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| Mateo Aguirre. EL CORREO |
Por otra parte, me encuentro muy a gusto porque es la ocasión de pagar, en cierta manera, la deuda que he contraído con Manos Unidas a lo largo de todos estos años. Yo estoy trabajando en colaboración con este organismo desde el año 1994, justo después de los sucesos de Ruanda que todos recordamos, cuando tuvo lugar aquel gran genocidio en el que murieron, por lo que se dice, hasta un millón de personas entre tutsis y hutus moderados, y que no solamente acabó con todas ellas, sino que al mismo tiempo generó uno de los dramas humanos más importantes que ha conocido la sociedad del siglo XX: alrededor de casi 2.100.000 personas tuvieron que huir de sus países y refugiarse en los países vecinos para proteger su vida. En ese ámbito, como digo, me puse yo en contacto con esta asociación, y hay varias anécdotas que os contaré a continuación.
Yo recuerdo que aterricé en
una ciudad que se llama Bucavu, al borde del Lago Kivu, al Este
del Congo, para trabajar en el Servicio de Jesuitas de Refugiados,
este servicio que fue fundado por el padre Arrupe, al que todos
conoceréis porque es de Bilbao. Dicho Servicio tiene como
prioridad acompañar, servir y defender a los refugiados,
y en ese contexto, un grupo de voluntarios europeos, australianos...
-había de todo- e incluso africanos movidos por un mismo
ideal, por una misma visión del hombre, se pusieron al
servicio de esta gente. Cuando llegué, me encontré
con unas "ciudades" -vamos a llamarlas así-,
los campos de refugiados, en cuya totalidad habría aproximadamente
500.000 personas en las situaciones más duras de precariedad.
Habían estado huidos durante casi dos meses, habían
llegado a Bucavu totalmente agotados y debíamos ofrecerles
de todo: comida, vestido, albergue, acompañamiento, presencia,
etc. Lo primero que hicimos fue tomar conciencia de esos problemas
y comprobar cuáles eran las prioridades; luego, hacer
proyectos. Y cuando ya me encontré con esos proyectos
elaborados, entonces tuve que venir a Europa, ofuscado porque
eran unos proyectos que iban más allá de los 2.000.000
de dólares (unos 300.000 millones de pesetas), a buscar
gente y ayuda. Al cabo de un mes, volví con gente y con
fondos suficientes para poder empezar, y mi primer contacto fue
precisamente Manos Unidas. Yo toqué a muchas puertas,
tuve muchos contactos, pero recuerdo aquella mañana en
Madrid, donde me recibieron un poco cansado de recibir muchas
buenas palabras y poco soporte; recuerdo el intercambio que tuvimos,
cuando les hablé de aquellos huérfanos, de aquellos
niños -de los que os voy a hablar ahora- que estaban en
situaciones al límite del infierno. Fue una experiencia
muy agradable el poder encontrar a alguien al que de verdad interesaban
estas cuestiones; de hecho, regresé a África llevando
conmigo la colaboración de Manos Unidas.
Gracias a esta organización,
el Servicio Jesuita de Refugiados ha podido hacer dos grandes
proyectos. Uno, en Ruanda, en la antigua capital del imperio
tutsi. Allí nos encontramos con cientos de niños
que lo habían perdido todo; no sólo es que fueran
huérfanos, sino que también habían perdido
a hermanos, tíos..., al resto de su familia. Y gracias
a la colaboración y presencia de Manos Unidas pudimos
reconstruir un antiguo colegio destruido por la guerra, les pudimos
dar pan, vestirlos, escolarizarlos, darles todos los cuidados
necesarios para su salud y sobre todo llevarles vuestra solidaridad.
Pudimos hacerles comprender que había gente en el mundo
que consideraba que tenían valor, que tenían un
precio, y hoy en día, esos niños de ayer, algunos
de ellos, ya están en primero o en segundo año
de universidad, y muchos están en las escuelas secundarias;
es decir, la mayor parte está caminando. Pero es que además
de ofrecerles esa ayuda material, pusimos a su disposición
dos elementos importantes: uno, un acompañamiento psicológico
para acompañarles en sus traumas; otro -porque Manos Unidas
tiene mucha experiencia en este tipo de situaciones-, al darnos
cuenta de que un huérfano es huérfano durante toda
la vida y no basta con ocuparnos de ellos durante un tramo de
su existencia, sino que había que ofrecerles la posibilidad
de seguir creciendo con autonomía, la creación
de "miniproyectos" de desarrollo. Recuerdo que pudimos
comprar unas 10 hectáreas para cultivar, construimos una
serie de lagos para piscifactorías, toda una granja, con
vacas y con todos los animales apropiados. Con todo ello, gracias
a vuestra solidaridad, hoy día esos niños siguen
viviendo; eso sí, libres, autónomos, porque ellos
mismos se han implicado.
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