida,
llevar a cabo semejante idea, ésta se debió, sin
duda, a una fuerza de extraterritorialidad que lo sacó
del mundo en el que se cumplían los acontecimientos de
su vida cotidiana. Gracias a dicho efecto, esa tarde, al regresar,
no tocó a la puerta y decidió quedarse observando
desde una calle cercana. Su mujer, angustiada, iba llamando a
algunos amigos y vecinos a medida que pasaba el tiempo, y, mientras
tanto, él observaba lo que allí ocurría,
cosa que le fascinaba. Tanto fue así que aquella noche
no volvió a su hogar y se quedó tan tranquilo con
sólo observar cómo se hablaba de él, cómo
lloraba su mujer, cómo llegaban sus amigos más
cercanos, la policía, etc.; cómo hacían
la ronda acostumbrada en esas situaciones: primero, los hospitales;
luego, cementerios y demás. El siguiente paso fue arrendar
una habitación en una calle cercana y seguir observando
qué pasaba en su casa.. Así pasaron días,
semanas, meses, años, 20, en concreto, al tiempo que ese
trastorno comenzó a provocar mutaciones no sólo
en su comportamiento, sino también en su físico.
Su rostro cobró un aspecto totalmente distinto, hasta
el punto de convertirse en otro individuo.
No obstante, lo mismo que aquel día decidió marcharse
de casa sin aparecer más, transcurridos esos veinte años,
decidió que ya era el momento de regresar a casa. Ésa
podía ser la ocasión oportuna para llamar a la
puerta, llegar y abrazar a su mujer como si nada hubiera pasado.
Y, efectivamente, así lo hizo; sólo que, tras llamar
a esa puerta, la mujer que apareció tenía el pelo
blanco y veinte años más. Además era una
mujer que le increpó nada más verlo en el umbral
de la portada, que le pregunto por qué no le había
escrito en todo ese tiempo, a lo que él sólo pudo
responder que no sabía qué le había ocurrido
pero que llevaba veinte años viviendo en la calle de atrás.
Eso fue lo último que adujo antes de subir las escaleras
y acostarse como si tan sólo hiciera unas horas que se
había marchado a trabajar. Por tanto, lo que nos muestra
esta crónica es la vieja historia de los individuos que
salen de su casa sin tenerlo programado y que nunca vuelven.
Las aventuras de los famosos viajeros que salen un buen día
a por una cajetilla de cigarrillos y nunca más vuelven
a su casa a pesar de que no lo tenían planeado, como suele
demostrar el hecho de que ni siquiera dispongan de maleta alguna
preparada para marchar (por cierto que muchos de ellos eran gente
que había decidido no regresar, que ya tenía hecha
otra vida, incluso con distinto nombre, casada y con hijos, y
que se reencontraba con sus familiares, que los buscaban desesperadamente
desde hacía décadas, en programas de televisión
como ¿Quién sabe dónde?). Es como
si de pronto se sintieran invadidos por otro yo que no son ellos
mismos, extrapolados de su propia vivencia. Increíble,
¿verdad?
En cuanto al tercer ejemplo de múltiples identidades que
se me ocurre, éste lo protagoniza el famoso pintor Vincent
Van Gogh, quien, en un momento determinado de su vida, enamorado
de la misma prostituta que también gustaba a su viejo
amigo Gauguin, con quien soñaba formar una especie de
comunidad de artistas, decidió acercarse al burdel en
el que estaba la muchacha con su oreja mutilada y todavía
caliente en la mano para entregársela en señal
de su profundo amor hacia ella (el antes y el después
de esta historia podemos comprobarlos en sus propios autorretratos).
Pero lo verdaderamente increíble de este pintor es que,
a partir de una época, fue frecuentemente visitado por
fuerzas que lo sacaban de sí mismo; de hecho, visitó
con asiduidad manicomios y clínicas psiquiátricas
en la París de mediados y finales del siglo XIX. Le sucedía
que sentía la necesidad imperiosa de ir aproximando el
lienzo al objeto cada vez más, para perder la distancia
entre el ojo y éste; para que, en definitiva, el cuerpo
entrara en contacto con él y la pintura fuera no ya reflexiva,
sino más bien activa y directa. Y, en aras de conseguir
tal efecto, lo que hacía era ir acercando el caballete
al objeto en cuestión; así, si ustedes observan
el cuadro de los trigales, comprobarán que cada uno de
ellos es más cercano que el anterior, hasta el punto de
llegar a clavar el caballete en medio de éstos. Con ello,
consiguió que los trigales no sólo se vieran, sino
que también se olieran, se palparan. Su cuerpo funcionaba,
entonces, como un tamiz que filtraba ciertos mensajes llegados
de su entorno. Extendía las manos, tocaba los trigales
y, en un estado de trance, como si fuera un médium, intentaba
trasladar esas experiencias corporales y sensitivas al lienzo.
Y ésa es la fuerza que sentimos cuando estamos frente
a esos cuadros; a esos colores, a esa textura, a esa rugosidad
de la tela. Efectivamente, esa especie de sensación táctil
y olorosa de los cuadros de Van Gogh se la debemos al estado
tan especial en el que se encontraba su propio cuerpo; a las
experimentaciones que, a la manera de aquel pintor inglés
que, cuando pintaba las tormentas, se amarraba a los mástiles
de las embarcaciones para vivir en su propia carne la sensación
de estar involucrado en una de ellas y traspasarla al lienzo,
le gustaba tener porque para él lo importante no
era pintar lo que veía, sino el resultado de un estado
privilegiado, de fuerzas sumadas que le conducían a otro
devenir.
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